Joseph Péladan llamado Joséphin.

Nació en Lyon el 28 de marzo de 1859 y murió en Neuilly-sur-Seine el 27 de junio de 1918. Pintoresca figura de la época simbolista, neocatólico-místico, su vocación se había formado en un ambiente familiar bastante excepcional: su padre, Adrien, legitimista y católico, dejó una treintena de volúmenes de poesía, historia, filosofía; su hermano mayor, pronto fallecido, se interesaba por la metafísica y por las ciencias ocultas. Péladan, wagneriano convencido, pretendió pro­fundizar el significado íntimo, esotérico de las doctrinas del músico alemán y escribió sobre tal tema dos curiosas y aburridas tragedias, Babylone (1895) y Le prince de Byzance (1896). Era el tiempo en que un curioso espiritualismo místico trataba de extraer de la tradición de los antiguos magos orientales una nueva voz para salvar la cultura moderna, amenazada por el ma­terialismo positivista y por el industrialismo, y eran acogidas con fervor obras como Los grandes iniciados (v.) de Edouard Schuréy Dogme et rituel de la haute magie de Eliphas Lévi.

Para honrar de nuevo precisa­mente el verbo de los antiguos magos había restaurado Stanislas de Guaita en 1888 la orden cabalística de los «Rosacruz», y Péladan, amigo suyo, se entregó a ella con entusias­mo, valiéndose de sus grandes posibilidades económicas para fundar una casa extraña­mente dispuesta, en la que él mismo apare­cía con extravagantes vestidos, como el gran sacerdote del Arte y el poético maes­tro de la Religión, es decir, el auténtico «Sár Mérodack». Otra doctrina suya funda­mental’ fue la de que la destruida ciudad de Babilonia sobrevive en el espiritualismo cristiano, el cual debía reconocer su verda­dero origen y naturaleza profunda en la magia caldea. Sin embargo, cuando publicó el tratado Comment on devient Mage (1891), se vio que en realidad él entendía por «magia» el retorno del alma a la belleza: con un repudio total de las inmundicias de la cultura moderna representadas para él de un modo especial por el laicismo masónico y por el judaísmo especulador. Oscuros y tediosos, a pesar de la opulencia del estilo, resultan sus numerosos tratados de inicia­ción, lo mismo que los primeros volúmenes de una gran historia de la civilización a través de sus mitos, que quedó incompleta.

Por el contrario, en dos tragedias en prosa, Œdipe et le Sphinx (1903) y Sémiramis (1904), y en numerosos artículos de crítica de arte y literaria (reunidos en los volú­menes La dernière leçon de Léonard de Vinci, 1904, y De Parsifal à Don Quichotte, 1906) encontró modo de ofrecer sabrosos frutos de su vastísima cultura y de su sin­cero amor a la belleza. Un vasto ciclo no­velesco — «etopea» lo llamaba él —, la Decadence latine, debería representar y con­denar las modernas y corrompidas costum­bres del materialismo. Entre los muchos volúmenes, extravagantes hasta lo grotesco, apenas se recuerdan ;Curiosa! (1885, v.) y La iniciación sentimental (1887, v.). Los ensayos El arte y la guerra (v.) nacieron de la guerra, profundamente sentida por él.

M. Bonfantini