Meleagro de Gádara

Nació en Gádara (Palestina) , entre los años 140 y 120 y murió en Cos hacia 60 a. de C.; floreció en la pri­mera mitad del siglo I. Gádara, la «Atenas de Siria», era un notable centro cultural y había sido la patria del cínico Menipo. También Meleagro fue un cínico e imitó a Me­nipo: una recopilación titulada Le Cariti, contenía un Simposio y una Comparación entre las papillas de guisantes y las de lentejas. Al mismo tiempo, el poeta se en­tregaba a los placeres y escribía epigramas para celebrar a los efebos amados. Más tarde residió en Tiro, donde amó a las he­tairas Heliodora y Zenofila, y a otras mu­jeres de la misma clase. Ya viejo, se retiró a Cos, donde amó también a otras hetairas, especialmente a Fanio; pero se dedicó sobre todo a la filosofía y a la redacción de la Corona (v.), la primera antología de epigramas de la que tengamos noticia se­gura, dedicada al filósofo Diocles de Mag­nesia.

De la Corona nos ha sido conser­vado el prólogo, en el que el autor com­para la poesía de cada uno de los poetas a una flor, a veces con fino sentido artístico: como cuando recuerda «el dulce mirto de Calimaco, lleno de amarguilla miel», o «el dulce azafrán de Erinna, de virgíneo color», o «los gladiolos florecidos, perfumados de Nossida, sobre cuyas hojas derramó Amor su cera». Los ciento treinta epigramas de Meleagro son casi todos amorosos. Meleagro no hace más que variar hasta el infinito los moti­vos tradicionales; pero los varía en ver­sos impecablemente elegantes, siempre con mucha habilidad y sentido artístico, en ocasiones con sentido poético. Entre sus epigramas hay que saber distinguir bien. Algunos, los más licenciosos, valen muy poco. Los que celebran a las hetairas, es­pecialmente a Heliodora y a Zenófila, son casi siempre muy graciosos. La caracterís­tica de Meleagro consiste en atenuar la sensualidad y el sentimiento erótico mediante la chanza y la ironía.

Meleagro es un poeta ligero: no sin razón ha sido definido como «el Ovi­dio griego». Pero algunas veces, el amor se manifiesta con un lenguaje más crudo e intenso: «El mismo Eros ha esculpido dentro de mi corazón a Heliodora, la par­lanchína, alma de mi alma». Y por Helio- dora muerta escribió Meleagro su más bella poe­sía: «Lágrimas para ti te ofrezco, oh He­liodora, reliquias del amor mío, ahora bajo tierra. Lágrimas desesperadas libo yo so­bre la llorada tumba, recuerdo del amor. Dolorosamente, dolorosamente te lloro, yo, Meleagro, querida entre los muertos: vana oferta al Aqueronte. ¿Dónde está mi que­rido renuevo? Hades te ha arrebatado, te ha arrebatado, el polvo ha manchado la encantadora flor. Pero yo te suplico, oh Tierra que todo lo alimentas, que estre­ches dulcemente en tu seno a la muy llo­rada, oh madre». Se canta aquí el amor por una hetaira con plenitud y pureza de sentimiento. Y el tono cálido y apasionado, y, al mismo tiempo, delicado y afectuoso, hace pensar en Catulo.

G. Petrocchi