Nació el 27 de febrero de 1807 en Portland (Maine) y murió el 24 de marzo de 1882 en Cambridge (Massachusetts). Era descendiente de los primeros colonizadores puritanos, pero es muy dudoso que éstos le hubiesen reconocido como uno de los suyos. Nació y murió en la Nueva Inglaterra de sus antepasados, que, como todo lo demás, contempló a través de una espesa niebla poética. De su padre, rico abogado, heredó la afición al éxito mundano, gusto que habría de conciliar con la tendencia materna a los sueños románticos a ojos abiertos; y así, llegó a ser el poeta más venerado y citado en la Norteamérica del siglo XIX, y el poeta «laureado», siquiera no oficialmente, y una institución nacional. De ninguno de sus progenitores recibió la capacidad de sentir la comnoción directa de la experiencia humana; los escasos trastornos que una vida casi ininterrumpidamente afortunada obligóle a soportar (su segunda esposa murió quemada viva en 1861) parecen haber determinado en él cambios no muy trascendentales.
Completados sus estudios en el rústico aislamiento del Bowdoin College (donde fue condiscípulo de Hawthome), Longfellow pasó tres años en Europa, por donde viajó como peregrino sentimental y literario y se preparó para una cátedra de profesor de Lenguas modernas. La divulgación en América de una cultura europea más bien superficial fue una de sus principales realizaciones. Enseñó en Bowdoin durante cinco años, contrajo matrimonio, estuvo nuevamente en Europa (donde falleció su esposa), volvió a América, establecióse en Cambridge, y, como sucesor de Jorke Hicknor fue, a lo largo de dieciocho años, profesor de Literatura europea moderna en Harvard. En el culto, refinado y académico ambiente de Cambridge encontró el espíritu de Longfellow su centro natural. Allí, en una digna seguridad y entre amigos ilustres, empezó a ejercer su actividad poética. Su primer volumen de poesías, didácticas, reflexivas y sentimentales, Voces en la noche (v.), publicado cuando contaba treinta y dos años, le valió inmediatamente un éxito popular muy amplio; tres años después, Baladas y otras poesías (v.) llevóle a todos los hogares norteamericanos.
Un acaudalado comerciante de Boston, completamente ajeno a la poesía, quedó tan impresionado por la fama del joven poeta-profesor que le concedió la mano y la dote de su hija. Longfellow disfrutaba de una considerable facilidad verbal y prosódica, y compartía el gusto literario clásico de su ambiente burgués y la nostalgia de un pasado imaginario que había encontrado su intérprete en Washington Irving (v.). Sus vagas nociones respecto de la «vida» eran las propias de los ciudadanos de un país que distinguíase todavía por su inocencia provinciana; como sus lectores, creía que la misión esencial de la imaginación consistía en «poetizar» los datos de la experiencia para hacerlos inofensivos, fantásticos, arcádicos, fabulosos y remotos. Con tales conceptos Longfellow siguió creando, a través de una serie de extensos poemas narrativos — Evangeline (v.), El canto de Hiawatha (v.), La petición de mano de Miles Standish (v.), etc.—, un seudo-folklore cuyos atractivos permitiéronle influir en la imaginación popular tan intensamente como si de la auténtica mitología del pasado norteamericano se tratara.
Su producción fue considerable; además de las famosas poesías contenidas en sus últimos volúmenes, Kéramos, última Thule (1880, v.) y En el puerto [In the Harbor, 1882], comprende una traducción algo floja de la Divina Comedia (1867- 1870), que llevó a cabo para ahuyentar el dolor del trágico fin de su segunda esposa, una trilogía dramática titulada Christus (v.), y una colección de narraciones seudo- chaucerianas, los Cuentos de una hostería (v.). La muerte de Longfellow, ocurrida en Cambridge (Massachusetts) cuando el poeta contaba setenta y cinco años, fue llorada en todo el país.
S. Geist

