Lope de Rueda

Nació en Sevilla en los primeros años del siglo XVI (1510?) y murió en Córdoba en 1565. Batidor de oro en su juventud, abandona su oficio para dedicarse a los estudios propios de los dramáticos y comediantes que realiza en Sevilla. Pronto se agrega a una compañía de cómicos italia­nos, y después de unos años de vagabundaje de los que nada sabemos, logra formar una compañía propia, de la que es director, actor y autor. La primera noticia que de él tene­mos es de 1534, en que actúa en Toledo. En 1552 se casa con la actriz Mariana, hasta entonces al servicio del duque de Medinaceli, contra el que largo tiempo pleitea el autor reclamando y obteniendo los sueldos debidos a su mujer. En 1558 «la compañía de Lope de Rueda», según cuenta el historiador Colmenares, actuó en Segovia con motivo de las fiestas de la consagración de la nueva catedral. En 1560 estuvo en Sevilla y al año siguiente en Toledo y en Madrid, donde conoció a Cervantes.

Del prestigio de su compañía dan cuenta las solemnidades en que actuaba y el elogio unánime que de él hacen sus contemporáneos, Cervantes, Anto­nio Pérez, Juan de la Cueva — «el singular en gracia, el ingenioso Lope de Rueda» —, Juan de Timoneda — «el gracioso sin igual Lope de Rueda» —. Por esta época de 1560 contrae segundas nupcias con Ángela Ra­faela en Valencia, de la que nació (Sevilla 1564) su única hija, muerta al poco tiempo. Muere en Córdoba en 1565, según puede deducirse de su testamento en el que insti­tuyó heredera a su segunda mujer. A pesar de la poca consideración de que gozaban en general los cómicos, «por hombre excelente y famoso» (Cervantes) le enterraron en la catedral cordobesa «entre los dos coros». Y esto es cuanto sabemos de la vida de este curioso personaje «dotado del talento Y que adivina lo que no aprende», pues, en efecto, parece que no era hombre de letras.

Admirador del teatro pastoril a modo de égloga italiana, compuso a su modo algunas de sus obras, que por su mayor frialdad y corrección eran las que solía representar en las ocasiones solemnes; forman este gru­po de obras cuatro comedias en prosa, de temas tomados de los autores; clásicos, de la novela bizantina y de la narración italiana (Plauto, Boccaccio, etc.): Eufemia, Armelina, Los engañados y Medora (v. Teatro), otra en verso, Discordia y Cuestión de amor y los diálogos de amor, Camilia, Tymbria, Prendas de amor (v. Teatro). A estas obras se refería Cervantes cuando escribió «fue admirable en la poesía pastoril… las come­dias eran unos coloquios como églogas entre dos o tres pastores y alguna pastora» y añade «Aderazábanlas y dilatábanlas con dos o tres entremeses…»; he aquí la creación característica de Lope de Rueda, de tanta tradición en la literatura posterior, desde los entremeses del mismo Cervantes hasta el sainete de Ramón de la Cruz como se deduce del texto de Cervantes, estos «pasos» se intercalaban en sus obras para divertir al público, y con seguridad eran los prefe­ridos del autor — tan distinto de Gil Vicente y Torres Naharro, cultos y eruditos — y desde luego su gran especialidad; sus per­sonajes son tipos de la época, estudiantes, médicos, licenciados, alguaciles, etc. y otros más caricaturescos, como el bobo, el rufián, la negra, el vizcaíno, que «estas cuatro figu­ras y otras muchas más hacía el tal Lope con la mayor excelencia y propiedad que pueda imaginarse».

Elementales y muy defi­nidos, los pasos significan en un momento de formación y de crisis del teatro nacional una aportación decisiva en el sentido rea­lista. Se conservan diez de estos pasos: Las aceitunas, La tierra de Jauja, La Carátula, El rufián cobarde, El convidado, Los cria­dos, Cornudo y contento, La generosa paliza, Los lacayos ladrones, Pagar y no pagar (v. Teatro). Suyo es también el Auto de Naval y Abigail (v. Teatro) y el diálogo en verso Sobre la invención de las calzas. Imprimió sus obras en Sevilla desde 1567 en adelante Juan de Timoneda. Otra edición apareció en Logroño probablemente en 1588. El teatro de Lope de Rueda importa ante todo por el diá­logo, verdadero almacén de frases popula­res, dichos, tipismos y digno continuador del lenguaje de la Celestina; en realidad R, logra entrar en el teatro a base del simple método de transcribir las costum­bres y los tipos de su tiempo. Oscura y sim­pática figura la del que, sin duda, debió ser graciosísimo actor, y uno de esos raros personajes a los que la crítica de todos los tiempos, recuérdese la de Moratín y la de Lista, acepta unánimemente con sus corrales, sus colchas de fondo, su compañía, sus representantes, su dirección, sus obras y sus tinglados, de pueblo en pueblo divirtiendo a cultos y a incultos.

Oigámosle en sus gratos y cortados diálogos: — Señor maese Alonso, entrémonos en la posada y comerá un bocado; — Señor, perdóneme vuesa merced; — perdonado está, señor; no cumple más; —. Que voy de priesa (de Ca­milia). Quienes así hablan son Socrato y el Barbero, que como va de prisa a sangrar al mayordomo de los perailes y después a hacer la barba a Frexenal el jabonero, no puede entrar en la posada a tomar un bo­cado.