Juan Zorrilla San Martín

Nació en Montevideo en 1857 y murió en esta capital en 1931. De familia católica, preocupados sus padres por el ambiente laico que por enton­ces dominaba en los medios oficiales de Mon­tevideo, le envían a la Argentina, donde realiza sus primeros estudios, y más tarde a la Universidad de Santiago de Chile, donde estudia Leyes, especialidad en la que se li­cencia en 1877. Vuelve a Montevideo y en la Facultad de Derecho y Ciencias sociales de esta capital se gradúa de doctor en 1878, ocupando por entonces el cargo de juez de la civil en Montevideo y fundando el diario católico El Bien Público, órgano de la Unión Cívica, desde el que se ataca implacable­mente al presidente Máximo Santos; Zorrilla hubo de huir a Buenos Aires, donde prosigue la reacción contra el Presidente, que, derrotado al fin en la batalla de Quebracho, permite a Zorrilla volver a Montevideo. Profesor de Lite­ratura en la Universidad Nacional uruguaya y de Derecho natural en el Liceo universi­tario, redactor de La Estrella de Chile, miembro del Parlamento, y más tarde re­presentante diplomático en Portugal e Italia, con el mismo cargo llega a España en 1891.

La actividad de Zorrilla en el mundo cultu­ral español es intensa y bien acogida; ex­celente orador, interviene en los debates del Ateneo, e ingresa en las Academias de la Lengua y de la Historia; de nuevo en Uru­guay, quedó en Madrid un grato recuerdo de Zorrilla y de su pequeño país, al que siempre trató de presentar amable. En Montevideo se le nombró representante del Gobierno ante el Banco de la República. Jurista, eco­nomista, político, al modo del bárbaro poli­facético de la época y de las necesidades de los nuevos países, la fama de Zorrilla está vincu­lada esencialmente a la literatura. Ya desde los viejos años de estancia en Santiago de Chile dio muestras de sus preocupaciones poéticas, publicando en 1877 su primer libro Notas de un himno. Vemos en él al Zorrilla ro­mántico, con las características del intermi­nable y ya segundo romanticismo hispano­americano. Dos años después (1879) publica su segunda obra, La leyenda de la patria, poesía a lo Quintana, sin la fuerza elemen­tal de ésta; en 1888 publica Tabaré (v.), su obra maestra y donde el romanticismo de su primera época adquiere un vigor y una autoctonía pocas veces conseguida en la poesía hispanoamericana.

Rudo y ancestral de una parte, melodramático por otra, con los grandes árboles y vegetaciones, con las fuertes razas indígenas, el poema es verda­deramente notable, si bien hay que estar atentos más a estas aportaciones de valor intrínseco que a la mera estructuración poé­tica, a diferencia por ejemplo de lo que ocurre en Martín Fierro, donde fondo y for­mas se unen indisolublemente. Considerado como el poeta nacional uruguayo, la crítica de su tiempo le acogió con incondicionales comentarios. En 1910 publica Huerto cer­cado, conjunto de poemas sin más tras­cendencia, y La epopeya de Artigas (v.), el forjador de la independencia uruguaya, destinado por el gobierno a inspirar un con­curso escultórico sobre el tema. Refiriéndose a él Menéndez y Pelayo advierte que está en prosa, pero en prosa poética, y Unamuno: «Dudo mucho que artista alguno del cincel pueda erigir a la memoria y al culto de Ar­tigas un monumento, en mármol o en bron­ce, más sólido y más poético que éste».

Otras obras suyas son El libro de Ruth, Re­sonancias del camino, impresiones en forma epistolar de un viaje por España, Italia, Sui­za e Inglaterra. Espíritu polifacético, disper­so en cincuenta actividades, como casi todos los escritores y hombres de esta época de reconstrucción en Hispanoamérica, Z. S. M. es, sin embargo, más contenido y clásico; orador y prosista de reminiscencias castelarianas, poeta cantor de los grandes sen­timientos colectivos, el amor a la patria, la religión, un sector de su producción se ajusta al romanticismo fácil de la época, pero en su obra fundamental Tabaré aparece transformado más que nada por obra de las selvas y de lo indígeno en vigorosa poesía.