Hipérides

Nació en Atenas en 390-389 a. de C., y murió en Cleón en octubre de 322. Nada sabemos con certeza acerca de su familia. Del padre conocemos únicamente el nombre, Glaucipo; es probable que disfru­tara de una posición acomodada. Según la tradición, H. fue discípulo de Isócrates y Platón; no existe motivo alguno que nos permita poner en duda esta noticia. Como Demóstenes, que tenía cinco años menos, valióse de su profesión de abogado (los antiguos conocían setenta y siete Discursos (v.) de carácter forense, que figuraban bajo su nombre) para lograr fama y dinero. Muy distinta de la de aquél fue, en cambio, su vida: amaba los placeres y el lujo refi­nado, y su glotonería y la pasión por el vino fueron temas explotados por los co­mediógrafos atenienses. Mantuvo relaciones amorosas con las hetairas más célebres de la época, y defendió a una de ellas, Friné, en un discurso hoy perdido, pero conside­rado en la Antigüedad como el mejor de todos.

Otro de los rasgos característicos de H. fue un ardiente amor a la patria y a la libertad, que le indujo a ser siempre un encarnizado enemigo del partido filomacedónico. Participó activamente en la vida política a partir de los treinta años, y figuró entre los seguidores de Demóstenes de quien llegó a ser el hombre de confianza, siempre dispuesto a enfrentarse al adversario de aquél, Esquines. Diligente en los prepara­tivos para la guerra contra Filipo, tras la derrota de Queronea no se desanimó, y pro­puso la promulgación de una ley destinada a la liberación de los esclavos y la conce­sión a éstos de los derechos de ciudadanía, con el fin de engrosar así las filas de un ejército ateniense que oponer a Filipo; el proyecto, que no presentaba ningún carác­ter social y sí únicamente una finalidad política, pareció tan revolucionario que fue totalmente rechazado. Una vez muerto el monarca enemigo, la actitud antimacedónica de H. resultó más intransigente que la del maestro, de quien se separó a causa de su condescendencia frente a Alejandro; llegó incluso a acusar públicamente a Demóstenes en el curso del proceso de Arpalo.

Fallecido Alejandro en 323, reconcilióse con el gran orador y compartió su trágica suerte. Tras la victoria de Cranon, Antipatro obtuvo la condena de los jefes políticos atenienses; H. huyó a Atenas; pero, alcanzado por los hombres de aquél, fue llevado a Cleón y muerto. El anhelo de libertad, que llenó el corazón de H., palpita vivo y sincero en su «oración fúnebre» a los caídos de la guerra Lamíaca, considerada como «la última voz libre de la democracia ateniense».

L. Marzo Raminella