Nació en La Ferté – Milon (Aisne) el 20 de diciembre de 1639 y murió en Paris el 21 de abril de 1699. Huérfano desde niño de padre y madre, pasó la infancia en casa de sus abuelos maternos. Sin embargo, gracias a los vínculos de su familia con Port-Royal, recibió una educación clásica, amplia y profunda, al principio en las «Petites-Écoles» de Port-Royal, después en el colegio de Beauvais y de nuevo en Port- Royal, donde fue discípulo de maestros ilustres como Lancelot, Nicole, Hamon y Antoine Le Maître. La enseñanza de estos maestros no sólo cultivó en Racine el gusto y la pasión por las letras clásicas, sino que ejerció una perdurable influencia sobre su formación moral. No obstante, se reveló en él una viva inclinación por las letras profanas : trasladado a la capital, rimó madrigales, sonetos y aquella oda La Nymphe de la Seine, que fue elogiada por Chapelain. Sintió después la atracción del teatro e hizo sus primeras tentativas escénicas, hoy perdidas (escribió una tragedia, Amasie, que presentó sin éxito a la compañía de Marais). Con el fin de procurar al joven una adecuada posición económica, lo envió la familia junto a su tío, el padre Sconin, vicario general del obispado de Uzés.
Pero fracasadas las esperanzas de obtener un beneficio eclesiástico, vuelve a París (1663), se abre camino en los círculos literarios y logra importantes protecciones mundanas. En aquellos años se pone de manifiesto su decidida vocación por el teatro: consigue que se represente por la compañía de Molière su primera tragedia, La Tebaida o Los hermanos enemigos (1664, v.), que alcanza un éxito mediano. Pero con Alejandro el Grande (v. Alejandro Magno), consigue el primer importante reconocimiento de su genio dramático. Entra en abierta disidencia con Port-Royal y, al mismo tiempo que defiende el teatro condenado por Nicole ataca ásperamente a los jansenistas en dos cartas muy polémicas, de las que sólo una se publicó entonces. Con Andrómaca (1667, v.), da comienzo el gran ciclo de las tragedias de Racine (interrumpido solamente por la representación de alguna comedia llena de inspiración y de vivacidad, Los litigantes, v.), ciclo que va desde Andromaque hasta Británico (v.), desde Berenice (v.) hasta Bayaceto (v.), desde Mitrídates (v.) hasta Ifigenia (v.) y Fedra (v.).
Es un período (1667- 1677) de alta e intensa producción, es el decenio en que nuestro autor alcanza la madurez de su arte y construye su mundo poético. Parece acomodarse a la poética de su tiempo, a aquellos principios del arte dramático que habían sido elaborados por los doctos y por los autores teatrales, y que habían contribuido a formar en el público de la época un gusto exigente y a veces rígido. Pero al mismo tiempo, introduce en la tragedia francesa «;un sentido profundo de la poesía antigua» (Adam), extrayendo de la tradición griega no solamente la materia o el tema de algunas tragedias, sino una enseñanza más esencial, que va más allá de la letra y más allá de la imitación. Sobre todo en Iphigénie y en Phèdre, los héroes de Racine aparecen como dominados por una presencia divina, que no sólo determina su suerte, sino que modela y señala su naturaleza interior. En sustancia, Racine se remonta a aquella auténtica vena trágica de la que se nutrieron los mayores autores teatrales de todos los tiempos. De su visión del hombre, que es al mismo tiempo nueva y antigua, encuentra el verdadero sentido en sí mismo, mejor aún que en aquella tradición literaria clásica y contemporánea que alimenta su obra.
Sus personajes aparecen agitados, consumidos por la violencia mortal de la pasión que los envuelve en sus espirales y los empuja hacia su destino. La pasión se traduce en una «.acción» en la que los personajes, a menudo arruinados y vencidos, se muestran incapaces de recurrir a la razón y a la voluntad. Se ha hablado de la «crueldad» de Racine: esta crueldad aparece como el efecto de la implacable luz que ilumina en lo profundo del ánimo de los personajes su naturaleza patética y atormentada. No excluye, por otra parte, acentos de gran pureza y frecuentemente de gran serenidad, en la que se decanta tanta fuerza e intensidad de pasión. Sus personajes presentan a veces caracteres extraños y extremados que parecen ligados a las exigencias del tema: en realidad, son siempre la expresión perfecta del alma del poeta, de las inclinaciones más auténticas y más secretas de su imaginación poética. La obra de Racine fue contrapuesta por los contemporáneos y por la posteridad a la del gran Corneille: los dos mayores trágicos franceses han sido comparados innumerables veces, comparaciones que se detienen a menudo en los caracteres más aparentes de su creación teatral.
