Hipónax de Éfeso

Las noticias biográ­ficas transmitidas por los antiguos acerca de este autor, uno de los poetas más singu­lares de todo el mundo griego, resultan muy escuetas y contradictorias. La cronología más autorizada parece ser la ofrecida por Plinio el Viejo (Nat. hist., XXXVI, 11) y confirmada por Marmor Parium, que sitúa el nacimiento del poeta hacia 575 a. de C. y fija su florecimiento en tomo a 540. H. debió de nacer seguramente en Éfeso. Su nombre permite suponerle de origen noble; pero no sabemos nada acerca de su familia, a excepción de los nombres del padre, Pite, y de la madre, Protis, que nos ha conser­vado el Léxico de Suidas (v.). Sobre la base de una interpretación errónea de un fragmento algunos eruditos formularon la hipótesis según la cual el poeta descendía de una familia muy rica y noble, venida luego a menos por la prodigalidad de un antepasado. El mismo pasaje dio también lugar a la leyenda, todavía menos verídica, de un H. reducido por la miseria al laboreo de la tierra. Con todo, si bien ello resulta falso, tampoco es cierto que alguna vez fuera rico. Pasó la juventud en Éfeso, y tomó parte activa en la vida política de la ciudad hasta que, hacia 545 a. de C., los tiranos Atenágoras y Comas, llegados al poder bajo la protección de las armas per­sas, le forzaron al destierro en Clazomene.

Como Arquíloco, el cual, impulsado por la necesidad, trasladóse a Taso, donde halló reunida «la escoria de toda Grecia», tam­bién H. conoció en su nueva patria una existencia extremadamente penosa. Tortu­rado por la indigencia, desgarrado por los asaltos del hambre y el frío, y obligado a permanecer en un mundo miserable, al que acudía continuamente la hez de Grecia y Asia, el poeta vivió entre ladrones y mere­trices, de quienes compartió las penalidades e imitó las vulgaridades. Pendenciero por naturaleza, no libró a nadie de sus invec­tivas salaces y despiadadas imprecaciones. Sus enemigos más acérrimos fueron un tal Búpalo y un no menos desconocido Aténides. Los motivos de una enemistad tan grande no resultaban seguros; los mismos antiguos demuestran no conocerlos con precisión. De acuerdo con una leyenda, Búpalo y Aténi­des eran hermanos y se dedicaban a la escultura; juntos, habían esculpido por mofa una caricatura de H., de poca esta­tura, delgado y feo. El poeta creyó que el retrato acentuaba de una manera excesiva­mente injuriosa sus deformidades, y, para vengar tal burla, dedicó a los dos escultores unos yambos tan crueles que provocaron su desesperación y les indujeron a ahorcarse.

La leyenda, empero, carece de todo funda­mento; por otra parte, no es difícil explicar su origen. Muy probablemente, el Búpalo atacado por H. nada tiene que ver con el célebre artista homónimo: la identificación fue llevada a cabo arbitrariamente por un erudito alejandrino, que, sin duda, inventó asimismo la historia del retrato caricatu­resco para establecer una relación lógica entre el yambógrafo y el escultor; en cuanto al trágico fin de Búpalo y Aténides cabe recordar la leyenda mucho más célebre del suicidio del Licambe y sus hijas, a quienes Arquíloco (v.) habría llevado a ahorcarse por desesperación tras el acoso implacable de sus yambos. Ya Plinio el Viejo (Nat. hist., XXXVI, 12) no daba crédito a la historia del ahorcamiento de Búpalo y Aténides, con la cual los antiguos pretendían únicamente simbolizar la violencia de la poesía de H. En la base del odio de éste hubo muy pro­bablemente, como en el caso de Arquíloco, un amor desgraciado: el que el poeta expe­rimentó por Aretes, la cual prefirió a Bú­palo.

De ahí el odio y las sanguinarias invectivas de H. contra la antigua amada, siempre descrita como la más abyecta de las mujeres públicas, y el afortunado rival designado con los peores epítetos y man­chado con los mayores insultos. De esta suerte, Búpalo y Aretes se convirtieron en los personajes inmortales del mundo mise­rable e ignominioso que el poeta se com­place en describir con un realismo tan crudo y una pasión tan viva, en sus detalles más obscenos, que hacen de H. un autor casi no griego. En -la elección del metro, el escazonte (cuya invención le atribuían errónea­mente los antiguos), han querido reconocer muchos una muestra de su predilección por los contrastes vivos y hacia cuanto resulta desacorde y opuesto a la forma común de sentir. Sin embargo, no es así en realidad. Como Arquíloco, H. no fue solamente un rencoroso, aun cuando no posea la dignidad moral ni la medida expresiva de aquél; en sus fragmentos brilla un poco por doquier el genio de los grandes poetas cómicos del s. V, y aparece a veces una gracia insospechada cuando el autor no mendiga ya harina para saciar el hambre o zapatos con que prote­ger sus sabañones, sino el amor de una «muchacha bella y dulce» (fr. 79 D. 3).

Al­gunos le han considerado un ladrón; ello, empero, no es cierto: aun cuando vivió entre rateros, delincuentes, alcahuetes y meretrices y complacióse aparentemente en su mismo lenguaje vulgar, no compartió jamás su vileza espiritual. Observa justa­mente Perrotta que «posee una arrogancia y una amargura excesivas» para poder ser considerado un delincuente común. Además, sabemos hoy que fue un poeta quizá más refinado que los más delicados alejandrinos, como Calimaco y Herodas, quienes le escogieron por modelo y llegaron a preferirle a Arquíloco. Sin embargo, tampoco se trata de un moralista, siquiera muchos cínicos, como Fénix de Colofón, le consideraron un precursor; careció siempre de veleidades pedagógicas, y vivió pobre a pesar suyo, torturado tanto por un temperamento sin­gular como por la miseria (v. Yambos).

G. Morelli