Juan Manuel

Nació en Escalona (Toledo) el 6 de mayo de 1282 y murió probablemente en Córdoba en la primavera de 1348. Nieto de San Fernando e hijo del infante don Manuel, hermano de Alfonso X el Sabio. Muy niño hereda de su padre el cargo de Adelantado de Murcia. A los doce años interviene en la primera batalla. Más tarde haría Ta guerra al mismo rey Alfonso XI. Luego, con él, intervendría en el sitio y conquista de Algeciras. Casó en primeras nupcias con doña Isabel, infanta de Mallorca, y en segundas con doña Constanza de Aragón, hija de Jaime II. En 1329 se casó nuevamente (con doña Blanca Núñez). Apartado de sus actividades políticas en 1345 moría unos años después. Fue enterrado en el monasterio de Predicadores de Peña- fiel. En él vivió consagrado al estudio.

Es una de las más grandes figuras de la prosa española. De sus valiosas obras ha de citarse la histórica Crónica abreviada (v.) que es un extracto de la Crónica general. También se dice dirigió el Chronicon Domini Johannis Emmanuelis. Tiene tres obras funda­mentales: a) Libro del caballero y del es­cudero (1327, v.) en el que éste, camino de unas Cortes, se encuentra con aquél, anciano que hace vida de ermitaño y que le instruye en la caballería y en lo que atañe a ángeles, estrellas, hombres, bestias, árboles y elementos. Es un doctrinal de caballeros y una enciclopedia del saber de la época, a la manera de las Etimologías de San Isidoro y otras obras semejantes. Como fuente fun­damental se cita el Libro del orden de caballería (v.) de Llull. En la primera parte citada hay muy notables respuestas, como las que da el caballero al escudero sobre cuál es el más honrado estado en este mundo o qué cosa es la caballería o cuál es el mayor pesar o el mayor placer, b) Li­bro de los estados (v.), en el que Turín, pagano, instruye a un príncipe que, alejado de miserias por la voluntad de su padre, encuentra un cadáver («el cuerpo de un orne que finara»).

Viene a ser una cristiani­zación de la leyenda de Buda, que sintetiza en uno los tres encuentros (con el leproso, con el viejo decrépito y con el cadáver, según el Barlaam y Josaphat). Por la can­tidad de temas tratados es como una revista de la sociedad del siglo XIV. Julio, cristiano con gran amenidad, informa a Turin, al rey y al príncipe (el pagano Morován y su hijo Johás) del cristianismo y de la fal­sedad de las demás religiones. Termina con el bautismo de los tres: con uno de los nombres de Dios el rey, el infante con el de Juan y el ayo con el de Pedro), c) Conde Lucanor (v.) o Libro de Patronio (1335), importante colección de cincuenta apólogos o cuentos de fuentes orientales (Calila, Sendebar, etc.) o clásicas muy conocidas en la Edad Media como la Gesta Romanorum. Este libro no se imprimió hasta el siglo XVI (Sevilla, 1575). Es de extraordi­naria importancia y amenidad y se anticipó en trece años a Boccaccio. Se vale de un sencillo artificio: el conde Lucanor, gran se­ñor, hace preguntas a su ayo y consejero Patronio que le contesta con ejemplos.

En éstos se sigue la fabulística que utiliza de animales (la previsión de las hormigas, el raposo que se hizo el muerto, el cuervo que tenía un pedazo de queso en el pico, el gallo vencido por el miedo cuando se había refugiado en un árbol, el de los dos caballos enemigos que se unen frente al león, el del halcón contra el águila y la garza, etc.) pero ahora utiliza también a seres humanos que son los más interesantes y famosos. Así el que cuenta «lo que aconte­ció a uno que probaba a sus amigos»; el que iba cargado de piedras preciosas «et se afogó en el río» por no querer abandonar su tesoro; el ciego que guía al ciego por un camino peligroso y ambos caen en un ba­rranco; el de doña Truhana y su olla de miel que es la fábula de la lechera («A las cosas ciertas vos encomendat / et de las fiuzas vanas vos dexat»); el del hombre pobre que comía altramuces «por pobreza et men­gua de otra vianda» y estando en este pesar «sintió que estaba otro homne en pos dél… comiendo las cortezas de los altramuces que él echaba en pos de sí»; el de los burladores que hicieron el paño que sólo podía ver el «que fuese fijo de aquel padre que todos dicían» con cuyo engaño consiguieron del rey un palacio para hacerlo hasta que un negro que no sentía preocupación alguna porque le tuviesen o no por hijo del padre que él decía, advirtió al rey que iba des­nudo y ya todos reconocieron el engaño («Quien te conseja encobrir de tus amigos / sabe que más te quiere engañar que dos figos»); el maravilloso de don Illán, el gran maestro de Toledo, y un deán de Santiago que vino a él para que le mostrase su cien­cia (le hizo creer que era arzobispo, carde­nal y papa y, ya, en estas dignidades, desatendió las peticiones de don Illán hasta negándole comida para el camino hasta que el mago le dijo que tendría que contentarse con las perdices que había mandado asar antes de bajar a la cueva por lo que, el que se creyó papa, se sintió en gran ver­güenza y no supo qué decir; y así se llega a la moraleja: «al que mucho ayudares etnon te lo conociere / menos ayuda habrás, desque en gran honra subiere»); etc.

Algu­nos, como el del «mancebo que casó con una mujer muy fuerte et muy brava», puede ser fuente de La fierecilla domada de Shakes­peare, y el citado de los burladores, del Re­tablo de las maravillas de Cervantes. Alguno es poético, como el del rey de Sevilla y de Romaiquía, su mujer, que quiso ver nieve en Córdoba y, para complacerla, el rey mandó plantar almendros para que al florecer pa­reciese nevada la sierra. Temas morales y sus moralejas (éstas en pareados) corres­ponden a cada cuento que se denomina «exemplo». El estilo, por lo general, en todos sus escritos es de una gran sobriedad. Como observó Menéndez Pelayo; J. M., como gran cuentista, pone un sello personal en sus narraciones y un humorismo grave y zum­bón. Lo considera como «progenitor» de la novela española. El Conde Lucanor puede señalarse como una gran creación de nues­tro autor. Y los tres libros citados, como avanzada de la prosa española.

Otros libros del gran prosista fueron el Libro en finido (v.) o Libro de los castigos y consejos a su hijo don Fernando, que comienza con consi­deraciones sobre el saber, habla luego de la Santísima Trinidad, de la salvación de las almas, de la salud del cuerpo, de la crianza de los niños, de las diversiones, de la casa y de la mesa, etc. Su valor práctico y su expresión de las costumbres es de gran interés. A veces decae en sus consejos en materia ética. En el Tratado sobre las armas se destaca «la fabla que con el rey don San­cho ovo ante que finase». Estos dos presen­tan aspectos autobiográficos muy valiosos. Aun podría agregarse De las maneras del amor, otro breve tratado en que explica y clasifica quince formas de amistad. El mérito extraordinario de este gran prosista fue el empleo de temas variados y la crea­ción de la prosa culta, depurada de vulgari­dades. Fue también poeta y se habla de un perdido Libro de cantares, como asimismo de un tratado de poesía (De las reglas cómo se debe trovar).

A. del Saz