En Britannicus y en Mithridate, Racine se orienta hacia los temas típicamente «cornelianos», en tanto que a Tito y a Berenice (v.) del viejo poeta opone una Bérénice que oscurece la tragedia de su rival. La elección del mismo tema no puede dejar de aparecer como la señal más manifiesta de esta rivalidad, aunque las circunstancias originarias de este «duelo» literario pertenecen al dominio de la hipótesis (muy probablemente como cree Picard, Racine se enteró del tema sobre el que trabajaba Corneille y trató de superarlo en su mismo terreno). Pese a su gran éxito, Racine continuó encontrando oposición: en ocasión de Iphigénie y de Phèdre los adversarios trataron de impedir el éxito de sus obras maestras, apoyando tragedias escritas sobre los mismos temas respectivamente por Leclerc y Coras y por Padrón. Estas maquinaciones parecieron ejercer algún efecto sobre el público, al menos en el caso de Fedra e Hipólito (v. Fedra), mediocre tragedia de Pradon, autor que pretendió erigirse en rival de Racine y fue castigado con la mordaz ironía de Boileau, así como con el juicio de la posteridad. En todo este período, la vida sentimental de Racine fue difícil y tormentosa: conoció ciertamente aquellas pasiones de las que fue agudo investigador.
Mantuvo relaciones con la actriz Duparc, muerta en circunstancias poco claras (se habló de un envenenamiento del que Racine habría sido responsable) y amó después a la Champmeslé, gran actriz que interpretó admirablemente sus tragedias, pero ella le fue infiel y acabó por abandonarlo. En 1677, el año mismo de Phèdre, renuncia Racine al teatro: se discuten las causas de esta decisión, que puede parecer sorprendente si se tiene en cuenta que Racine había llegado entonces a la expresión más rica y madura de su genio poético. ¿Se ha de pensar en un retomo a la piedad juvenil, como propone el «mito» hagiográfico elaborado por la tradición? La renuncia de Racine fue determinada probablemente por móviles de otra naturaleza: la crítica moderna tiende a ver en el silencio de Racine «autor» una consecuencia de su nombramiento de historiador oficial del rey (junto con Boileau). Este nombramiento, al tiempo que le procura una posición envidiable en la corte, le impone deberes nuevos y, según la opinión de la época, más altos: celebrar la gesta y la grandeza de Luis XIV. Sin embargo, vuelve más tarde (1689-91) al teatro a petición de Mme. de Maintenon, y escribe dos tragedias de tema bíblico, Ester (v.) y Atalía (v.), las cuales, lejos de reflejar una decadencia del poeta, constituyen una confirmación y, en cierto sentido, un desarrollo de su genio.
Además, paga su deuda de reconocimiento a sus antiguos maestros, escribiendo una Breve historia de Port-Royal (v.), que se publicará póstumamente. Al final de su existencia se retrajo del mundo y pareció apartarse de sus ambiciones: aparecía en la corte cada vez con menos frecuencia, de modo que se difundió el rumor de su «desgracia». Murió piadosamente y quiso ser sepultado en Port-Royal. La figura compleja y en parte enigmática de Racine aparece como ofuscada por la gran luz de su obra. Nuestro autor supo ofrecer una imagen completa de la humanidad, ya transparente y pura, ya tenebrosa y tortuosa: su lenguaje poético posee una sencillez, una elegancia, una unidad de tono que son fruto de una sabia elaboración, en virtud de la cual todas las partes quedan inscritas en un todo: el arte se despoja de cualquier adorno aparente y alcanza una suprema naturalidad. El teatro de Racine es quizá la más alta expresión — y poéticamente la más lograda — del «clasicismo» francés, del espíritu de aquella generación literaria que llegó a la madurez en el apogeo del reinado de Luis XIV.
A. Pizzorusso

