Jean de Joinville

Nació en 1224 en el castillo de Joinville (Champagne), donde murió el 11 de julio de 1319. A los diecisiete años tuvo ocasión de acercarse por vez primera al rey Luis el Santo, en Saumur, en el transcurso de espléndidos festejos de los que en su última vejez parece haber redac­tado la deliciosa y brillante crónica. Diver­sas afinidades espirituales vincularon fra­ternalmente el monarca al caballero, de suerte que este último, siquiera reacio a cualquier guerra, obligóse a seguir a Luis IX en 1248 a la sexta Cruzada, y permaneció junto al soberano en las batallas como en el cautiverio, y desde Egipto hasta Siria, durante seis años, o sea el mismo período cuyos hechos, momentos y personajes lle­nan las tardías y minuciosas crónicas de J. (v. La historia de San Luis), «Peintre naif», primitivo de un tiempo nuevo fruto de la Edad Media entonces ya corrompida en sus ideales y vieja en cuanto a la estructura, también J. dejó de creer en ellos siquiera para él sigan existiendo Dios y sus santos.

Y así, negóse resueltamente a seguir otra vez como cruzado a su rey, a pesar de lo cual le permaneció siempre fiel hasta el últi­mo de sus días. Le sobrevivió medio siglo, período en cuyo transcurso trabajó intensa­mente para conseguir la canonización de su antiguo soberano y desempeñó en la corte de Felipe el Hermoso, quien mucho le apreciaba, sus funciones de caballero. Sin embargo, la Edad Media quedaba ya supe­rada en este hombre interesado no sola­mente en la realidad del mundo que a lo largo de una centuria revolvióse a su alre­dedor en luchas próximas y lejanas, sino, sobre todo, en su propia verdad interior, cuyo imperativo resultábale el más fuerte y el único dirigido a la conciencia.

No trató la vida como hecho social, ni elaboró nunca la crónica en forma de historia; su mirada aguda se fijó abiertamente en los rostros humanos, en los cuales olvidó a veces a] Creador. «¿Qué es Dios?», preguntóle cierto día el rey. «Es algo tan bueno que no puede existir nada mejor», contestó. «Muy bien — comentó el monarca —, pues ello signi­fica que prefieres la lepra al pecado mortal.» «Y yo — cuenta el anciano —, que nunca le mentí le dije que no, que prefería caer treinta veces en pecado mortal a quedar leproso.» Hablaba la voz de la vida, que en la aurora del humanismo se confundía con la de Dios y mantuvo en pie hasta casi los cien años al viejo caballero.

G. Veronesi