John Locke

Nació en una familia puritana de Wrington (condado de Somerset, cerca de Bristol) en 1632, y murió en Oates (Essex) en octubre de 1704. Estudió en Oxford, pri­meramente Filosofía y luego Medicina. Co­laboró asiduamente en las obras de Boyle y Sydenham, y aun después de ello siguió siempre con gran atención los trabajos de los científicos, físicos y fisiológos de la épo­ca; más bien que las teorías abstractas, por tanto, influyó en él la práctica efectiva. Ya en 1668 ingresó en la célebre Sociedad Real de Londres, de cuyo consejo directivo formó parte. En Oxford conoció a lord Ashley, poco después famoso conde de Shaftesbury, quien le invitó a seguirle a Lon­dres; una atrevida operación quirúrgica llevada a cabo por Locke elevóle a la categoría de médico y consejero íntimo del lord, e incluso prácticamente a secretario suyo cuando éste fue nombrado canciller. Ello le permitió conocer los asuntos del Estado y las cuestiones económicas de la vida ingle­sa; estas diversas orientaciones de su cultura se fundieron en su mente reflexiva.

En una memorable reunión de amigos celebrada en el invierno de 1670-71 vislumbró, durante una discusión sobre los principios de la moral y de la religión, la necesidad de una «indagación prejudicial respecto de los po­deres y los objetos de la inteligencia hu­mana». Este fue el primer \origen de su obra principal, una de las más célebres de la historia de la filosofía: el Ensayo sobre el entendimiento humano (v.), en el que trabajó luego a lo largo de casi veinte años. Como idea básica, defiende en la misma la dependencia absoluta en que se halla el conocimiento humano respecto a la expe­riencia; se trata, pues, del primer principio del empirismo, del que Locke es considerado justamente el representante más ilustre de la edad moderna. En este aspecto ofreció una faceta fundamental de la mentalidad inglesa, amante de la precisión, siquiera ob­tenida a través de la reflexión. En 1681 Shaftesbury, acusado de alta traición, fue detenido; puesto luego en libertad entre las aclamaciones populares y fracasado nueva­mente en otro intento revolucionario, huyó a Holanda, donde murió poco después. En­tretanto, Locke había vuelto a Oxford; objeto de sospechas y de vigilancia, se le expul­só de la Universidad, aun cuando no pudie­ron obtenerse pruebas positivas de su parti­cipación en la conjura.

Dirigióse entonces a Holanda, pero hubo de permanecer oculto, por cuanto el gobierno inglés había pedido su extradición. Cuando más tarde, gracias a la intercesión del conde de Pembroke (a quien dedicó luego el Ensayo), le fue conce­dido el perdón, dijo que, no sintiéndose culpable, no podía aceptarlo. Seguramente debió de tomar parte activa en los prepara­tivos de la expedición llevada a cabo por Guillermo de Orange en 1688 y que dio principio a la nueva era de libertad política y civil en la historia de Inglaterra. Para Locke empezó entonces el período más laborioso y glorioso de su actividad de escritor. Su salud era precaria: tuberculoso, únicamente su vida sobria y las muchas precauciones adoptadas le permitieron vivir más tiempo que el supuesto por él mismo. A ello ayudábale el clima suave; y así, pasó algunos años en Francia. Su diario de viaje revela el vivo interés que sentía por las ideas y costumbres de los países visitados. Tales intensidad y variedad de afanes espirituales pueden ha­llarse asimismo en sus cartas, muy nume­rosas y dirigidas a personas de distintos niveles culturales y diversas nacionalidades. Con todo, su temperamento manifestó siem­pre una gran reserva, lo cual, empero, no le impidió ser también polemista vigoroso y agudo cuando a causa de sus textos viose atacado por doquier y, especialmente, por los partidarios de las doctrinas escolásticas en filosofía, política y religión.

En verdad, cada una de sus obras suponía una radical agitación en las ideas más tradicionales. El absoluto dominio de sí mismo y la calma y la serenidad imperturbables de su espíritu explican por qué Locke, siquiera forzado a un riguroso régimen de vida, pudo en pocos años desarrollar una actividad literaria tan considerable. Además del Ensayo, cuyas di­versas ediciones revisó atentamente, y de la prolongada e interesante polémica sostenida con el obispo anglicano E. Stillingfleet, cabe mencionar, entre sus obras más importantes, Sobre el gobierno (v.) y Tratados sobre el gobierno civil (v.), aparecidas el mismo año (1690) que el mayor de sus textos filosóficos, antes citado, las cuatro Epístolas sobre la tolerancia, la primera de ellas (v.) es la más célebre, los escritos acerca de la cuestión monetaria (v. Algunas consideraciones so­bre la disminución del interés), los famosos Pensamientos sobre la educación (v.), que pronto conocieron varias ediciones, y Razón de ser del cristianismo… (v.). Así como en las doctrinas políticas ofreció, en realidad, el primer código del liberalismo, no sólo británico sino también europeo, en pedago­gía, aun cuando sus ideas tiendan a la for­mación del «gentilhombre» inglés, definió antes que nadie el concepto de educación como fundamento y desarrollo de la perso­nalidad humana. Más aventurados resultan los juicios respecto a su actitud en el pro­blema religioso.

Sin duda, se hallaba sin­cera e íntimamente convencido de ser un buen cristiano, cual lo atestigua también su obra A Paraphrase and notes on the Epistles of St. Paul, que ocupó los últimos años de su vida; no obstante, resultan asimismo ciertos el auge que su predominante racionalismo dio al progreso del deísmo y el auxilio que el conjunto de sus teorías empíricas prestó, singularmente en Francia, al triunfo de la Ilustración del s. XVIII. Murió en el castillo de Oates, a pocas millas de Londres, donde era huésped de sir Fr. Masham, cuya espo­sa, hija de Cudworth (v.), mística como el padre y fiel amiga de Locke, estaba leyendo el libro de los Salmos al filósofo en el mo­mento de su muerte.

A. Carlini