Maurice Maeterlinck

Nació en Gante el 29 de agosto de 1862 y murió en Orlamonde (Niza) el 5 de mayo de 1949. Pertenecía a una antigua familia flamenca, y educóse con los jesuitas. La naturaleza y la poesía llenaron su adolescencia; y así, abandonó pronto la profesión forense a que le indu­jera la tradición familiar y se dedicó por completo a la literatura. Amigo de los jó­venes autores de la nueva poesía belga, singularmente de Gregoire Le Roy, cono­ció, además, en París, donde estuvo en 1896, a Pierre Quillarde y Villiers de l’Isle-Adam, y participó en el movimiento simbolista. La colección Les serres chandes (1889) diole notoriedad entre los poetas. Este mismo año el drama, La princesa Maleine (v.) divulgó ampliamente su nombre a causa del entu­siástico elogio de Octave Mirbeau. Las obras también dramáticas Les aveugles (1891), Les sept princesses (1891), y, en particular La intrusa (1890, v.) y Pelléas et Mélisande (1892, v.) le convirtieron en sumo represen­tante del simbolismo en el teatro. Siguieron posteriormente otros dramas, Interior (1894, v.), Alladine et Palomidés (1894), Aglavaine et Selysette (1896), Ariadna y Barba Azul (1902, v.) y las composiciones líricas Douze chansons (1896).

Mientras tanto, el estudio del místico Ruysbroeck, de Novalis y de Emerson le llevaron al pesimismo, a la acep­tación del dolor humano, del que se con­solaba contemplando la naturaleza. Ello dio lugar, a partir de 1896, a los libros sobre el destino de los hombres (Le trésor des humbles, 1896; La sagesse et la destinée, 1898) y la vida de los animales (La vida de las abejas, 1901, v.). Tal evolución puede advertirse ya en el teatro del autor en Sor Beatriz (1901, v.), Monna Vanna (1902, v.) y, más abiertamente, en la afortunada obra El pájaro azul (1908, v.). Célebre y rico, en 1896 había dejado Bélgica definitiva­mente e iniciado sus estancias en París, en el sur de Francia o en la abadía de Saint- Vandrille (Normandía). Durante veinte años tuvo por compañera a Georgette Leblanc, admirable intérprete de sus dramas. Galardonado en 1911 con el Premio Nobel, no quiso, en cambio, ingresar en la Acade­mia Francesa por no verse obligado a re­nunciar a la nacionalidad belga. Durante la primera Guerra Mundial llevó a cabo, en Italia y otros países, una labor de propaganda en favor de su patria invadida. Volvió luego a sus estudios, y en esta nue­va etapa se interesó por el ocultismo (v. El gran secreto, 1921) y la metapsíquica; al tratar otra vez los problemas de la vida y la muerte actuó en un plano francamente anticonfesional, que ya en 1914 le había valido la intilusión de obras suyas en el índice.

En los últimos textos de Maeterlinck la es­casa consistencia filosófica y científica se une al fervor del estilo y a la aguda obser­vación de la realidad. En 1932 el escritor fue nombrado conde por el rey de Bélgica. Durante la segunda Guerra Mundial vivió en los Estados Unidos. Entre las numerosas obras restantes de nuestro autor cabe citar La mort de Tintagiles (1894), Joyzelle (1903), L’intelligence des fleurs (1907), Ma­ría Magdalena (1913, v.), L’hóte inconnu (1917), Le bourgmestre de Stilmonde (1919), Le miracle de Saint-Antoine (1920), La vie des termites (1927) y La vie des fourmis (1930).

N. Inghilleri de Villadauro