Lev Nikolaevich Tolstoi

Nació el 28 de agosto (v. s.) de 1828 en Jasnaia Poliana (gobierno de Tula), en el seno de una fami­lia perteneciente a la antigua nobleza, y murió el 7 de noviembre (v. s.) de 1910 en Astápovo (gobierno de Rjzan’). Tuvo la fortuna de ser testimonio no sólo del complejo des­arrollo de la literatura rusa durante la segunda mitad del siglo XIX (período del gran realismo ruso), sino también de las lu­chas, en el tránsito de la última centuria a la actual, entre la ya gloriosa tradición literaria y las nuevas corrientes, algunas de ellas de formación espontánea, en tanto otras nacidas bajo la influencia de Occi­dente. Sin embargo, además de atento y sa­gaz testigo fue, junto a escritores y poetas de gran valor espiritual, como Turguenev, Dostoievski, Goncharov, Leskov, Herzen, Tiutchev, Fet y Nekrasov, uno de los fac­tores más activos, no sólo autor literario, sino también como hombre y pensador, de toda la vida social y moral sobre cuyo fon­do se desarrollaba la literatura.

Huérfano de madre a los dos años y de padre a los nueve, pasó la infancia y la adolescencia, con sus numerosos hermanos, en Moscú, Jasnaia Poliana y Kazan’. En esta última ciudad frecuentó primeramente la Facultad de Estudios Orientales, y después la de Ju­risprudencia. Por aquel entonces (1847) em­pezó a llevar su diario, que habría de con­tinuar luego a lo largo de casi toda su vida. En 1849-50 terminó los estudios de Derecho en San Petersburgo con una disertación so­bre el «Nakaz» de Catalina II, y comenzó a interesarse por la Literatura y la Música. En 1851 inició la composición de una novela de carácter autobiográfico, Las cuatro épo­cas del desarrollo, que puede considerarse la primera redacción de Infancia (v. Infan­cia, adolescencia y juventud).

Entre 1852 y 1854 sus ideales de escritor fueron desarro­llándose a través de planes concretos, vin­culados en parte a sus lecturas (entre las cuales figuraban Las confesiones, v., y La nueva Eloísa, v., de Rousseau, obras que ha­bían de influir intensamente en su forma­ción espiritual posterior). Llegado mientras tanto a oficial, fue enviado al Cáucaso, don­de el principio de la guerra turco-rusa lle­vóle al frente. Esta experiencia originaría las narraciones de Sebastopol (v.), impor­tantes artísticamente porque representan el afianzamiento del realismo de Tolstoi (al que contribuyó, según afirmación del mismo es­critor, la lectura de Relatos de un caza­dor, v., de Turguenev, y de La hija del capitán, v., de Pushkin) y la clara posición que en ellas adoptaba el autor respecto al problema de la guerra.

No obstante, ya an­tes de la publicación de Sebastopol había llamado, con Infancia y otros textos narra­tivos menores (entre ellos Dos húsares, v.), la atención de la crítica e ingresado en el círculo de la nueva generación literaria situada por aquel entonces en torno a la revista Sovremennik [El contemporáneo]. A Infancia siguieron Adolescencia, Juventud, y La mañana de un propietario (v.), narra­ciones tan valiosas para la comprensión de la etapa juvenil de Tolstoi como Tres muertes, una de sus obras maestras; Alberto y Lin­terna, de tono algo retórico (según dijo de ellas Turguenev al mismo autor), pero reve­ladoras de sus estados de ánimo, concreta­dos poco después en planes de reformas sociales y pedagógicas. De este interés fueron prueba, tras la permanencia en el ex­tranjero que le había inspirado ambos rela­tos, los artículos escritos en 1862 Sobre la importancia de la instrucción popular y So­bre los fines de la pedagogía, así como la revista Jasnaia Poliana.

