Henry Vaughan

Nació en Newton St. Bridget, en el Brecknockshire (Gales meridional, de donde su epíteto «Silurist» inspirado en el nombre de los siluros, antiguos morado­res de la región), en 1621 y murió allí mismo el 23 de abril de 1695. Es, posiblemente, el representante más puro de la poesía reli­giosa de la escuela metafísica inglesa. In­gresado en 1638 con su hermano Thomas en el «Christ College» de Oxford, abandonó la Universidad antes de graduarse y marchó a Londres a estudiar leyes. Luego de haber militado junto a las fuerzas realistas du­rante la revolución puritana, retiróse a Brecknock en 1643, y empezó a ejercer la Medicina. De aquí pasó más tarde a su localidad natal, donde contrajo matrimonio dos veces y tuvo muchos hijos.

Sus dos pri­meras colecciones de versos y traducciones, publicadas sucesivamente bajo los títulos de Poems (1646) y Olor iscanus (1651, v.), revelan una inspiración clasicista y profana, y evocan, aun cuando sin mucho originali­dad, los «Cavalier Poets». Hasta Sílex cen­telleante (obra publicada en 1650, reeditada con adiciones, en 1655, v.) no reveló una profunda inspiración mística, que dio lugar posteriormente a una especie de conversión a lo largo de varias desventuras y enfermedadés. Muchos años después apareció la co­lección poética Thalia Rediviva (1678). Ade­más de los fragmentos de prosa intercalados en los mismos libros de poesías publicó la traducción de algunos pasajes de textos religiosos en The Mount of Olives (1652) y Flores solitudinis (1654), que hasta cierto punto contienen el breviario espiritual del autor.

Según la idea central de la obra de Vaughan (v. El retiro e Infancia), más adelante proseguida por Blake y Wordsworth, el hombre, durante la infancia, más próximo a su estado natural, contempla lo creado a la luz de la eternidad, en tanto luego, «siempre inquieto e irregular, corre y se mueve sobre la tierra sin una brújula que en la noche le muestre el polo», por cuanto ha perdido la visión de Dios y su contacto inmediato. Al buscarlo el poeta siente cre­cer en secreto una especie de germen que da lugar finalmente al descubrimiento de la realidad sobrenatural. Influida por el neo­platonismo y la espiritualidad del cuarto Evangelio, así como por algunos elementos de la filosofía hermética, la poesía de Vaughan provoca, con una extraordinaria lozanía de impresiones y una diáfana claridad de imá­genes, el escalofrío de una realidad supra­sensible donde los objetos parecen perder cualquier peso corporal y existir únicamente en una mágica red de símbolos y analogías.

F. Mei