Heráclito de Éfeso

Vivió durante los últimos años del siglo VI y los primeros del V a. de C., época de la insurrección de las ciudades jónicas contra Persia, insurrec­ción que Darío castigó cruelmente. Éfeso, cuna del filósofo, viose libre de la venganza persa, pero sufrió diversas convulsiones internas, que, junto con la guerra encendida a su alrededor, influyeron en H. Éste, miem­bro de la familia de reyes a la cual perte­neciera Androclo, fundador de Éfeso, tenía derecho a un cargo real y sacerdotal al mis­mo tiempo, pero lo cedió al hermano, se negó a ser legislador, profirió amargas ex­presiones contra la ciudad, y vivió solitario y desdeñoso, entregado por completo a la idea de la «universal y huidiza inestabilidad del fluir infinito» (Croiset). Con él empieza a introducirse en la conciencia humana el gran drama filosófico del mundo con el pro­tagonista y el antagonista, o sea el ser y el devenir, enemigos irreductibles, uno de los cuales tiende a absorber al otro.

La histo­ria del pensamiento occidental empieza con el diálogo entre H. y Parménides, que dispu­taron en Jonia y en la Magna Grecia. Nues­tro filósofo — «oscuro» y «lloroso», según la tradición — os autor de la primera obra racional sobre él universo, titulada De la naturaleza (v.), con la triple división en «física», «teología» y «política» que luego se hizo clásica. Los temas fundamentales de la cosmología de H. son la explicación de los astros — fuegos vividos — mediante una especie de evaporación seca de la tierra, y la de las nubes y los vientos, debidos a vapores marítimos. El mundo, autónomo e inmortal, tiene como ley la guerra, inevita­ble; la armonía proviene de la actividad de las fuerzas opuestas, no de una relación numérica: día y noche, inviernos y veranos, vida y muerte, bien y mal, son los adversa­rios simultáneos o sucesivos, de los cuales es un reflejo el mundo, unitario en último extremo como fuerza única y viva, de la que el fuego es más bien símbolo que medio físico, y reducible, en definitiva, a logos.

En realidad, el fuego vive de la muerte del aire, y éste de la de aquél, así como el agua vive de la muerte de la tierra, y vice­versa; este doble proceso constituye la «vida hacia arriba» y la «vida hacia abajo». Todo ello está expresado en una serie de sentencias y pensamientos incomprensibles, que Hegel explicaría admirablemente. De­cía H. a sus contemporáneos que «los asnos prefieren la paja al oro». Era enemigo de los poetas como Homero y Hesíodo, quienes, según él, habían corrompido el verdadero concepto de Dios y de la religión; y deseaba que fuesen azotados y expulsados. Aborrecía también a los eruditos, movido por la opi­nión según la cual «gran saber equivale a mal saber». Y se oponía asimismo a la iniciación a los misterios y a las «impuden­tes» prácticas del culto dionisíaco. Se dice que él mismo depositó en el templo de Arte- mis el rollo de los papiros a los cuales con­fiara su profundo pensamiento.

V. Cilento