Tal actividad, em­pero, no alejó nunca a Tolstoi de la creación lite­raria; a esta época pertenecen la narración Los cosacos (v.), en la cual había empezado a trabajar ya en 1858; la novela Fe­licidad conyugal (v.), terminada en 1859; Cholstomer [Historia de un caballo] y Poli- ka. Fue éste un período de intensas lecturas — entre las cuales cabe situar Faust, Don Quijote y Los miserables —, consideradas espiritualmente muy importan­tes por el mismo Tolstoi. En 1864 tuvo la primera idea de una gran novela histórica; titulada inicialmente El año 1805, llegó a ser más tarde Guerra y paz (v.). Al mismo tiempo, el autor se interesaba por el teatro, y escri­bió las comedias Una familia contagiada y El nihilista; sin embargo, la composición de la novela llegó a absorberle por comple­to. A principios de 1868 empezó la publi­cación de la obra, y en octubre del mismo año aparecía la segunda edición de las cua­tro partes ya publicadas, antes del término de las quinta y sexta, que no vieron la luz hasta 1869.

Casado en 1862 con Sofija Andreevna Bers, Tolstoi había encontrado en la vida familiar la solución de muchas dudas que anteriormente le torturaban; el naci­miento de sus primeros hijos (Sergei, Tatiana e Iliá), precisamente en el curso de la composición de la novela que sería su obra fundamental, le había comunicado una con­ciencia de plenitud de la existencia que ja­más se repitió. El mismo año de la con­clusión de Guerra y paz el autor entregóse a la lectura de los textos de Schopenhauer, a pesar de lo cual, empero, siguió buscando temas para nuevas producciones, algunas de ellas de fondo histórico, (entre otros libros proyectó una novela sobre la época de Pe­dro I, luego de haber leído varias obras acerca de este gran soberano). Pensaba asi­mismo en un drama histórico cuando en febrero de 1870 tuvo la primera idea de Ana Karénina (v.), que, sin embargo, no escribiría hasta el período 1874-77, tras di­versos intentos no coronados por el éxito y algunas incertidumbres teóricas.

Después de Guerra y paz atrajo singularmente al es­critor la actividad pedagógica, por la cual se vio inducido a una ampliación progre­siva de sus propios horizontes culturales destinada a poner al alcancé ¡del pueblo incluso los mayores tesoros del pensamiento humano; inició la realización de este plan mediante la preparación de un Abecedario, al que en años sucesivos habrían de seguir los Cuatro libros de lectura. Tolstoi aprendió rápidamente el griego y leyó a Homero en su lengua original; dedicóse, además, a leer las vidas de los antiguos santos de Rusia, y encontró en ellas «la auténtica poesía rusa». Los cuidados familiares (le habían nacido mientras tanto otros tres hijos: Lev, Pétr y Nikolai, y una segunda hija, Mária) ocu­paron también gran parte de su tiempo, aun cuando no disminuyeron en el autor la afi­ción a escribir. A 1873 pertenece el primer esbozo de Ana Karénina.

Los valores mora­les que eran, juntamente, premisa y fruto de su labor cultural y pedagógica, alternada por Tolstoi con la actividad artística, aparicieron reflejados asimismo en la obra de arte. Como en Guerra y paz se habían afianzado, en efecto, sus ideas pesimistas sobre el va­lor de las teorías históricas corrientes, así en Ana Karénina figuraron en la base de acción los ideales pedagógicos, de acuerdo con el claro e irrevocable principio moral indicado en el epígrafe: «Y la venganza será mía». El tormento de una purificación espiritual necesaria, unida hasta entonces con mayor o menor intensidad a todo el desarrollo de la vida de Tolstoi y adormecido sólo durante el fervor creador de Guerra y paz, había ido acentuándose en el curso del período que siguió a la composición de esta novela, de suerte que, reflejadas en las obras, la correspondencia y los diarios del escritor sus diversas crisis espirituales, cabe hablar, respecto de tal etapa, de un verda­dero proceso crítico de conversión moral y religiosa, basada en una conciencia cada vez más clara de la significación de la muerte y de la necesidad de una justifica­ción de la vida.

