Zoroastro o Zarathustra

Siquie­ra la leyenda, surgida en torno a éste como alrededor de otros reformadores religiosos, haya transformado al que ahora nos ocupa en un ser casi mítico, no son muchos los que alguna vez han podido poner en duda su realidad histórica. Sin embargo, la deter­minación segura de los rasgos y episodios principales de la existencia del profeta no aparece fácil en la variedad de fuentes, a veces oscuras y con frecuencia contradicto­rias, que dejan incertidumbres y ambigüe­dades incluso en problemas fundamentales de la vida de Zoroastro La fuente más autorizada es, indudablemente, la de los Gáthá o «him­nos» vinculados al fundador religioso, que integran la parte más antigua del Avestá (v.). En cambio, en las más recientes apare­cen elementos legendarios, que se dan sin­gularmente en la tradición zoroástrica pos­terior (de particular interés en tal_ aspecto son las obras pahlavi Bündahisn, Dénkart y Vicitákihá, de Zátspram); junto a éstas cabe situar también, por el mismo concepto, la literatura más moderna sobre Zoroastro en neo- persa, producción dentro de la cual merece una especial mención la otra titulada Zartustnámé, del s. XIII d. de C.

Además de esta fuente principal, otras, las de los auto­res griegos, latinos, armenios, siríacos y ára­bes, ofrecen material interesante, ignorado a veces por la tradición persa, o bien dis­tinto del de ésta. El nombre Zarathustra es una palabra compuesta, cuyo segundo ele­mento, «ustra», significa, indudablemente, «camello»; en cuanto al valor del primer término del vocablo no existe, por el con­trario, una absoluta unanimidad de opinio­nes entre los eruditos. La interpretación general y más verosímil parece ser «aquel cuyos camellos son viejos (o flacos)»; el nombre del profeta, por lo tanto, se hallaría así vinculado a un típico ambiente agrícola y bucólico. Los griegos debieron de conocer el nombre en cuestión en el dialecto iranio occidental, Zarahustra, y la transcripción que de él hicieron dio lugar a la forma latina Zoroastres y a la española Zoroastro; más tarde, según una etimología popular, el nombre fue interpretado como «adorador de los astros», «escrutador de los astros”, “flujo viviente del astro», etc., quizá también a causa de una tradición más seria que con­sideraba a Zoroastro un astrólogo.

En cuanto a la época durante la cual vivió el profeta, y dejadas aparte las fechas fantásticas — refle­jo más o menos exacto de algunas concep­ciones cosmogónicas persas — de autores griegos que hacen vivir a nuestro personaje cinco o seis mil años antes de la guerra troyana y de los tiempos del Platón, los eruditos se hallan divididos en dos tenden­cias: la de quienes le colocan por lo menos en los siglos XI-X a. de C. y la de aquellos que, por el contrario, y con mayor verosimi­litud, la sitúan en los VII y VI, también a. de C.; en este aspecto resulta una circuns­tancia muy significativa el paso de varios eruditos de la primera a la segunda tesis, no compensado, en cambio, por ninguna modificación de criterio en el sentido opues­to. La tradición zoroástrica admite la crono­logía establecida en el Bündahisn, según la cual la aparición de Zoroastro (o sea el principio de su misión más bien que su nacimiento) habría tenido lugar 258 años antes de la era de Alejandro, quien parece ser no el gran conquistador macedonio (en cuyo caso «la era de Alejandro» coincidiría con el final del imperio aqueménida, 330 a. de C.) sino su hijo homónimo, con relación al cual, pre­cisamente, se fecharon algunos años asimis­mo en Egipto y Babilonia; aquí, pues, la era de Alejandro habría de corresponder con el advenimiento de los Seléucidas (311 a. de.),

Sea como fuere, esta tradición indígena nos lleva no más allá del final del siglo VII a. de C. Análogas discusiones se dan respecto de la patria de Zoroastro, que, de acuerdo con algunos eruditos modernos, y según la mis­ma tradición zoroástrica, sería la Media propiamente dicha, concretamente Ragha (la actual Ray, cerca de Teherán), o quizá la Media Atropatene (el territorio denomi­nado actualmente Azerbaidján, en tomo al lago Urmia, hoy Rezayé), asimismo al no­roeste de Persia; otros, en cambio, juzgan al profeta natural de la Bactriana o de la región del lago Hamün, en la Persia orien­tal. Puesto que las fuentes hablan de algu­nas oposiciones encontradas por la predica­ción de Zoroastro en su tierra, así como de una consiguiente emigración del fundador reli­gioso a otros territorios, nos parece no tanto sugerida por un compromiso como más ade­cuada a la realidad histórica la tesis de quienes hacen a Zoroastro occidental y creen que actuó en Oriente, lo cual parece ratificado por el lenguaje del Avestá, que, siquiera dialecto iranio de tipo oriental, ofrece algu­nos caracteres inconfundibles propios de Oc­cidente, seguramente no debidos a refundi­ciones de la tradición manuscrita.

