Louis de Rouvroy, duque de Saint-Simon

Nació el 15 de enero de 1675 en Paris, donde murió el 2 de marzo de 1755. Fue par de Francia por título paterno y grande de España. Su padre, Claude, nombrado duque por Luis XIII en reconocimiento de peque­ños servicios y de una singular fidelidad, contaba sesenta y nueve años cuando, ines­peradamente, vino al mundo Louis. El pro­genitor, hombre honrado, se hallaba en la edad de los desengaños y rencores, y Fran­cia al principio del declive; pronto Colbert anunciaría al rey: «Así no se puede seguir». De esta suerte, pues, el futuro autor de las Memorias (v.) formóse en el sentimiento más adecuado para el nacimiento de una pasión literaria: el descontento. A los veinte años figuraba en el partido de los viejos duques y pares que denunciaban los abusos de la corte y predicaban el retorno a las antiguas formas feudales; fortaleció su des­precio con numerosas permanencias en la Trapa, y llamó al abad Raneé su «patriarca».

El servicio en el ejército, junto a los mos­queteros del rey (1691-1702), dejóle insatis­fecho; luego de su participación en nume­rosos hechos de armas, entre los cuales se cuentan el sitio de Namur (1692) y la ocu­pación de Charleroi (1694), y en las diver­sas campañas de los años siguientes en Ale­mania, abandonó la vida militar (1702), contrajo matrimonio con la hija del mariscal De Lorges, de la cual tuvo una niña enfer­ma y dos hijos pronto llamados en la corte «los bassets», y adhirióse alternativamente a uno u otro grupos. A través de una acusada oscilación de gustos e inclinaciones que le indujo a preferid ya los intereses temporales o bien los espirituales, atacó a Vendóme, al Gran Delfín y al presidente del Parlamento, solventó los asuntos más difíci­les, viose objeto de las más duras reconvenciones del monarca, y, a intervalos regulares, pensó abandonarlo todo y reti­rarse a la Trapa, sin jamás decidirse a ello, siempre llevado nuevamente de su pasión por la justicia.

De haber vivido más tiempo el duque de Borgoña, que apreciaba a Saint-Simon, éste hubiera llegado a ser sin duda un per­sonaje muy importante. La muerte del poderoso protector (1712) le indujo resuel­tamente a la contemplación de la dicha perdida. Compuso entonces la admirable carta anónima dirigida al rey y descubierta en 1880 por Faugère en los archivos del Ministerio de Negocios Extranjeros. En rea­lidad, Saint-Simon mantuvo su fidelidad hasta después de esta vida. Sin preocuparse del riesgo, envió la carta. Dada la inutilidad de su devoción, escribió al soberano como quien se encamina hacia la muerte. De forma abrupta y con un estilo arrollador, como se da en los monólogos de Claudel, dijo al rey lo que nadie osara exponerle hasta entonces. Frente al texto en cuestión, incluso la célebre página de La Bruyère sobre los campesinos queda pobre: este autor habla moderadamente, en tanto Saint-Simon aúlla.

Nadie como él se había referido a la patria, a los impuestos de guerra, a los campesinos, artesanos y mercaderes y a cuantos miserables se veían obligados a «des­montar la armazón de sus casas arruina­das para venderla a precio vil»; nadie había osado hablar al monarca de la salva­ción de su alma,/ ni acusarle de estar sedu­cido por el fasto y’ la gloria en perjuicio del, orden y de la paz. La carta en cuestión constituye una muestra de elocuencia in­tensa y valerosa. Ni la regencia de su viejo amigo el duque de Orleáns, ni el cargo de consejero ocupado junto a él desde 1715, ni la embajada de España (1721), ni tampoco el triunfo sobre el rival duque del Maine y el Parlamento pudieron alejar a Saint-Simon de su misión principal : «la revelación a sí mismo, y palmo a palmo, de la nada de este mundo».

Para quien, como él, abando­nólo todo en 1723 y, retirado de la corte, pasó el resto de su vida en el castillo de La Ferté-Vidame, la nada es el silencio de su estudio, tapizado con terciopelo gris y adornado con muchos retratos de «su» rey, Luis XIII; son, también, el recuerdo de las antiguas lides perdidas, las enormes obligaciones acumuladas por este hombre honestísimo, y, sobre todo, los seis mil cua­dernos de memorias diplomáticas y admi­nistrativas, los treinta y siete volúmenes del Diario de la Corte de Francia (v.) de Dangeau y las anotaciones cotidianas de los mismos llevadas a cabo durante veinte años, y los siete mil trescientos cincuenta nom­bres de personajes que aparecen una y otra vez en los ciento setenta y tres cuadernos de las Mémoires, a los cuales cabe añadir más de tres mil de textos varios y corres­pondencia, en gran parte actualmente igno­rados.

Cálculos serios han demostrado que Saint-Simon debió de llenar una tonelada de papel. De esta suerte se convirtió, sin saberlo, y aun despreciando la literatura, en el más fértil de los escritores franceses. En 1743 había muerto su mujer, y en 1746 y 1754 fallecieron sus dos hijos. Desaparecido tam­bién él, una orden real mandó sellar sus manuscritos, que no serían publicados, y sólo muy parcialmente, hasta 1788-89 (otra edición, 1829-30), y deleitarían a Chateau­briand, Stendhal y Sainte-Beuve. El des­orden de los archivos del Quay d’Orsay durante el período 1853-1880 nos ha privado de ciento sesenta y dos cuadernos de im­portancia capital. A las Mémoires cabe aña­dir una obra escasamente conocida, pero de notable vigor, Le parallèle des trois rois, escrita en 1746 y, hasta cierto punto, testamento histórico de Saint-Simon.

F. R. Bastide