Julie-Jeanne-Eléonore de Lespinasse

Nació en Lyon el 9 de noviembre de 1732 y murió en París el 23 de mayo de 1776. En la partida de nacimiento figura como hija de Claudio Lespinasse, burgués de Lyon, y de su esposa, Julia Navarre; en realidad, em­pero, lo fue ilegítima, de la condesa de Albon, separada de su marido hacía ya más de ocho años, y, según parece, del conde Gaspar de Vichy. Pasó los primeros años de su vida junto a la verdadera madre en el castillo de Auvages, y, al lado de los hijos legítimos Diana y Camilo, recibió una buena formación. A los quince años perdió a su progenitora, y, para evitar la reclusión en un convento, fue a vivir con Diana, llegada a marquesa de Vichy, en el castillo de Champrond, donde, en medio de fre­cuentes humillaciones, actuó como institu­triz de los sobrinos hasta que supo la ver­dad ^acerca de su origen. A causa de ello, en 1754 aceptó de buen grado el cargo de lectora y dama de compañía que le ofrecía la hermana del marqués, Mme. Du Deffand, cuya tertulia, junto al convento pari­siense de San José, era frecuentada por hombres como D’Alambert, Turgot, Marmontel, el presidente Hénault y Lomenie de Brienne. Allí permaneció diez años (has­ta abril de 1764), durante los cuales supo adaptarse al difícil carácter de la marque­sa, ciega casi y muy desconfiada.

Provoca­ron la ruptura con ésta los coloquios que muchos contertulios, antes de reunirse en el salón de la dueña, sostenían por espacio de una o dos horas con Julie, cuya conver­sación, culta, brillante e inteligente, fasci­naba a todos ellos. Lespinasse pasó entonces a vivir en la calle Bellechasse, cerca de la resi­dencia de la marquesa, y a su tertulia acu­dieron, además de D’Alembert, muchos de los más distinguidos amigos de su antigua señora y las personas más ilustres de la capital. Víctima de la viruela, viose asis­tida por D’Alembert; poco después, cuidó ella, a su vez, a éste, quien, luego de su grave enfermedad, fue a vivir junto a la amiga y le ofreció un amor no correspon­dido. Entre sus muchas amistades se cuen­tan dos grandes pasiones: la primera hacia el marqués de Mora, hijo del embajador de España en París, y la segunda, todavía mayor, por el conde de Gubiert, oficial y escritor de táctica militar, al cual dirigió las Cartas (v.), llenas de un amor sincero y apasionado y publicadas en 1809 gracias a la viuda de Guibert, que las había con­servado. Al morir nombró albacea testamen­tario a D’Alembert, quien dedicóle después un escrito conmemorativo que le atestigua su devoto y constante afecto. Posterior­mente aparecieron otras Cartas inéditas a D’Alembert y Condorcet. Su epistolario amo­roso debe ponerse al lado del de Heloisa y de la monja portuguesa.

P. Raimondi