El éxito de Ana Karénina fue enorme ya en la publicación de las pri­meras partes, cuando el escritor no había puesto aún fin a la novela. La concluyó en 1877, año en el cual la crisis moral y reli­giosa del autor, agravada por su morboso interés hacia la guerra turco-rusa, alcanzó formas agudas con las visitas al monaste­rio de Optina Pustyn’ y a la Troice-Sergieeva Lavra para discutir con los viejos mon­jes sobre principios teológicos, el propósito de escribir al Zar respecto de las condicio­nes de Rusia, y otros puntos semejantes. El mismo año Tolstoi ideó la composición de una obra, que luego no pasó de proyecto, cuyo tema central habría de ser «el pueblo y su vigor, manifestados en el cultivo de la tie­rra»; se trata de un motivo que reaparece­ría en diversos textos de los años siguientes. Dos momentos esenciales de la intensifica­ción de la crisis fueron el fortalecimiento de la convicción, ya expresada por Tolstoi, acerca de la necesidad de una clara separación entre la religión y los poderes eclesiásticos, y la preferencia dada al tra­bajo material, e incluso concretamente ma­nual, respecto del intelectual.

Este proceso crítico terminó en la famosa Confesión apa­recida en 1882, libro de excepcional intensi­dad psicológico-sentimental, aun cuando no con igual fuerza lógica e ideológica, en el cual Tolstoi explicaba, entre otras cosas, las razones de su alejamiento de la Iglesia orto­doxa y la génesis de su cristianismo. A la composición de la Confesión se añadió la de varios textos de tema teológico, inspirados en los coloquios ya mencionados con personalidades religiosas. El 1880, fecha en la que Tolstoi empezó a escribir la obra en cues­tión, fue un año crucial en la vida del literato, quien se negó incluso a participar en las fiestas de la inauguración del monu­mento a Pushkin, a quien, sin embargo, pro­fesaba la mayor admiración. En adelante, quería poner todo su arte únicamente al servicio de su convicción, según la cual el verdadero cristianismo, que no era el de la iglesia constituida, había de ser objeto de una asidua divulgación. Para ratificar sus propias ideas siguió dedicándose a estudiar a los pensadores más diversos, ^ Epicteto y Marco Aurelio entre otros; además, inició la traducción de los cuatro Evangelios.

Las alegrías de la vida familiar (por aquel en­tonces le habían nacido tres hijos más, Andrei, Michail y Aleksei, a quienes se añadieron durante los años sucesivos Aleksandra e Iván) se vieron perturbadas por las disensiones con la esposa, que veía con malos ojos la acentuación del interés de Tolstoi hacia los problemas de la religión y la moral. Las nuevas ideas religiosas del autor le llevaron, además, a un doloroso desacuer­do con su tía A. A. Tolstaia; ésta, en la cual confiara siempre afectuosamente, no le siguió ya en adelante.

En el curso de este mismo período se relacionó con varios grupos de sectarios; publicó el libro En qué consiste mi fe, declarado «muy perjudi­cial» por la censura eclesiástica y confiscado por la policía; inició la preparación de los ya mencionados Cuatro libros de lectura, antología de autores distintos de todos los tiempos y países; empezó a interesarse por el budismo y escribió ¿Qué debernos hacer, pues? y las narraciones Donde hay amor está Dios y Aun cuando descuides el fuego no lo apagarás. Parecía haber abandonado para siempre la creación artística cuando, bajo la impresión de la muerte del cientí­fico Iván Ilich Mechnikov, concibió la na­rración La muerte de Iván Ilich (v.), que, llevada a cabo en 1883, no apareció, empero, hasta 1886, luego de repetidas refundiciones. Ello era el signo patente de la todavía viva capacidad creadora del artista, que el mismo año, y casi sin indecisiones, compuso el drama El poder de las tinieblas (v.), cuya representación fue prohibida por la inter­vención directa del procurador del Sínodo, Pobedonoscev, y sólo pudo estrenarse en el extranjero, en París y Berlín, en 1888 y 1890.

