Michail Vasilievich Lomonosov

Nació en una fecha no bien determinada y compren­dida en el período de 1708-1715 (posible­mente el 8 de noviembre de 1711) en la localidad de Donisovka, que luego recibió su nombre, en la isla de Kurostrov, del Dvina septentrional, y murió en San Petersburgo el 4 de abril de 1765. Hijo de un pes­cador, pasó parte de su infancia en la em­barcación del padre, entre el mar Blanco y el océano Ártico. Durante el invierno 1730-31 empezó a frecuentar en Moscú le Academia Eslavo-greco-latina; en 1736 figu­ró en un grupo de jóvenes eruditos envia­dos a completar su formación científica en Alemania. Abierto a todos los campos de la cultura, en Marburgo estudió Filosofía, Quí­mica, Física y Mineralogía, y conoció, entre otros, a Christian Wolff. Iniciado asimismo en la poesía, escribió su primera oda, la dedicada a la ocupación de Chotin, en 1739. Vuelto a Rusia, en 1741 fue nombrado auxi­liar de Química en la Academia de Cien­cias. A partir de entonces empezó su pro­digiosa actividad de científico, poeta y lite­rato, que indujo a Pushkin a llamarle «uni­versidad rusa».

En cuanto físico y químico estuvo al nivel de Newton y Lavoisier. En su nueva teoría de los colores se opuso audazmente al criterio newtoniano entonces predominante, y afirmó principios que hasta sesenta años después no serían generalmente aceptados. En el ámbito de la química ini­ció la tendencia físico-química no impuesta en Europa hasta una época más tardía, y, gracias a experimentos anteriores o con­temporáneos a los de Lavoisier, fue el pri­mero que estableció la ley de la conserva­ción de la materia. Respecto a la física ela­boró y expresó antes que nadie la idea de la dependencia existente entre las cuali­dades de los cuerpos y las características y el movimiento de las partes que los inte­gran; fundó, por lo tanto, una rama nueva y completa de la física moderna. En el campo de la lengua llevó a cabo una labor en verdad considerable. Con anterioridad a él, e incluso durante su vida, el idioma ruso permanecía aún en condiciones caóticas, a pesar de los intentos realizados para mejo­rarlo; carecía de los requisitos que podían hacerlo moderno y artístico.

Y así, Lomonosov fundió el habla de la Rusia septentrional (la suya), caracterizada por la flexibilidad de la poe­sía épica y el vigor de la expresión, con el lenguaje fruto del gusto que predominaba entre las clases cultas; las obras gramati­cales de nuestro autor contienen la teoría de esta experiencia práctica. En cuanto al estilo, expuso con mayor precisión sus ideas en el texto Sobre la utilidad de los libros eclesiásticos, en el que figura el famoso criterio de los tres estilos. Lomonosov divide el lé­xico ruso en tres categorías de palabras: los vocablos empleados de la lengua eslavo- elesiástica y en la coloquial; las propias de este lenguaje religioso, pero comprensibles para las personas cultas, y las palabras del idioma hablado no existentes en el eslavo eclesiástico. Esta distinción respecto al lé­xico da lugar a la división estilística en los tres estilos: alto, medio y bajo. Aplicó en sus Odas (v.) el primero de éstos, que uti­lizó asimismo en dos tragedias: Temira y Selim (1750) y Demofont (1757). Empleó, en cambio, el segundo en una de sus obras más originales, la Epístola sobre la utilidad del vidrio (1752), que dirigió a su protec­tor I. I. Shuvalov con ocasión de estable­cer éste una fábrica de este producto cer­ca de San Petersburgo; verdadero poema didáctico, puede considerarse un reflejo de la personalidad de su autor, científico rigu­roso y, al mismo tiempo, susceptible de exaltarse líricamente.

Su prosa ofrece tam­bién un carácter semejante en las páginas de Sobre el origen de la luz, Sobre la uti­lidad de la química y Sobre los fenómenos atmosféricos procedentes de la energía eléc­trica. Variados han sido los juicios acerca de la obra de Lomonosov aparecidos en la historia de la cultura rusa; unánime, en cambio, resultó el reconocimiento de su importancia. Fue un precursor de la Rusia nueva, la de Push­kin, el cual, posiblemente, y a pesar de la trascendencia de su genio, no hubiese re­corrido tan rápidamente su camino de no haberle sido señalado.

E. Lo Gatto