Johann Friedrich Herbart

Nació en Oldenburgo el 4 de mayo de 1776 y murió en Gotinga el 14 de agosto de 1841. En su acti­vidad y su concepción pedagógica hay algo de su madre, simpática e imaginativa; no poco de su padre, magistrado justo y severo; un sentido del método y a veces un punto de pedantería. Realizados los estudios supe­riores en el instituto de su ciudad natal, en 1794 pasó a la Universidad de Jena, don­de tuvo por profesores al kantiano Reinhold, a Schiller y a Fichte; este último influyó en sus ideas de modo singular. No obstante, poseedor de una mente atenta y construc­tiva, el joven H. alejóse después del idea­lismo de Fichte y llegó a un criterio filosó­fico propio, original y sistemático, al que, indudablemente, no fue extraño el influjo de Leibniz, Wolf y Kant. A los veintiún años empezó a concretar su vocación pedagógica; entre 1797 y 1800 actuó como preceptor en Berna, en el «ideal ambiente hogareño» de los Von Steiger.

De la agudeza de sus ob­servaciones pedagógicas (a cuyo método permaneció fiel, siquiera tendiese a la elaboración de una pedagogía científica y «de­ducida») conservamos, como interesantes documentos, los informes bimestrales que H. redactaba para el padre de sus tres discí­pulos, desiguales en edad y temperamento (Ludovico, de catorce años; Carlos, el pre­dilecto, que contaba diez, y Rodolfo, de ocho). Durante este período visitó la cer­cana escuela pestalozziana de Burgdorf, que provocó en él admiración, reflexión y crítica (expresadas en el opúsculo La idea pesta­lozziana de un ABC de la intuición). Tras un breve paréntesis de enseñanzas y polé­micas pedagógicas (figuró entre los filantropistas y los neo-humanistas), pasó a la Uni­versidad de Gotinga (1802) y a la de Königs­berg (1809) como profesor de Filosofía. No por ello, empero, disminuyó su interés hacia la pedagogía; y, así, fundó en Königsberg un seminario pedagógico con una escuela experimental aneja destinada a las prácticas didácticas (1810). En 1835 volvió a Gotinga, donde enseñó hasta el fin de sus días.

En cuanto al aspecto gnoseológico, la filosofía de H. es una mera inversión de la posición idealista; supone la realidad objetiva de las cosas, aparece determinada como «elabora­ción de los conceptos», o sea aclaración con­ceptual de los datos de la experiencia, y se divide en lógica, metafísica y estética. Sobre la base de una crítica de las ideas fundamentales de «cosa», «cambio» y «yo» (los clásicos problemas del uno y de los muchos, de la sustancia y del devenir), H. llega a un realismo pluralista, según el cual toda la realidad se halla integrada por una multiplicidad infinita de «reales» sim­ples e inmutables, no vinculados entre sí, cualitativamente distintos, indeterminables en su carácter intrínseco, y sólo conocibles en su aparente relación con los otros (ana­logía con la concepción monadista de Leib­niz). El devenir brota de las acciones y reacciones de los «reales», poseedores de una fuerza singular de autoconservación que los sitúa en una relación aparente y fenoménica, la cual en su conjunto consti­tuye el mundo de la experiencia, el único susceptible de ser conocido por nosotros. H. intentó penetrar profundamente en el estudio de los fenómenos psíquicos, sobre todo en el aspecto pedagógico.

Según él también el alma, naturalmente, es uno de los «reales», simple e inmutable en sí mismo, y, no obstante, activo y reactivo respecto de los otros reales. Las fuerzas de acción y reacción integran la vida psíquica, la cual se reduce a un complejo dinámico de re­presentaciones, divididas en sentimientos, deseos, voliciones y conocimientos, convertidos a su vez en facultades, según se en­cuentren, en la lucha incesante y llena de vicisitudes, encima o debajo del um­bral de la conciencia. Estas «mecánica y es­tática del espíritu» originan el fenómeno del yo o unidad de conciencia y el de la per­cepción, o sea la formación de masas de re­presentaciones en tomo a las cuales tienden a cristalizar otras imágenes (fundamento herbartiano de la doctrina pedagógico- didáctica de los centros de interés). El sueño de la existencia de H. fue la elaboración de una ciencia psicológica de base matemá­tica, mediante la cual resultara posible co­nocer «en las fórmulas matemáticas las leyes generales de los fenómenos psíquicos» (v. Introducción a la filosofía). En la tradición de Kant aparece afirmada también por H. la autonomía de la «ciencia de los valores» o «Estética», convertida en «Ética» cuando se transforma en ciencia de los valores obli­gatoriamente realizables.

Ésta, empero, a di­ferencia de la moral kantiana, se fundamen­ta en cinco imperativos o ideas prácticas, o conceptos-modelo: la libertad interior, la perfección, la benevolencia, el derecho y la equidad. El nombre de H., empero, más bien que la filosofía, a la cual, además de la ya mencionada Introducción a la filosofía, ofreció el autor en cuestión obras como La filosofía práctica general (1808, v.) y Meta­física general según los principios de la doctrina filosófica de la naturaleza (1828- 1829, v.), se halla vinculado a su pedagogía científica (v. Pedagogía general deducida de la finalidad de la educación, 1806, y Pro­yecto de lecciones de pedagogía, 1835), que pretendió fundamentar en la ética y en una psicología rigurosa (v. La psicología como ciencia fundamentada en un método nuevo sobre la experiencia, la metafísica y las matemáticas, 1824-25), así como en las in­vestigaciones didácticas (son célebres sus cuatro grados formales de la instrucción: claridad, asociación, sistema y método), que dieron un gran impulso a la renovación didáctica de la escuela y a su conciencia de la educación mediante el concepto de la instrucción educativa.

P. Braido