A partir de este momento la actividad de Tolstoi resultó doble, pero con el predominio de la divulgadora y pedagógica sobre la artística. Cada vez más entregado a sus problemas morales y religiosos y a la idea de una aproximación progresiva al pueblo, siguió, en efecto, discutiendo sobre filosofía (con Vladimir Soloviev, entre otros) y leyendo a autores muy diversos, y no por mero pasatiempo, sino en busca de motivos y justificaciones de sus convicciones personales; y así, leyó nuevamente los Fragmentos selectos de la correspondencia con los ami­gos, de Gogol, que le impresionaron inten­samente; aproximóse a Herzen, escritor que le «encantaba», se inclinó otra vez hacia Schopenhauer (la estética, para aclarar sus propias dudas en tanto se preparaba para escribir también acerca del arte y de los problemas estéticos), y enfrentóse con Ibsen, que no le gustó.

Su actividad, empero, se­guía resultando teórico-divulgadora; escri­bió ¿Necesita el hombre mucha tierra?, retórica pregunta directamente vinculada al afán que empezaba a inducirle a renunciar a sus bienes, y compuso para el pueblo la comedia contra el alcoholismo El primer destilador. Hasta 1887, luego de haber leí­do, «para descansar», la novela de Sten­dhal La cartuja de Parma (V.), que le pareció «bellísima», no experimentó — y así lo confesó — el deseo de volver al arte, siquiera destinado a fines de educación y divulgación; aparecieron, así, la comedia Los frutos d& la instrucción (v.) y la novela La sonata a Kreutzer (v.), obra hasta cierto punto tendenciosa, pero psicológicamente llena de vigor. A todo ello unióse la idea de un nuevo y amplio texto narrativo por el estilo de Ana Karénina: Resurrección (v.). Fueron éstos unos años muy fatigosos para el escritor, a causa de su insistente inclina­ción a los trabajos manuales (partir leña, llevar agua, arar), e incluso dolorosos, par­ticularmente por sus disensiones con la esposa y algunas divergencias con los hijos; no obstante, se vieron asimismo enriquecidor por la fuerza creadora del genio: como dijo el propio Tolstoi, la composición de Resu­rrección comunicábale alegría.

A tal obra siguieron, sucesivamente, El Padre Sergio (v.), el proyecto de una novela sobre Ale­jandro, I, de la cual sólo ha llegado hasta nosotros el fragmento Fedor Kuzmich (v.), las narraciones Dueño y criado y Hadyi- Murat (v.), y los dramas Y la luz brilla en las tinieblas (v.) y El cadáver viviente (v.), textos compuestos entre 1889 y 1897, pero no publicados todos inmediatamente. Prose­guía mientras tanto la actividad vinculada a otros escritos teóricos, e iban acumulán­dose los materiales destinados a un libro sobre el arte que, luego de varias refundi­ciones prolongadas a lo largo de casi un decenio, aparecía finalmente en 1897 con el título, ya en sí mismo polémico, ¿Qué es el arte? Publicado precisamente cuando en Rusia iban afianzándose las escuelas del decadentismo y el simbolismo, provocó amplias discusiones, por cuanto iba dirigido en parte contra estas nuevas tendencias.

La polémica artística, empero, no fue nunca, a pesar de su importancia, sino un episodio de la actividad de Tolstoi en el curso de estos años; las lecturas realizadas en busca de luz para sus propias ideas (Guyot, Knight, Bénard, etc.) no menoscabaron las conviccio­nes del autor, expresadas posteriormente en tonos a veces paradójicos, como en el ar­tículo contra Shakespeare. Más fecundas fueron las lecturas destinadas a fines educativos: Racine, Corneille, el filósofo African Spir, y las Conversaciones con Goethe (v.), de Eckermann, que le parecían «bastante interesantes tanto para el arte como para el estudio de la vejez». La preocupación artís­tica no le abandonó jamás; lo mismo cabe afirmar respecto del interés hacia los escri­tores nuevos, Chechoj y Gorki, por ejemplo.

