Hermann Stehr

Nació en Habelschwerdt, cerca de Glatz (Silesia), el 16 de febrero de 1864 y murió el 11 de septiembre de 1940 en Oberschreiberhau, también en Silesia. Se halla próximo a Gerhart Hauptmann (v.), que fue amigo suyo y le ayudó apenas in­tuyó en él sus extraordinarias facultades de narrador. Hijo de un sillero, no tuvo una existencia fácil, y entre 1899 y 1911 actuó como maestro elemental. Apenas se lo per­mitió su fama de escritor, abandonó la en­señanza, a la que volvió nuevamente en 1920 a instancias de Rathenau. Inició sus actividades literarias en 1898, con una obra narrativa, Por la vida y p\or la muerte [Auf Leben und Tod], a causa de la cual viose incluso procesado. Luego intentó el drama con Meta Konegen (1905), texto que permaneció aislado, y ofreció su primera novela notable con Leonor Griebel (1900). Posteriormente aficionóse a la composición de grandes ciclos de tales obras narrativas, cuyas partes, empero, son autónomas. Nació de esta suerte la trilogía basada en su obra maestra La casa de los santos (1918, v.), a la que precede Tres noches (1909, v.) y sigue Peter Brindeisener (1924).

Integran otro conjunto de este carácter Nathanael Maechler (1929, v.), Los descendientes [Die Nachkommen, 1933] y Damian Maechler (texto publicado póstumo en 1944). La apa­rición de Stehr en la literatura alemana moción de Jorge I, el literato consiguió llegar nuevamente a diputado (1715), dirigir el teatro de Drury Lañe y obtener el título de caballero. Otros periódicos por él funda­dos (The Lover, The Reader, The Plebeian) no alcanzaron larga vida. Un ataque diri­gido contra el «Peerage Bill» (proyecto de ley destinado a limitar el nombramiento de nuevos pares) y publicado en 1718 en The Plebeian supuso para Stehr el final de la amis­tad y de la colaboración con Addison, y le hizo perder el puesto del Drury Lañe.

Lue­go de haber intentado una última empresa periodística con The Theatre (1720), y a pesar del éxito de The Conscious Lovers, hubo de enfrentarse con dificultades eco­nómicas, que en 1724 le obligaron a reti­rarse a Gales, donde pasó el resto de sus días. De temperamento impulsivo y descui­dado, y con escasa profundidad de pensamiento, Stehr poseyó, empero, una personali­dad amable y una imaginación animada. Espontánea, aguda y llena de sentido co­mún y humorismo, su prosa refleja a un tiempo las cualidades que caracterizaban al escritor y al hombre.

F. Mei