James Joyce

Nació en Dublín el 2 de fe­brero de 1882 y murió en Zurich el 13 de ene­ro de 1941. Inicióse en los estudios clásicos bajo la férrea disciplina de los jesuitas, que habían de marcar una huella indeleble en su temperamento y su obra. Su forma­ción empezó en 1888 en el Conglowes Wood College, prosiguió en el Belvedere College (donde ingresó en 1893) y terminó en el University College de su ciudad natal. Gra­duado en 1902, no sin haber destacado an­tes con algunos ensayos polémicos, en los cuales se manifestaba resueltamente favo­rable a Ibsen en cuanto ejemplo de con­ciencia artística europea y contra el teatro y los ideales del «Renacimiento celta» di­rigido por Yeats, marchó poco después a París para establecer un contacto directo con el mundo del pensamiento cosmopolita.

El año siguiente, la muerte de su madre hízole volver precipitadamente a Dublín; sin embargo, sus divergencias con el am­biente nativo — empapado en un naciona­lismo político y literario — aumentaron y le indujeron a un destierro definitivo. En 1904, efectivamente, abandonó la capital ir­landesa, acompañado por su futura esposa, Nora Bamacle, y se dirigió a Trieste, donde hasta 1915 ganóse la vida como profesor de inglés de la Berlitz School. Mientras tanto, iban apareciendo sus primeras obras de importancia: en 1907 la colección lírica Música de cámara [Chamber music] y en 1914 (tras largos años de litigios, debidos a la susceptibilidad de sus conciudadanos y del público inglés) los cuentos Gente de Dublín (v.), que representan su primer in­tento de pintar objetivamente el mundo de la ciudad natal abandonada.

Ulises (v.), su obra maestra, que no aparecería antes de 1922, nació como un episodio ulterior de Gente de Dublín, luego ampliado y con­vertido en un segundo y grandioso epílogo de esta producción; el expatriado irlandés, estimulado por los contactos con el mundo intelectual triestino, con Svevo y Benco singularmente, trabajaba ya en ella durante los años de su estancia a orillas del Adriá­tico. En 1915 J. se trasladó a Zurich, donde fue representado su drama Desterrados (1918, v.); un año después era publicada en Nueva York la novela parcialmente auto­biográfica Dedalus (v. Retrato del artista adolescente). Establecido en París en 1920, halló amplio apoyo y aliento en la colonia literaria anglosajona, y gracias al interés de Sylvia Beach pudo publicar Ulises, el libro que describe a Joyce y Dublín en clave simbólico-naturalista, en una transposición de los episodios de la Odisea. La reacción del puritanismo anglosajón res­pecto de esta obra fue resuelta, y hasta 1933 no desapareció, por obra de un juez norteamericano, Woolsey, la proscripción que sobre ella pesaba.

En 1941 fallecía el autor en Zurich, luego de haber publicado otra colección de notas líricas, Poemas a penique (v.) y La vela de Finnegan (1939, v.), colosal intento de prosa-río en planos múltiples, único en su género por la auda­cia lingüística y las innumerables contrac­ciones mítico – psicológico – culturales sobre las que se apoya. También aquí es Dublín el protagonista; a pesar de sus divergencias con Yeats, el irlandés rebelde y fugitivo no hacía sino pensar en su Irlanda, en la cual todavía hoy sigue proscrita la parte más importante de su obra, celebrada en el resto del mundo. Aun habida cuenta de cuantas controversias haya suscitado el autor en cuestión, el lugar que éste ocupa en la literatura occidental de nuestro siglo es de primera categoría. Si bien como poeta lírico no supera (con Chamber Music) los méritos de una gracia canora directamente inspirada en el estetismo de fines de la pa­sada centuria y (con Poems Penyeach) de una rápida lozanía impresionista, y aun cuando su único drama, Desterrados, no presenta una estructura capaz de resistir la comparación con el modelo ibseniano, en cuanto narrador aparece, hasta ahora, como el más original del siglo XX.

Iniciada en la experiencia naturalista procedente de Flaubert, su prosa tiende ya con Gente de Dublín a un rigor objetivo influido por el ambiente simbolista — de tal manera que llega a competir en delicadeza con Chejov — y en Dedalus alcanza una completa madu­rez; luego, Ulises enriquece ulteriormente la inquietud experimental y la lleva hacia los límites de extrema disgregación que da­rán lugar a La velada de Finnegan. Siquie­ra pueda comprenderse hoy claramente que en esta última aventura el escritor llegó a extralimitarse y trastornó en una hermética regresión su maestría lingüística, la obra en cuestión actuó en la cultura contemporánea como vivísimo estímulo. Varios poetas de una generación posterior, como Hart Crane, Mac Diarmid y Dylan Thomas, recibieron linfas vitales del ejemplo de J., mientras que coetáneos como T. S. Eliot y Ezra Pound o Gertrude Stein sentíanse vinculados por una evidente afinidad de clima al irlandés, quien, además, ha constituido un impulso definitivo para narradores como Virginia Woolf y William Faulkner.

Si bien los temas tratados en el curso de su parábola audaz le relacionan parcialmente con Proust y Mann, aparece, en cambio, original por el valor con que se lanza a destruir las for­mas procedentes de la tradición narrativa del siglo pasado y a establecer otras, en una continua búsqueda expresiva que le indujo a valorar de una manera incomparable el monólogo interior, la estructura simbólica, la ambigüedad alusiva y la mimesis paró­dica, o sea a desarrollar en grado sumo los recursos del lenguaje. En ello, precisa­mente, residen los límites y la grandeza de Joyce.

G. Cambon