En 1901, precisamente en los días de los primeros desórdenes estudiantiles ocurridos en Moscú, precursores de futuras conmo­ciones, el sínodo de la Iglesia ortodoxa excomulgó a Tolstoi, con lo cual provocó demos­traciones de simpatía que las autoridades procuraron sofocar inmediatamente prohibiendo a los periódicos destacarlas. El mis­mo año el escritor enfermó y marchó a Crimea, donde, a pesar de seguir afectado por varias dolencias, no permaneció largo tiempo. En Jasnaia Poliana reanudó su acti­vidad, iniciada ya años atrás con su amigo y colaborador Certkov, de editor de libros de cultura popular (denominó su empresa editorial «Posrednik», «El intermediario»), y escribió todavía algunos artículos — Sobre el movimiento social en Rusia; El significado de la revolución rusa; Gobierno, revolucio­narios y pueblo — y las narraciones Kome, Vasilev y Alesh Gorshok.

En 1905 proyectó una serie de biografías destinada a un ciclo de lecturas para muchachos e integrada por las de Epicteto, Sócrates, Pascal, Rousseau, Buda y Confucio; la idea, empero, no se vio realizada. Los múltiples intereses que el autor seguía demostrando poseer poco antes de los ochenta años, constituían el símbolo de una actividad intelectual todavía muy animada; considerables fueron las lecturas llevadas a cabo por el literato en el curso de estos últimos tiempos (Pushkin, Gogol, Dostoievski, Kant, Confucio, Lao-Tse, Gorki, Chechoj, Kuprin, Andreiev, Engels y Schopenhauer). Tolstoi continuó recibiendo a hués­pedes, rusos y extranjeros, e incluso a dele­gaciones, y mantuvo viva la tradición de Jasnaia Poliana.

Las torturas procedentes del contraste entre su vida real y los prin­cipios por él mismo defendidos se vieron aumentadas por la agravación del conflicto con su esposa. Enfermo, no dejaba de pensar en la composición de una obra literaria per­teneciente a un género nuevo, «ni narración, ni poesía, ni novela»; dedicábase a la lec­tura de Montaigne, y escribió a Gandhi acerca de la impasibilidad ante el mal. Tras dos ásperas disputas con su mujer decidió abandonar el hogar; y, así, partió con su hija y el médico, y dejó una nota en la que decía dirigirse a casa de su hermana. La noche siguiente detúvose en el monaste­rio de Optina Pustyn, y después reanudó el viaje en dirección a Rostov, junto al Don, ciudad a la cual no pudo llegar por cuanto, víctima de una intensa calentura, no pasó de la estación de Astápovo; allí, luego de haber recibido la visita de algunos de sus hijos y de la esposa, falleció al alba del 7 de noviembre.

Su tumba se encuentra en Jasnaia Poliana, en un lugar del bosque señalado anteriormente por el mismo escri­tor. La literatura rusa ha conocido también otras figuras de excepcional vigor espiritual y no menos abundantes en tormentosas con­tradicciones; así cabe considerar, por ejemplo, a Dostoievski. Sin embargo, ni tan sólo en el caso de éste puede afirmarse que toda la complejidad de la vida mundial, vista a través de problemas nacionales concretos y a menudo típicamente rusos, se haya refle­jado tan claramente en una obra literaria como en el caso de Tolstoi, a pesar de la pro­fundidad de las aguas exploradas. Posible­mente, empero, este reflejo universal tan claro y profundo se debe al carácter inten­samente autóctono de nuestro autor; propia de la naturaleza rusa es, precisamente, la percepción de valores universales en las cualidades más contradictorias, como, por ejemplo, «la arrogancia y la reflexión, el fanatismo y el escepticismo, la poesía y la sabiduría filosófica».

Genio singularmente artístico, Tolstoi, a pesar de su instintiva aver­sión hacia determinadas formas, comprendió la gran complejidad del fenómeno del arte; pero vio también cómo un gran artista, y sobre todo un gran escritor puede seguir siendo maestro de las nuevas generaciones, aun a través de los cambios operados en las concepciones y en la organización de la sociedad.

E. Lo Gatto