Joseph-Emest Renan

Nació en Tréguier (Cotes-du-Nord) el 28 de febrero de 1823 y (murió en París el 2 de octubre de 1892. «Nacido de padres bárbaros, entre los cimerios buenos y virtuosos, habitantes en las ori­llas de un mar hosco, erizado de rocas, perpetuamente azotado por las tempesta­des»: así se presenta Renan a la diosa Athenea en su famosa Plegaria sobre la Acrópolis (v.). Como Chateaubriand y Lammenais que, junto a él, inspiraron la sensibilidad religiosa del siglo XIX, Renan era bretón, pero también un poco gascón por parte de madre; y esta doble herencia puede servir para explicar, en parte, los contrastes de una per­sonalidad tan rica y huidiza. Destinado al sacerdocio desde la infancia, Renan hizo sus primeros estudios en la Escuela eclesiástica de Tréguier (1832-38), con profesorado reli­gioso al que quedó perdurablemente afec­to, pero singularmente carente de cultura moderna; llegado a París, terminó sus estudios de «humanidades» en Saint-Nicolas-du Chardonnet, dirigido entonces por el fu­turo monseñor Dupanloup (1838-41); a con­tinuación inició los estudios teológicos en el seminario de Issy (1841-43).

Ingresado en el gran seminario de Saint-Sulpice (1843) se alejó de él dos años después, habiéndose desvanecido al contacto con la enseñanza escolástica y exegética del instituto aquel estado de ánimo que al principio había interpretado como señal de una genuina vo­cación religiosa. Esta crisis espiritual fue, juntamente con la de Lammenais (v.), una de las más ruidosas de todo el siglo XIX ‘ y una de las más plenas1 de consecuencias, puesto que de ella derivaron no sólo la vida y la orientación del pensamiento de Renan, quien la ha evocado después minuciosamente en sus Recuerdos de infancia y de juventud (1883, v.), sino también la posi­ción ante el cristianismo de las generacio­nes intelectuales francesas de la segunda mitad del siglo XIX. Puede resolverse —y se ha resuelto — de forma diferente la cuestión de la autenticidad y de la profun­didad de la fe de Renan: confluían en ella, probablemente, como factores determinan­tes, costumbres familiares, emociones infan­tiles y el idealismo religioso, típicamente céltico, que subsistirá en Renan siempre.

El descubrimiento, como cuenta el mismo Renan de la literatura romántica, la filología, la apasionada lectura de los filósofos alema­nes y la influencia, al parecer decisiva, de su hermana Henriette, desconcertaron fácil­mente un cristianismo superficial y sobre todo sentimental. Abandonado pues el semi­nario, Renan recibió un cargo de repetidor en un pequeño instituto privado en el que, de 1845 a 1849, vivió pobremente en ascética soledad, consagrando los momentos libres a la preparación de los exámenes universi­tarios (en septiembre de 1848 logró la «agrégation» en filosofía) y a aquellos coloquios intelectuales con su amigo Marcelin Berthelot (v.) que tendrán su consagración his­tórica en la Correspondencia entre Renan y Berthelot (1898, v.). A los veinticinco años inició la redacción de El porvenir de la ciencia (v.) que quedó inédito por consejo de Thierry, pero que se hizo inmediatamente célebre cuando se publicó en 1890. Es una obra juvenil, filosóficamente fra­guada bajo influencias distintas, de Hegel, de Michelet, de Herder y de Comte, pero en la que se afirma enérgicamente el principio de un determinismo universal estrictamente inmanente, y una fe lírica y casi mística en la ciencia positiva.

Encargado de una misión en Italia, Renan (1849-50) visita Roma, Florencia, Venecia, Padua y adelanta acti­vamente en el trabajo de reunir materiales históricos para su tesis de doctorado Averroes y él averroismo (1852, v.); con todo hay que advertir que su interés, después de la salida del seminario, se concentró en el estudio de las lenguas y de las culturas semítico-orientales, y primer fruto de ello fue la Histoire générale et système comparé des langues sémitiques (1885). Otros ensa­yos y artículos de materia afín publicados, en aquellos años en la Révue de Deux Mondes y en el Journal des Débats fueron reu­nidos por Renan con el título de Etudes d’his­toire religieuse (1857) y Essais de morale et de critique (1859). Renan había adquirido ahora una amplia notoriedad, no sólo en el mundo restringido de los doctos, sino también entre el público culto, y en 1862, al regreso de una misión arqueológica a Siria, Galilea y Palestina, entristecido por la noticia de la muerte de la hermana (sep­tiembre de 1861), fue nombrado para des­empeñar la cátedra de Hebreo en el Co­llège de France.

