Louis-Antoine-Lion de Saint-Just

Nació en Decize el 25 de agosto de 1767 y murió en París el 10 termidor (29 de julio) de 1794. Es la figura más deslumbrante de la Revo­lución: con la mayor lógica y seguridad, anduvo aún más lejos que el mismo Robespierre. Hasta nosotros ha llegado como hom­bre de hierro, «espartano» y revolucionario puro; con todo, supo unir a un notable rea­lismo político el entusiasmo por los ideales elevados. Así puede verse, por ejemplo, en sus Instituciones republicanas (v.). Estu­dió primeramente en Soissons, y luego cursó Leyes en Reims; con todo, no terminó la carrera. La lectura de Montesquieu y de Rousseau le facilitó la primera preparación revolucionaria, que luego enriqueció con su actividad política en el ámbito provincial hasta 1792, año en el cual Saint-Just fue elegido diputado de la Convención por Blérancourt. En 1791 había publicado El espíritu de la revolución y de la constitución de Francia (v.), en defensa de la monarquía constitu­cional.

El 13 de noviembre de 1792 habló por ver primera en la Convención: allí pro­nunció el más vigoroso y resuelto discurso contra el rey. A partir de entonces, y hasta su muerte, dirigióse con seguridad hacia su objetivo: una república democrática de modestos trabajadores (v. las mencionadas Instituciones republicanas). Convertido en uno de los jefes más influyentes de la Montaña y en el colaborador más íntimo de Robespierre, desarrolló hasta el 9 termidor una actividad de primer plano. Desde febre­ro a marzo de 1794 fue presidente de la Convención; durante este período presentó los informes contra Danton y los partidarios de Hébert. Su extenuante labor política no le impidió hacer resaltar sus excepcionales dotes de jefe militar: incorporado al ejér­cito para el desempeño de la misión que se le confiara, logró cambiar completamente el rumbo de la guerra, y obtuvo para Francia la gran victoria de Fleuras.

Sin embargo, la disminución del peligro exterior señaló precisamente el fin del gobierno revolucio­nario. Vuelto a París, Saint-Just halló enfrentados entre sí por varias divergencias a sus com­pañeros, e intentó, siquiera inútilmente, conseguir la reconciliación de Robespierre con sus adversarios. El 9 termidor subió valerosamente a la tribuna de la Conven­ción para defender a aquél, situado ya en la condición de acusado; pero la asamblea no le escuchó y unióle a los culpables. Y el día siguiente afrontó en silencio el patíbulo.

E. Dirani