Pelagio

Nació en Britania, probablemente, hacia el año 354 y murió quizás en la región de Alejandría de Egipto hacia 427: era laico, pero consagrado a una vida de per­fección según los preceptos evangélicos. Los autores antiguos (Jerónimo, Orosio) lo describen como hombre de aspecto físico excelente y de viva inteligencia. Se le en­cuentra en Roma alrededor de 384; con­sigue penetrar en la alta sociedad romana y ganarse vivas simpatías por su fama de hombre espiritual. En el ambiente romano es donde comienza a difundir los gérmenes de los que procederá el complejo doctrinal conocido con el nombre de pelagianismo (v.); motivo de su éxito fue probablemente, además de su elocuencia, la exaltación de la naturaleza del hombre como capaz por sí sola de llevar a la plena virtud. Su fama se esparce: Agustín mismo lo elogia como cristiano perfecto. Atiende en Roma no sólo a la obra de consejero espiritual, sino tam­bién a escribir algunas obras, como atesti­gua Gennadio: un tratado De fide, un es­crito exegético de Testimonios bíblicos y uno de Exposiciones de las Epístolas de San Pablo (v.).

Abandona Roma por la inva­sión de Alarico en 410 y se dirige a Sicilia con Celestio, su principal discípulo y colaborador. A su estancia en Sicilia corres­ponde la obra De natura, en la que da forma sistemática a su doctrina sobre la perfección de la naturaleza humana, de ningún modo manchada por el pecado ori­ginal, y capaz — sólo con sus fuerzas — de evitar el pecado; doctrina remachada en la carta A Demetríades (v.). De Sicilia pasa, en 411, a África con la esperanza de tener un encuentro con Agustín, pero no lo consigue y se dirige a Jerusalén. Allí logra conquistar la simpatía del obispo Juan, mientras bien pronto se armará contra él la pluma de Jerónimo. El error, que se di­funde ampliamente, suscita en primer lugar la reacción de la misma iglesia de Pales­tina, después la de África y la de Roma, cuyo pontífice, el papa Inocencio, con­firmando la actuación de los Concilios africanos, excomulga a Pelagio y a Celestio. Ocurre esto en enero del año 417.

Ante la noticia de la condena, se esfuerza Pelagio en demostrar su inocencia enviando al papa Zósimo, que mientras tanto había sucedido a Inocencio, una defensa suya (Libellus Fidei), que pareció impresionar al principio el ambiente romano. Pero la insidiosa tác­tica de Pelagio, desenmascarada por Agustín, quedó patente, y el papa Zósimo, mediante una letra a todas las Iglesias, renovó la condena de Pelagio y de Celestio, contra los cuales iba dirigido también el rescripto del emperador Honorio de 30 de abril de 418. Pelagio era entonces citado para comparecer ante un nuevo sínodo en el que fue conde­nada la doctrina y expulsado él de Jerusa­lén. Desde este momento, no se tienen ya noticias seguras de él: se encuentran, al parecer, huellas suyas en Antioquía, donde habría sido condenado otra vez hacia el año 425, y por fin en la región de Alejan­dría, donde quizá murió.

G. Lazzati