John Melton

Nació en Londres el 9 de diciembre de 1608, murió en la misma capital el 8 de noviembre de 1674. Todavía niño, fue inclinado por su padre hacia los estu­dios literarios, en los que mostró una ex­traordinaria precocidad. A los diez años era considerado ya, en el círculo familiar, como un pequeño poeta y como un pequeño prodigio de erudición. En 1620 (?) fue en­viado a la escuela de St. Paul de su ciudad natal, que frecuentó hasta 1624 ó 1625. En febrero de este último año entró en el Christ’s College de la Universidad de Cam­bridge, donde cuatro años más tarde ob­tiene el título de «Bachelor of Arts» y a continuación el de «Master of Arts», des­pués de lo cual abandonó Cambridge (1632) y se retiró a la casa paterna en Horton para continuar y profundizar los estudios en la soledad. En 1638-39 completó su edu­cación con un largo viaje por el conti­nente, según la costumbre renacentista. Per­maneció breve tiempo en París, y de allí marchó a Italia, donde estuvo más tiempo (Florencia, Roma y Nápoles) y fue muy bien acogido en los círculos intelectuales. El favor obtenido por sus «bagatelas», es decir, sus poesías juveniles, confirmó en él la confianza en su capacidad poética y la decisión, como él mismo escribe, de dedi­car su actividad y su arte al embelleci­miento de la lengua nativa. Interrumpe sus viajes a consecuencia de la noticia de la crisis que agitaba Inglaterra, donde las disensiones entre Carlos I y el Parlamento Largo parecían anunciar la guerra civil.

Desde su primera juventud, Melton se había impuesto un programa de autoeducación moral e intelectual para prepararse para la gran misión poética a que se sentía des­tinado. Aunque con tal finalidad tuviera mayor confianza en el estudio que en los experimentos poéticos prematuros, en esta primera parte de su vida escribió muchas poesías de género diverso, que reunió lue­go en un volumen y publicó en 1645. Entre éstas, La oda a la Natividad [Ode on the Morning of Christ’s Nativity, 1629], el pri­mer fruto de su entrega a la poesía he­roica, muestra su aptitud para dominar un gran tema como el del significado moral de la venida de Cristo; L’allegro (v.) y El pensaroso (1631?, v.) son dos poesías des­criptivas en las que se oponen los placeres de la alegría y de la melancolía en dísticos octosílabos; el Drama pastoril representado en el Castillo de Ludlow [A Mask Presented at Ludlow Castle, 1634], más conocido hoy con el título de Como (v.), es una adaptación de un tipo de espectáculo tea­tral muy a la moda en la corte, en el que afrontó por primera vez el tema de la natu­raleza humana sometida a la tentación y a la prueba, que había de convertirse des­pués en uno de sus temas favoritos; Licidas (1637, v.), una atildada elegía pastoril escrita en memoria de un amigo de Cam­bridge, predice, entre otras cosas, «la rui­na de nuestro corrompido clero», entonces en su máximo esplendor.

Numerosas y ele­gantes son las poesías latinas de este pe­ríodo, que reflejan su conocimiento de Ovi­dio, Virgilio y los humanistas del Renaci­miento; y los pocos sonetos, en inglés y en italiano, muestran cuánto había aprendido de Petrarca y de Della Casa. Vuelto a Lon­dres después de su ya citado viaje al conti­nente, se dedicó Melton al estudio y a la ense­ñanza, en espera de una ocasión favorable para servir la causa del Parlamento. La controversia sobre el gobierno de la Igle­sia fue el pretexto esperado, y entre 1640 y 1642 escribió cinco ensayos contra el episcopado inglés, por considerar que el clero se interponía como un obstáculo entre los seglares y la libre interpretación de la Biblia. En 1642 contrajo matrimonio con Mary Powell, quien abandonó poco des­pués la casa del poeta para volver al seno de su familia. No están claras las razones del fracaso de este matrimonio. Los dos primeros biógrafos de Melton, Edward Phillips y el autor de la Anonymous Life, dan de él versiones distintas. Uno afirma que la familia Powell estaba vinculaba a la causa realista, y cuando ésta pareció aumentar sus posibilidades de triunfo obligó a Mary a abandonar un hombre de ideas tan poco ortodoxas. El otro, en cambio, dice sim­plemente que Mary abandonó al poeta «por­que no le satisfacía su modo reservado de vivir». Se considera generalmente — pero no faltan razones para ponerlo en duda — que a consecuencia de esta desdichada ex­periencia matrimonial escribió Melton sus cua­tro famosos ensayos sobre el divorcio (1643- 45): Doctrina y disciplina del divorcio (v.), El parecer de Martin Bucer sobre el divor­cio [The Judgement of Martin Bucer concerning Divorce], Tetrachordon y Colasterion.

