Peire Vidal

Trovador tolosano de ori­gen burgués, hijo de un peletero (oficio que posiblemente ejerció también él mis­mo), y que vivió durante la segunda mitad del siglo XII y los primeros años del XIII, probablemente no después de 1205-06. De­bió de hacer su aparición como poeta en la corte de Ramón V, por aquel entonces el verdadero y principal centro literario del sur de Francia. Sin embargo, disfrutó igual­mente de la protección de Alfonso I de Cataluña (II de Aragón), conde de Pro- venza (1162-96), a quien dedicó algunas de sus canciones (v. Canciones y sirventesios), y de la del vizconde Barral de Marsella, indicado por el poeta en sus poesías con el nombre ficticio de Rainier. A este últi­mo le unió una verdadera amistad. Hacia 1186, y por causas no bien conocidas, una ruptura en sus relaciones con Ramón V le obligó a alejarse de su país, en el cual dejó con tristeza a la mujer amada.

Y así, vagó de una en otra corte, y estuvo en Montpellier, y junto a Alfonso VIII de Cas­tilla, y a Alfonso I de Cataluña, a quien ofreció sus servicios contra el conde de To- losa; más tarde marchó a Tierra Santa como peregrino «involuntario», según el calificativo que él mismo se aplica, y, finalmente, fue al encuentro de Ricardo de Inglaterra, todavía señor de Poitiers. Luego, hechas las paces con Raimundo, pudo volver a sus dominios. Entre 1192 y 1196, empero, perdió a todos sus grandes protec­tores: el conde de Tolosa, Barral y Al­fonso I. Por aquel entonces su corazón sus­piraba por una dama a la que denominó «Loba»; este nombre dio lugar a una de las numerosas fantasías en las cuales el poeta se complace y que dieron tema a las invenciones de los antiguos biógrafos: el afán de vivir una existencia salvaje de lobo por amor a la dama. Sin embargo, ello no duró largo tiempo, y el trovador fue soli­citado por otras aventuras amorosas.

Ade­más, desaparecidos sus protectores, Provenza ya no le interesaba mucho. Llamó en­tonces su atención, en cambio, la fama de un príncipe mecenas italiano, Bonifacio I de Monferrato; en la corte de éste, empero, ocupaba ya un lugar de primera categoría otro trovador, Raimbaut de Vaqueiras. No obstante, le atraían las gracias de la her­mana del marqués, Alazais, por la cual no parece haber sido intensamente correspon­dido; así pues, las relaciones entre ambos no llegaron a una plena intimidad. En tal corte el poeta intercambió una tensión vio­lenta con el marqués Manfredi Lancia. A esta época pertenece también un duro ata­que suyo contra Enrique VI, emperador de Alemania, y en defensa de los italianos, en particular, de los lombardos, a quienes ex­horta a unirse frente al mencionado sobe­rano para evitar la repetición de los dolo­rosos acontecimientos de Sicilia y Apulia.

Viajero infatigable, llegó hasta Hungría, probablemente en 1198, en el séquito de Constanza de Cataluña-Aragón, que iba a contraer matrimonio en el mencionado país, y quizá también junto con otro trovador, Gaucelm Faidit. Estuvo de nuevo en Italia, en Génova, donde encontróse tan a gusto que se proclamó, jocosamente, «emperador» de los genoveses y trabó varias amistades. Con uno de tales amigos, el conde Enrique de Malta, fue a esta isla en 1204-05; en ella escribió sus dos últimas canciones, dirigidas a sus amigos de España, Provenza, Italia y Cataluña. A partir de tal momento faltan las noticias acerca de este poeta vagabundo y aventurero, abundante en inspiración y extravagancias, al que se llamó «uno de los hombres más locos que han existido». El favor de su protector Bonifacio de Monfe­rrato le proporcionó una notable compren­sión de las cosas de Italia; junto con Raim­baut de Vaqueiras, figura entre los primeros trovadores provenzales que atravesaron los Alpes y vivieron en aquel país.

Las amenas rarezas en las cuales se complace en sus versos provocaron, como es natural, la apa­rición de las leyendas aprovechadas por su antiguo biógrafo provenzal; éste, por ejem­plo, partiendo de la humorística proclama­ción de Peire  como «emperador», nombre que en la disputa le da también, irónicamente, Manfredi Lancia, dice incluso de él que, llegado a territorios de ultramar, concreta­mente a Chipre, contrajo matrimonio con un griega, de la cual se le dijo que era sobrina del emperador de Constantinopla, circunstancia que le permitía aspirar al trono del Imperio y le habría inducido en Oriente y Occidente a varias locuras: la adopción del blasón y el título imperiales, y otras por el estilo.

En muchos casos, como en el de Peire , el mismo poeta expone, con ironía, sus pretendidas glorias: «Las aventuras de Galván he vivido yo, y otras muchas; cuando voy a caballo, armado, trituro y deshago a cuantos alcanzo. Yo solo he capturado a cien caballeros, y arreba­tado las armas a otros ciento; he hecho llorar a cien mujeres, y a cien más reír y jugar»; dice luego que, de salir airoso de cuanto ha emprendido, «a mi imperio, sin duda alguna, haría doblegar a todo el mun­do». Se trata de sueños imperiales destinados a divertir, antes que a nadie más, al mismo poeta.

C. Cremonesi