Para otros, en cambio, el profeta se habría dirigido de las regiones orientales a las occidentales. Presentadas ya estas cuestiones prelimina­res, podemos referir la vida de Zoroastro de acuerdo con las fuentes anteriormente mencionadas. Su padre aparece indicado, ya en el Avesta, con el nombre de Pourusaspa, que otros textos hacen proceder del mítico héroe Manócihr; la madre, en cambio, se llamaba Dughedha, denominación que no figura en el Avestá, donde, por el contrario, se dice concretamente que Zoroastro pertenecía a la fami­lia de los Spitama. Un sueño milagroso ha­bría anunciado a la progenitora la futura y agitada misión del hijo: un joven, apare­cido en un mar de luz, y con un libro (el Avestá) en la mano derecha y un bastón (la majestad de Dios) en la izquierda, ale­jaba las fieras que, llegadas al interior de la casa, habían arrancado al pequeñuelo del seno de la mujer. Según la leyenda, muchos otros prodigios acompañaron el nacimiento de Zoroastro: el futuro profeta empezó a sonreír poco después; el rey del país, Duransarun, intentó en vano dar muerte al recién nacido con un puñal; las llamas de una hoguera en la cual había sido colocado le dejaron indemne; abandonado en una estrecha senda para que fuera arrollado por un rebaño de bueyes que por allí había de pasar, quedó milagrosamente protegido por uno de los animales, hecho que se repitió asimismo al paso de unos caballos salvajes; nada pudo contra él la cólera de una loba, los cacho­rros de la cual habían sido degollados, y en cuya cueva fuera dejado Zoroastro, quien, por el contrario, viose amamantado por dos vacas bajadas del cielo.

A los siete años, enfermo, rechazó una medicina en la cual se había puesto veneno. Tales pruebas, de acuerdo con las mismas fuentes, sucediéronse hasta los treinta años. A los veinte, Zoroastro se retiró del mundo, y en la contemplación y la sole­dad maduró su misión. Un decenio duró este período preparatorio, después del cual tuvo lugar la revelación. En el curso del paso milagroso del río Dáityá se apareció al profeta Vohu Manah (el «Pensamiento bueno»), quien le llevó ante el trono de Aura Mazdah (el «Señor sabio — o pru­dente»—); éste, preguntado por Zoroastro, dijo que la mejor de las criaturas es el hombre de corazón puro; además, le mostró Angra Mainyu («Ahriman», el «Espíritu malo») en el infierno, y confirmóle su misión con nu­merosos prodigios (le hizo pasar, indemne, a través del fuego, arrancóle la vísceras y se las colocó nuevamente, y derramó sobre su pecho metal fundido). A esta visión si­guieron otras seis (en el Avestá se habla también de coloquios de Zoroastro con Ahura Mazdah), que, a lo largo de diez años, completaron la revelación de Dios a su pro­feta, culminada, según la leyenda, con la entrega del Avestá a este último por Ahura Mazdah.

En tal período empezaron las pri­meras experiencias apostólicas de Zoroastro, pri­meramente en su país, la Airyana vaéá del Avestá, y luego en el de los turanos y en otras partes. Su predicación, empero, chocó siempre con la tenaz hostilidad de los ado­radores de los «daéva», que se embriagaban con «haoma» y se encarnizaban con el ga­nado; singular oposición le demostraron los jefes de aquéllos (Kavi, Sastar) y los sacer­dotes (Karapan, Usig), contra quienes diri­gióse Zoroastro, el cual les indica a veces con sus propios nombres, como ocurre en los Gatha referentes a Grehma y a su príncipe pro­tector Bendva. Los resultados de esta pre­dicación inicial del profeta fueron negati­vos; los primeros adeptos a la nueva fe deben ser buscados sólo en el reducido círculo de los parientes de Zoroastro, entre los cuales figuraron su primo Maidhyói-Máonha y su hijo Isátvástra. Este principio infortu­nado provocó en el espíritu del predicador un profundo desaliento, del que se halla un eco evidente en los Gatha. Finalmente, Ahu­ra Mazdah indújole a dirigirse a la corte de Vistáspa, situada por algunas fuentes en Bákhtri (actualmente Balkh), capital de la Bactriana. Zoroastro contaba entonces cuarenta años. Dos duró la labor destinada a la con­versión del rey y de su corte.

