Juan Filopón, el Gramático

Nació qui­zás en Cesárea de Palestina a finales del siglo V.; murió, según unos, alrededor de 580, según otros no más tarde de 551. Habiendo marchado a Alejandría de Egipto hacia el año 500, entró en la escuela neoplatónica y después de 520 se convirtió al cristianismo monofisita, tomando parte en las luchas sangrientas que ocurrían ya entre cristianos y paganos, ya entre las diferentes sectas cristianas. Perteneció a la secta de los «filo- pones» que, según M. Meyerhof, «combatían contra profesores y estudiantes paganos, tratando de destruir los últimos templos de las antiguas divinidades egipcias».

De esta secta derivaría su sobrenombre y no, como piensan otros, del significado griego de «amante del trabajo». J. está vinculado al último período del neoplatonismo y fue dis­cípulo, como Damascio, Simplicio y otros, de Ammonio Alejandrino. Esta escuela filo­sófica tuvo después, a partir de 520, a Da­mascio como último maestro; en 529, Justiniano prohibió la enseñanza de la filosofía y obligó a Damascio y a los otros filósofos a ponerse al abrigo en Persia, de donde sólo pudieron regresar en 533. Tal período señala el ocaso definitivo de la filosofía griega y de la ciencia antigua. J. constituye la figura más característica de este mundo en disolución. El neoplatonismo, en el que había sido iniciado por Ammonio y que más tarde debía repudiar, era impotente ya para señalar un retomo a la antigua filosofía griega y, más que un culto a las doctrinas de Platón, se había convertido en una cátedra para un nuevo florecimiento de los estudios aristotélicos.

Juan fue el primero en servirse de la lógica aristotélica para defen­der sus convicciones religiosas, método éste que tuvo gran éxito en el Medioevo. Atento estudioso de la obra científica de Aristóteles, comentó sus primeros once tratados. Poseía ya sólidas bases científicas, y sus ideas, que brotan de los comentarios, son totalmente originales. En algunos principios fundamen­tales de la mecánica abandona por completo las ideas de Aristóteles y, acerca de los movimientos de los cuerpos en el vacío, deja entrever el concepto de inercia. Algu­nos le llamaron «precursor de Galileo». Es­cribió en aquel mismo año 529 una obra sobre la Eternidad del mundo (v.), en la que, polemizando con el «diadoco» Proclo, afirma el movimiento uniforme de los cuer­pos en el mundo sublunar y la eternidad de su existencia. En De la Eternidad del mundo refuta las variadas opiniones de los astró­nomos griegos y defiende la cosmografía bíblica. Además de esta obra, dejó un opúsculo sobre el astrolabio y un comen­tario a los dos primeros libros de la Arit­mética de Nicómaco.

R. Frediani