Johann Heinrich Jung-Stelling

Nació en Grund (Nassau) el 12 de septiembre de 1740 y murió en Karlsruhe el 2 de abril de 1817. Conoció una existencia muy aventurera; su abuelo era carbonero, y su padre maestro y sastre. Viudo poco después del nacimien­to de Johann Heinrich, el progenitor fue víctima de una especie de melancolía que le indujo a educar al pequeño con un rigor excepcional, moderado apenas por unos pro­fundos sentimientos piadosos; y así, el niño permaneció aislado casi hasta los diez años, y aprendió a leer, singularmente en la Bi­blia, todavía muy joven. Tales disposiciones le facilitaron una formación insólita en un muchacho de su condición social; y, aun cuando llegara con mucho retraso a la uni­versidad — contaba ya treinta años —, pudo asimilar lentamente conocimientos un tanto confusos y diversos, pero, en el fondo, de cierta amplitud, y ello mientras se dedi­caba, sucesivamente, a las profesiones de maestro, sastre, preceptor, administrador y, tras la graduación en Medicina conseguida en Estrasburgo, médico, profesor de Cien­cias económicas y propagandista religioso.

Poseedor de una profunda religiosidad, per­maneció, a lo largo de toda su vida, esen­cialmente fiel a ciertos principios pietistas aún muy difundidos, incluso en el pueblo, hacia mediados del siglo XVIII; a lo largo de toda su vida atendió siempre, sin desilu­sionarse nunca, las «señales» de la Provi­dencia, que jamás le faltaron, ni tan sólo cuando hubo de tomar esposa, lo cual le ocurrió tres veces. Momento determinante de su vida fue el del encuentro con Goe­the, entonces estudiante de Derecho en Es­trasburgo, y ello no tanto porque compar­tiera las ideas del gran poeta como a causa de la edición por éste — quien ya desde la infancia conocía el ambiente pietista—, en 1771 y a espaldas del autor, de la pri­mera parte de la autobiografía de J. La juventud de Enrique Stilling (v. Historia de la vida de Enrique Jung, llamado Stilling), en la que el seudónimo deriva agudamente de la denominación aplicada a los pietistas: «Die Stillen im Lande» (los tranquilos).

Se dice que Goethe revisó el texto y lo hizo algo prácticamente suyo; ello, empero, no es cierto: en realidad, limitóse a corregir algunas expresiones y eliminar repeticio­nes, y no modificó la esencia del libro, que permaneció intacto en su lozanía, su genia­lidad de invención y su ingenuidad, de suer­te que superó fácilmente la prueba del tiem­po y fue considerado por Nietzsche uno de los mejores ejemplos de fina prosa alemana, en tanto era presente en la mente de Rilke cuando éste pensaba en la obra maestra del poeta Carossa. En el fondo, la autobiogra­fía de J., sobre todo en sus primeras par­tes, en las que la preocupación religiosa, más bien específicamente pietista, no in­fluye demasiado en el escritor, constituye un presentimiento de lo que habría de ser luego la producción autobiográfica román­tica; en ciertos momentos, en cambio, puede hallarse asimismo en esta modesta obra un modelo de «cuento rural», género que alcanzaría éxito pasados algunos decenios. J. escribió muchos libros, varios de ellos de carácter didáctico, y mantuvo una vasta co­rrespondencia, incluso con personajes ilus­tres y residentes fuera de Europa. Sus Esce­nas del reino de los espíritus [Szenen aus dem Geisterreiche, 1798-1801] gozaron de singular aprecio entre los románticos ten­dentes a cierta misteriosofía, como Justinus Kerner.

Algunas de sus novelas, como la Historia del señor Morgenthau (1779, v.), contienen pasajes felices, ahogados, empero, por una continua tristeza y por la mono­tonía de los desenlaces, en los que siempre se dan el triunfo del justo y el castigo del malvado. Las novelas de este pietista pre­sentan singulares afinidades con las escritas por los narradores ingleses del mismo pe­ríodo o algo anteriores, como Richardson. J. fue también un médico bastante afor­tunado, que difundió en una época todavía difícil la operación de la catarata; con oca­sión de una de tales intervenciones, fue huésped de Goethe en Francfort. A pesar de varios defectos que han relegado al ol­vido su obra demasiado vasta, en nuestros días la lozanía de algunos momentos de su autobiografía asegura a J. una fama cierta en la posteridad y permite predecir una posible revalidación de otras páginas hoy olvidadas.

R. Paoli