Pero apenas comenzado el curso fue interrumpido por orden del go­bierno: en su primera lección, Renan se había atrevido a hablar de Jesús como de un «hombre incomparable». Poco después pu­blicaba la Vida de Jesús (1863, v.), que al­gún autor calificó de «uno de los grandes acontecimientos del siglo», y que de todos modos constituyó un estrepitoso éxito edi­torial: se sucedieron rápidamente las edicio­nes y la obra fue traducida a todas las lenguas. Por primera vez en la historia de la cultura francesa, Renan vulgarizaba los re­sultados de la exégesis alemana y, volviendo a tomar la teoría mítica de David Strauss (v.) planteaba el problema de Cristo en términos que excluían toda idea de inter­vención sobrenatural. Cualquiera que fue­ra la posición religiosa y doctrinal de los lectores, era difícil resistir al encanto esti­lístico y poético-emotivo de la obra y a la magia evocadora con que Renan había sabido revivir el ambiente físico, intelectual y mo­ral en que se había desenvuelto la vida de Cristo. Para las generaciones que madura­ron alrededor de 1870, Renan desempeñaba el papel del «encantador» que había repre­sentado medio siglo antes Chateaubriand (v.).

Aparte de sus cualidades literarias, la Vida de Jesús era una obra de batalla más que de ciencia, y los especialistas, en efec­to, no dejaron de criticar su trabazón y su tono poéticamente imaginativo y novelesco. Con la Historia de los orígenes del Cristia­nismo (1863-83, v.) volvió Renan a los modos de una disciplina histórica más seria y posi­tiva, y la polémica cedió el sitio a la his­toria de las ideas, aunque siempre, natural­mente, en la línea de aquel principio teó­rico y metodológico en virtud del cual se rechazaba toda idea de «misterio» en la his­toria de los procesos religiosos y se acep­taban solamente los hechos «científicamen­te» explicables y comprobados. Pero el poe­ta y el esteta convivían en Renan con el docto y el erudito y por ello, lo que por un lado era objeto de crítica, era estimado, por otro, a causa de su belleza. Y del mismo modo que en Atenas, visitada en 1865, había exal­tado R, el «milagro griego» (v. Plegaria sobre la Acrópolis), así, como historiador del cristianismo, conserva Renan viva la sensibi­lidad cristiana y, aun rechazando los dog­mas católicos, continúa admirando la his­toria judeo – cristiana y sabe señalar con tanta eficacia sus momentos culminantes, que el lector de la Histoire des origines du christianisme o de la Historia del pueblo de Israel (1887-93, v.) podría sentirse inclinado a comprenderla como una historia incom­parable, sobrehumana, y a admitir aquella idea del «misterio» que la rigidez científica del escritor había rechazado duramente.

En realidad, el alma de Renan se encontraba ale­jada de todo sectarismo: temperamento esencialmente femenino, ansiaba apurar el mayor número de experiencias posibles, conciliar todas las grandes obras, todas las manifestaciones religiosas y filosóficas de la humanidad, entendidas, según el princi­pio hegeliano, como manifestaciones diver­sas, pero todas igualmente bellas y nece­sarias de la realidad total: Dios, Infinito, en el activo proceso de la búsqueda de sí y de la conquista de la propia y total auto- consciencia. El pensamiento de Renan no puede vincularse a una tesis o a una postura par­ticular: tiende más hacia lo alto, a lo uni­versal, por el camino de continuos pasos de una postura a otra. Así, después de 1870, se pudo asistir al interesante espectáculo de un Renan que salido del encierro del estu­dio y de los archivos, reintegrado en la cátedra del Collège de France, elegido para la Academia en 1879, se aventura en el gran mundo para desplegar en él de un modo malicioso las paradojas de su escepticismo, para ironizar sobre sus propias negaciones, para formular con elegante frivolidad los pensamientos más escandalosos y profun­dos, para enfrentarse con las señoras de los salones mundanos con aquella acariciadora y famosa «música» de sus palabras, cuyas notas extasiaron a tantos adolescentes, un Bourget, un Maurras y especialmente Ba­rrés, aunque este último no se abstuviese de lanzar agudas flechas contra el diletan­tismo del maestro.

Renan alcanzó en estos años el apogeo de su carrera de artista: cargado de honores, pontífice reconocido del laicismo, criticaba por otra parte la democracia de un modo duro, como demuestra su Re­forma intelectual y moral de Francia (y.) y se mofaba con perfecta elegancia de la posición oficial en los Dramas filosóficos (1888, v.) y en Le prête de Némi (1885). Personaje múltiple, encarnación, a los ojos de sus contemporáneos, del espíritu de ne­gación, Renan habrá convertido probablemente a más de uno : atrajo a muchos espíritus fuera de la órbita del cristianismo, pero fue también la causa del diletantismo mís­tico de fin de siglo. Rechazaba los dogmas, pero conservó viva la sensibilidad cristiana; después de haber contribuido poderosamente a formar la «génération du relatif», les de­jaba en herencia la curiosidad y, también, la angustia religiosa: hombre doctísimo, en­cantó a sus contemporáneos sobre todo como poeta.

M. Mourre