Juan Nicasio Gallego

Nació en Zamora el 14 de diciembre de 1777, murió en Madrid el 9 de enero de 1853. Hizo sus primeros estudios en Zamora, y luego pasó a Sala­manca, donde en 1800 recibió las sagradas órdenes. Allí conoció al famoso poeta Meléndez Valdés, quien le contagió su afición a la poesía, si bien de sus composiciones de entonces sólo se han conservado esca­sos fragmentos.

A continuación se trasladó a Madrid, donde conoció a Cienfuegos y a Quintana, estableciéndose entre ellos víncu­los de estrecha amistad. Fue recibido pron­to en la corte y en 1805 el rey lo nombró director eclesiástico de su casa de pajes. Durante la invasión francesa de 1808 se unió a los patriotas y tuvo que refugiarse pri­mero en Sevilla y luego en Cádiz; fue dipu­tado de las primeras Cortes, instaladas en la isla de León. Defendió las nuevas ideas, es especial la libertad de imprenta, por la que en 1814, a la vuelta de Femando VII, fue encarcelado en una prisión pública, donde pasó dieciocho meses; después estuvo confinado en diversos lugares, hasta que el cambio político de 1820 le devolvió la liber­tad. Perseguido de nuevo por la reacción absolutista de 1824, se refugió unos años en Barcelona, al cabo de los cuales emigró a Francia; allí le dieron hospitalidad sus ínti­mos amigos los duques de Frías, pero cua­tro meses después regresó a Barcelona, de donde pasó primero a Valencia, luego a Se­villa y, finalmente, a Madrid.

En 1830 in­gresó en la Real Academia Española, de la que fue nombrado secretario perpetuo en 1839. Durante sus últimos años recibió honores y desempeñó diversos cargos públi­cos, entre ellos el de senador del reino. En 1829 se publicó una primera colección de sus obras poéticas en Filadelfia, a la que siguió la más completa y autorizada de la Real Academia, publicada en 1854. Su obra poética (v. Poesías) no es muy abundante, pero la caracterizan la sostenida robustez de la versificación, el cuidado de la forma, elegante siempre, y lo castizo del lenguaje. Entre sus mejores composiciones se desta­can las odas A la defensa de Buenos Aires (1807) y El dos de mayo (1808), la elegía A la muerte de la duquesa* de Frías (1830) y la epístola Al Excmo. Sr. conde de Haro, animándole al ejercicio y buen uso de la poesía (1804); también compuso bellos sone­tos, endechas y anacreónticas. Como pro­sista escribió El conde de Saldaña, novela de carácter romántico, y tradujo Los no­vios, de Manzoni, y la tragedia Oscar, de Arnault.