Isaac Albéniz

Pianista y compositor español. N. en Camprodón, en la comarca del Ripollés (Gerona), el 21 de mayo de 1860; m. en su finca de Cambo-les-Bains (Fran­cia) el 18 de mayo de 1909. Su fuerte temperamento musical se reveló desde muy tierna edad.

Su primer maestro fue su her­mana mayor, que le dio lecciones de piano, y a los cuatro años de edad daba un con­cierto en el teatro Romea de Barcelona. Estudió intensamente este instrumento con el maestro Narciso Oliveras, y a los seis fue llevado a París, donde recibió lecciones de Marmontel, y entró más tarde en el Conser­vatorio.

A su regreso a España recorrió las principales capitales de la península con su hermana Clementina, con la cual dio una serie de conciertos que alcanzaron no­table éxito. A causa de la revolución del 68, trasladóse la familia a Madrid, en cuyo Conservatorio ingresó Isaac. En esta época tuvo por maestros a Ajero y Mendizábal.

Ya antes de cumplir los doce años su vir­tuosismo electrizaba a los públicos. En 1872 embarcó solo para América, donde dio con­ciertos en la Argentina, Uruguay y Brasil. En Cuba encontró a su padre, quien le emancipó.

De allí pasó a los Estados Unidos, luego a Inglaterra y después a alemania, donde continuó sus estudios con Jadassohn y con Reinecke en el Conservatorio de Leip­zig. Tenía catorce años y, falto de recursos, regresó a su patria.

El conde de Morphy, secretario de Alfonso XII, le concedió una pensión para estudiar en Bruselas. Allí ob­tuvo el primer premio de piano con dis­tinción extraordinaria, juntamente con su compañero el violinista Arbós. Regresó a Barcelona y dio, en el teatro Novedades, un concierto memorable.

Volvió a Bruselas y de allí pasó a Budapest, donde pudo rea­lizar su gran aspiración de conocer a Liszt y recibir lecciones del gran maestro, a quien vio por primera vez el 15 de agosto de 1878. Algunos biógrafos creen que Albéniz acompañó al gran pianista y compositor en un viaje a Weimar y Roma.

Más tarde, en España, se hizo empresario de zarzuelas, con suerte adversa. Poco después pasó una temporada de retiro y descanso junto a los monjes benedictinos de Salamanca. A pesar de su espíritu inquieto y nómada, Albéniz conservó gran predilección por Cataluña, su tierra natal, y sobre todo por Barcelona, donde dio una serie de conciertos con el violinista Arbós y conoció al musicólogo Felip Pedrell en 1883.

Instalado posteriormente en Madrid, después de contraer matrimo­nio, dio otros recitales, con éxito creciente. En 1889 fue aclamado en las más famosas salas de París1, Londres y en diversas capi­tales de alemania y Austria, en las que dio conciertos integrados exclusivamente por composiciones suyas.

En 1893 se instaló en París, donde trabó amistad con Fauré, Dukas, D’Indy, Bréville y otros músicos del mo­mento, cuya influencia sobre nuestro autor ha señalado Henry Collet. De tales contactos, la técnica de Albéniz experimentó una transfor­mación radical; esta evolución hacia el impresionismo queda reflejada en la suite Iberia (v.) y en Catalonia, cuya orquesta­ción deriva del estilo inconfundible de Dukas.

En la «Schola Cantorum», de la que fue profesor suplente de piano, conoció a Déodat de Séverac. Hizo frecuentes viajes a España, donde organizó conciertos. Estrenó en Barcelona sus óperas Henry.

Clifford y Pepita Jiménez, que se representó después en Praga (1897) y en 1903 en Bruselas. En 1906 retiróse a descansar a Niza, mientras la enfermedad iba minando su existencia. Su última aparición en público tuvo lugar en Bruselas, en 1908, en los Conciertos de la Libre Estética. Allí interpretó su Almería y su Triana.

En marzo de 1909 se trasladaba a su finca de Cambo, donde recibió de ma­nos de Enrique Granados la insignia de la Legión de Honor. Poco después la agrava­ción de la dolencia trajo consigo la ceguera y la muerte. Sus restos fueron llevados a Barcelona. En las obras para piano es donde el genio de Albéniz dio su máxima medida.

Su suite Iberia constituye un monumento im­perecedero del arte pianístico. Asimiló y tradujo el espíritu de la música española, penetrando en la esencia misma de la me­lodía y el ritmo, inspirándose en la sonori­dad de la guitarra. Su obra para piano es vasta y comprende estudios, impromptus, minuettos, rapsodias, serenatas, danzas, con­ciertos, etc.

Entre sus óperas cabe señalar, además de las ya citadas, The Magic Opal, estrenada en Londres en 1893, y San Anto­nio de la Florida, que fue traducida al francés con el título de L’Ermitage fieuri. También compuso algunas zarzuelas.