Ésta aparece descrita con precisión en los Gáthá, que, además de recordar al soberano, hablan de su sabio ministro Giamáspa y de su hermano Frasaostra, consejero del monarca. Los mis­mos textos nos refieren el establecimiento de vínculos de parentesco entre Zoroastro y la cor­te de Vistaspa: la hija del profeta, Pourucis- ta, contrajo matrimonio con Giamáspa (uno de los Gathá fue compuesto, precisamente, con motivo de esta boda), y el predicador, a su vez, se unió con Hvóví, hija de Frasaos­tra. De acuerdo con el Bündahisn Zoroastro habría tenido anteriormente otras dos esposas, de la primera de las cuales sería hija Pourucistá. En las partes más recientes del Avesta se hallan mencionados luego otros persona­jes de la corte_ real, como, por ejemplo, Zairi-vairi (Zarer en las fuentes porteriores), hermano de Viátáspa, que ocuparán un lugar importante en la tradición épica ira­nia más moderna. Aun cuando histórica­mente resulten ciertas las conversiones de Vistáspa (a quienes algunos pretendieron identificar con el padre de Darío I, Hystaspes, según la tradición occidental), de su familia y de su corte, son legendarios, en cambio, los detalles que acerca de aquéllas nos transmiten las fuentes más recientes, en particular el Zartust-námé.

Los consejeros del soberano, humillados ante éste por la predicación de Zoroastro, se vengaron de él me­diante la calumnia, y, con la complicidad de un criado suyo, a quien habían sobor­nado, le acusaron de brujería. El profeta fue encarcelado, y no recobró la libertad sino luego de un milagro. El corcel predilecto del rey era víctima de una singular calamidad: las cuatro patas se le habían encogido hacia el interior del cuerpo, y los intentos de los magos reales destinados al restablecimiento de la perfección física del caballo resultaban vanos. Zoroastro, desde la cárcel, ofrecióse para la realización del prodigio, que, sin embargo, vinculaba al cumplimiento de cuatro con­diciones: la conversión del monarca, la de su hijo Spentó-dáta (Isfandyár en el Sáhnámé) y la de su esposa Hutaosá, así como una investigación que permitiera descubrir a los autores de la calumnia a causa de la cual se hallaba en la cárcel, y el castigo de los mismos. En el momento de la aceptación de cada una de estas condiciones por el soberano reaparecía una pata del animal. Las maravillas, empero, no habían termi­nado aún. El rey pidió a continuación cua­tro gracias: la visión del lugar para él reser­vado en el Paraíso, la invulnerabilidad en la guerra, el conocimiento del pasado y del futuro, y la inmortalidad.

Zoroastro, siempre según el Zartust-námé, declaróse dispuesto a in­terceder para la obtención de tales favores, pero sólo si eran destinados a cuatro perso­nas distintas. Viátáspa pidió para sí y logró la primera gracia; la segunda fue otorgada a su hijo Isfandyar (que de tal prerrogativa aparece también poseedor en el sáh-námé de Firdusi), la omnisciencia a Giamáspa (quien la tiene asimismo en el texto pahlavi Giamásp-námé), y la inmortalidad al otro hijo del monarca, Pésyótan (con ella le pre­senta el Bündahisn). Vistáspa, convertido, sería, en adelante, el protector de la nueva fe.

El último acontecimiento importante de la existencia de Zoroastro fue la guerra santa em­prendida por aquel rey contra el infiel Aregiataspa (Arjásp en las fuentes más recien­tes). La lucha terminó victoriosamente para los defensores de la doctrina zoroástrica, pero, según varios autores más modernos, entre ellos Firdusi, Zoroastro habría perecido en la conquista de Balkh, muerto por Tür-í Brátarvakhs; de acuerdo con otras fuentes ma­tólo un rayo, como él mismo parece haber anunciado; algunos textos siríacos creen que murió despedazado por los lobos, y hay tam­bién quien le considera fallecido de muerte natural. La tradición zoroástrica Aja el término de los días del profeta en sus setenta siete años.

C. Bolognesi