Entre los ensayos sobre el divorcio se intercalan el Tratado de la educación (1644, v.), que presenta una crítica de la enseñanza académica, y la clásica defensa de la libertad de imprenta que es la Areopagitica (1644, v.), en la que Melton sostiene el derecho del individuo consciente a pen­sar como mejor le parezca y a publicar libremente su pensamiento. Cuando fue en­juiciado Carlos I, escribió el ensayo Sobre las obligaciones de los reyes y de los magistrados [Of the Tenure of Kings and Magistrates, 1649], en el que afirmó el derecho que los pueblos tienen de deponer a los tira­nos y condenarlos a muerte. Esta actividad en pro de la Commonwealth le valió el nom­bramiento de secretario de lenguas extran­jeras en el Consejo de Estado, y en funcio­nes de tal redactó una copiosa correspondencia en latín con varias naciones y escri­bió por encargo muchas contestaciones a los ataques dirigidos a la Commonwealth, entre los cuales merecen especial mención la Pro Populo Anglicano Defensio (1651) y la Pro Populo Anglicano Defensio Secunda (1654, v. Defensa del pueblo anglicano). El incesante trabajo le costó la vista. Pero tuvo la satis­facción de dirigirse con sus escritos a un público europeo —«mi noble finalidad de la que toda Europa habla» —: así define su trabajo en un soneto (a Cyriack Skinner); y le cupo el placer de poner su talento y su cultura al servicio de lo que él creía el bien de su país en un gran momento de su historia.

Pensaba también, al parecer, que ésta era la gran misión que Dios le había reservado. La intensa actividad desarrollada en favor de la Commonwealth no le impi­dió atender en este período a la composi­ción de su más importante obra teológica, De doctrina christiana, que terminó quizá en 1661, pero que no fue publicada hasta 1825. De doctrina christiana, al mismo tiem­po que pone de manifiesto las muchas des­viaciones heterodoxas de Melton en materia de teología — sostiene, por ejemplo, que el Hijo no es coeterno y consustancial con el Pa­dre, y que el Espíritu Santo es inferior a entrambos; que Dios no ha creado el mundo de la nada, sino de la «materia ori­ginaria del universo»; que el alma muere con el cuerpo hasta el día del juicio final (mortalismo), etc.— es de fundamental importancia incluso para el estudio de su poe­sía, tanto que se ha podido afirmar que constituye el mejor comentario al Paraíso perdido. La mayor parte de las obras en prosa de Melton apenas son leídas hoy; pero contienen fragmentos de noble elocuencia, ilustran bien el desarrollo de su pensamien­to religioso y político, su confianza en la misión de los ingleses como pueblo elegido, su adhesión al principio de la libertad de conciencia y muchos pasajes autobiográficos ponen de manifiesto la naturaleza de las aspiraciones literarias de nuestro autor. A la caída de la República y la restaura­ción de los Estuardos, Melton se retiró a la vida privada.

En febrero de 1663 contrajo ter­ceras nupcias con Elizabeth Minshull (se había casado en segundas nupcias con Katherine Woodcock, en noviembre de 1656), y pasó los últimos años trabajando sobre todo en su obra maestra, El paraíso perdido (v.). Desde los veinte años había pensado escribir un poema épico y también conside­rado la posibilidad de escoger al legenda­rio rey Artús como héroe de una epopeya patriótica (1639-40). Pero el vínculo existente entre la leyenda artúrica y la dinas­tía de los Estuardo, la convicción de que el tema de un poema épico había de ser «ver­dadero», unida a la de la superioridad de los temas religiosos sobre todos los demás, contribuyeron a trasladar su atención de la historia inglesa a la Biblia. Había pen­sado ya en la caída del hombre como po­sible tema para una tragedia, y se cree que alrededor de 1655 comenzó a reelaborar di­cho tema en la forma de aquel poema épico, que más tarde había de completar en diez libros para la primera edición de 1667 y en doce para la segunda y definitiva de 1674. El metro adoptado por él no fue- el dístico rimado ni la cuarteta usada por otros poetas épicos ingleses, como A. Cowley y W. Davenant, sino el decasílabo no rimado («;blanck verse»), que hasta> enton­ces sólo se había utilizado casi exclusiva­mente en el drama.

Aunque modificase la forma épica tradicional — por ejemplo, ante­poniendo invocaciones a los libros III, VII y IX, en lugar del I solamente, lo cual le permitió aclarar el desarrollo de su re­lato — Melton se valió también de expedientes admitidos ya por la tradición. Así la cos­tumbre de introducir súbitamente «in me­dias res» le permitió iniciar el relato con una poderosa descripción, bien de las fuer­zas del mal contra las cuales está el hom­bre destinado a luchar, bien de las conse­cuencias de la desobediencia de los ángeles: la relación de los acontecimientos prece­dentes, hecho por el arcángel Rafael, que había participado en ellos, sirve de adver­tencia a Adán; y la visión del futuro, per­mitida al arcángel Miguel por voluntad de Dios antes de que nuestros progenitores fueran expulsados del Edén, presagia la Re­dención, revela la paradoja de la «felix culpa» y justifica las vías del Señor a los ojos del hombre. La magnificencia del Paradise Lost rara vez es alcanzada por su continuación en cuatro libros, el Paraíso recuperado (1671, v.). Los mismos temas de los dos poemas se vuelven a encontrar en el Sansón agonista (1671, v.), un drama a la manera de Sófocles, que fue probable­mente su última gran obra. La fama y la influencia de Melton aumentaron después de su muerte y su ejemplo proyectó fuertes, aun­que no siempre benéficos, efectos sobre la subsiguiente evolución del «blanck verse» y del soneto. En años recientes su poesía ha sido sometida al severo juicio por parte de la crítica; pero Melton continúa siendo no sólo un gran poeta épico y el más original en el uso de la lengua y del verso, sino también la más fuerte personalidad entre todos los poetas ingleses.

J. Butt