Jean-Baptiste–Joseph Fourier

Nació en Auxerre el 21 de marzo de 1768 y murió en Pa­rís el 21 de mayo de 1830. Su familia procedía de Lorena, y el padre era un senci­llo sastre.

Huérfano, a los ocho años fue acogido en el hogar del organista Pallais y junto a él, maestro de música de la cate­dral de Auxerre y director de un pensio­nado, aprendió un poco de francés y latín.

Sus precoces y excepcionales dotes le atra­jeron el interés del obispo, monseñor De Cicé, gracias a cuyos buenos oficios fue ad­mitido en la escuela militar de su ciudad natal, confiada entonces a los benedictinos de San Mauro. Allí reveló, entre otras cosas, su predisposición por las matemáticas.

Como no pudiera ingresar en las armas «doctas» (cuerpo de ingenieros y artillería) porque estaban reservadas a los nobles, vistió el hábito de novicio en la abadía de Saint- Benoit-sur-Loire. Estallada la Revolución, salió del convento y fue a enseñar mate­máticas en la escuela de la cual había sido alumno.

Al final del mismo año 1789 diri­gióse a París y presentó en la Academia de Ciencias su primera memoria (escrita en 1787) «sobre la resolución de ecuaciones de cualquier grado». Perteneció al comité revolucionario de Auxerre, pero actuó con moderación.

Creada, la École Normale, fue profesor de la misma; luego pasó a la École Polytechnique, donde ocupó una cátedra de análisis (1795-98). En 1798 estuvo en Egipto con la expedición de Bonaparte. Junto con Monge y Berthollet dedicóse, primeramente en calidad de miembro y luego como secre­tario perpetuo del Institut du Caire (agosto de 1798), a investigaciones y estudios de egiptología y desempeñó, al mismo tiempo, cargos políticos y administrativos. En agosto de 1799 dirigió una de las dos expediciones científicas al alto valle del Nilo; sus colegas le confiaron la reunión y ordenación de todo el material de estudio hallado y la redac­ción del prólogo general correspondiente.

Vuelto a Francia en 1801, recibió de Napo­león el nombramiento de prefecto del Isère (1802). Buen administrador, llevó a cabo importantes obras públicas, como, por ejem­plo, carreteras y saneamientos, y supo hallar además el tiempo suficiente para continuar sus estudios científicos. En 1808 obtuvo el título de barón.

A pesar de la adhesión a los Borbones manifestada en 1814, Napo­león durante los Cien Días le nombró conde y le confió la prefectura del Ródano, que Fourier abandonó pronto para regresar a París. Allí, tras varias vicisitudes, asumió la dirección del Departamento de Estadística. En 1817 ingresó en la Academia de Ciencias, en tanto que el año anterior había visto dene­gada por Luis XVIII la ratificación del nom­bramiento.

En 1822 llegó a secretario per­petuo de la sección de ciencias matemáticas de aquel centro. En 1826 pasó a formar parte de la Academia de Francia y se le confiaron diversas misiones. Fue miembro de varias corporaciones académicas e ins­tituciones del extranjero. Cabe dividir el conjunto de sus obras principales en dos grupos: teorías del calor y solución de las ecuaciones numéricas, en diversas memo­rias, entre las cuales figuran Memorias so­bre el calor radiante (v.), Teoría analítica del calor (v.) y Mémoire sur la résolution générale des équations algébriques.

Presen­tan asimismo notable importancia sus estu­dios de estadística y egiptología (monumentos, excavaciones, proyectos de ingeniería, etcétera), además de varios elogios académicos. Con el título Œuvres de Fourier (París, 1888-90), G. Darboux publicó una selección de los textos de nuestro autor en dos volúmenes y con anotaciones.

P. Raimondi