Ildebrando Pizzetti

Nació en Parma el 20 de septiembre de 1880. Fue educado en Reggio Emilia, y muy pronto demostró una verdadera pasión por el teatro, escribiendo dramas que eran representados por sus compañeros de escuela. A los quince años se matriculó en el Conservatorio de Música de Parma, donde, desde 1895 hasta 1901, se aplicó a dominar la técnica, bajo la direc­ción de Telesforo Righi. El interés del joven músico se inclinó desde el primer momento hacia el teatro y la ópera. Las diversas tentativas en este campo se llaman Giulietta e Romeo, II Cid — presentado al concurso Sonzogno de 1902—, Sardanapalo, de Byron, Mazzeppa, de Puchkin, Aeneas, de Ovidio, en cuyas obras se revela ya la simpatía del músico por las grandes figuras heroicas, por los personajes románticos, por los vastos frescos. En julio de 1901, obtenido el título de composición, inicia su carrera de profesor, al principio privado, más tarde, en 1907, en el Conservatorio de su ciudad.

En 1908, habiendo ganado el puesto de pro­fesor de armonía y contrapunto del Insti­tuto Musical de Florencia, se traslada a esta ciudad en la que vivió dieciséis años como profesor (hasta 1917) y luego como director del mismo Instituto. En 1924 fue nombrado director del Conservatorio G. Verdi de Milán; en 1936 pasa a Roma para ocupar la cátedra de perfeccionamiento en la com­posición de la Academia Nacional de Santa Cecilia, y poco después es elegido presi­dente de esta institución. En 1905, habiendo visto en la Lettura un fragmento del prólogo de la Nave (v.) que Gabriele d’Annunzio estaba preparando, escribió la música para aquella tragedia, que el poeta aprobó con entusiasmo, otorgando al joven y descono­cido compositor su apoyo y el permiso, más tarde, de arreglar para la escena lírica su nueva tragedia Fedra (v.). Pizzetti aspira a crear un drama musical en el que no sólo «todo episodio, todo movimiento, toda palabra puedan recibir de la música la expresión necesaria para la plena comprensión por parte del espectador», sino en el cual «le sea dada a la música la posibilidad de reve­lar continuamente la misteriosa profundi­dad de las almas, más allá de los límites que la palabra no puede ni podrá nunca abarcar…».

Para alcanzar tal finalidad, el músico debe crear «su» libreto y por ello, en lo sucesivo, Pizzetti será el único autor del texto y de la música de sus dramas: Débora e Jaéle (1915-21), Lo straniero (1922-25), Fra Gherardo (1925-27), Orséolo (1931-35), L’oro (1938-42), Vanna Lupa (1947-49), Ifigenia (1950) y Cagliostro (1952). Sólo en La figlia di Jorio (1953-54) se enfrenta otra vez con un texto no suyo, cumpliendo la promesa hecha a G. D’Annunzio, quien, en 1936,                le había autorizado para poner música a su tragedia pastoril. Pizzetti es también autor de música sinfónica, coral y de cámara, pero su personalidad debe valorarse ante todo como la de un singular dramaturgo musical.

G. M. Gatti