Henry James

Nació en Nueva York el 15 de abril de 1843 y murió en Londres el 28 de fe­brero de 1916. Fue el hermano menor del filósofo William James (v.). Su abuelo, emi­grado irlandés, se había enriquecido tanto en el Nuevo Mundo que a lo largo de dos generaciones sus descendientes no necesi­taron «mancillarse con el pecado del co­mercio». El padre, visionario al estilo de Swedenborg, crítico social, iconoclasta, pa­triarcal y agudo, fue uno de los hombres más interesantes de su tiempo. Su hijo me­nor, taciturno y sensible, tendía a conside­rar su propio puesto en aquella familia de fogosos habladores como el de «un mucha­chito» entre adultos o de un sumiso e insig­nificante «hijo y hermano».

En las calles de la «vieja Nueva York» todavía provinciana que había de constituir el escenario de su primera novela, Washington Square (v.), fue prendido, cuando niño, por un voraz afán de visiones, sonidos y olores de la vida, de la cual sentíase hasta cierto punto oscu­ramente excluido; y así, para este joven espectador del mundo, separado de cuanto le circundaba como por una pared de puli­do cristal, los fenómenos de la existencia humana asumieron al principio el aspecto de detalle de un maravilloso «cuadro» o de momentos de una «escena» dramática: el muchacho fue el auténtico padre del nove­lista. Durante su infancia, J. era (según las afirmaciones de su padre) «un devorador de bibliotecas» y «un inmenso escritor de no­velas y dramas»; todavía más: resultó un asimilador de la «vasta, vaga y deslumbrante irradiación» de una Europa visitada constantemente por la familia y que acabó para él encamando, junto a la fuerza de una revelación mística, algunas de las más bellas y terribles facultades potenciales del espíritu humano.

La educación de los reto­ños James fue irregular y (conscientemente) ecléctica: una continua sucesión de profe­sores privados, escuelas, estudios y residen­cias, de acuerdo con el ideal pedagógico del padre, que tendía a la formación de inteli­gencias libres de influjos parroquiales e ilimitadas en la gama de la comprensión moral e imaginativa. Al regresar en 1860 de una estancia de cinco años en Europa, la familia establecióse en Nueva Inglaterra; allí, durante la guerra civil, llegó Henry a la mayoría de edad. Aun cuando no hijo del citado territorio norteamericano, sino sólo residente en él, absorbió una parte de su puritanismo, consistente en una intrincada «ciencia del alma» y en el conocimiento de los procesos, las funciones, los movimientos y las «leyes naturales» internas que consti­tuyen, según la tradición puritana, la «ser­vitude et grandeur de la vie humaine».

Una lesión dorsal impidióle participar en la guerra civil; y así, la conciencia juvenil de la exclusión empezó a cristalizar lentamente en la sensación de un papel particular y casi religioso que desempeñar en la escena hu­mana: el de un «extraño» destinado, como Tiresias, a verlo y preverlo todo y a soportar en el interior del alma las terribles y mara­villosas consecuencias de tal percepción. Poco a poco el ensimismamiento de J. en esta misión fue convirtiéndose en una en­trega austera y espiritual sin compromisos, pero no menos coercitiva que un voto mo­nacal. Consagrarse a ella significaba espe­cíficamente, para este Tiresias que era tam­bién un artista, actuar como un «redentor»: redimir la experiencia humana de la ce­guera y el desorden recogiéndola en lumi­nosas creaciones formales del espíritu; trans­formar el «magnífico derroche» de la vida en la «sublime economía» del arte; crear, mediante los toscos datos de la experiencia, «cuadros» en los cuales todos los detalles brillaran igualmente, y «escenas» radiantes y armoniosas, en su trágica perfección, como las de Racine.

Mucho antes de que ocurriera todo ello resultóle preciso, em­pero, elegir un arte; y fue precisamente Balzac quien le reveló, una vez había in­tentado ya la pintura, que en la literatura residía su verdadera vocación. No mucho del J. profundamente maduro apareció en los primeros textos (cuentos y artículos de crítica para revistas), que se distinguieron más bien por su precoz perfección formal. En las narraciones pudo oírse con mayor claridad la sutil voz provincial de Haw­thorne. En realidad, el universo moral de este último (v. Ester Prynne) proporcionó los fundamentos del de J., quien sobre tales bases había de erigir un mundo imaginario con una densidad moral y psicológica, un rigor de composición y un extremado y fan­tástico esplendor no igualados por la prosa inglesa. Los viajes a Europa alternaron du­rante algún tiempo con los obligados esfuer­zos del muchacho para vivir en el ayuno del espíritu y de los sentidos que para él suponía América.

Luego, en 1875, a los treinta y dos años y después de largas vaci­laciones, resolvió definitivamente residir en el extranjero. Los peligros que la expatria­ción representaba para un artista no le eran desconocidos: Rodrigo Hudson (v.), novela acerca de tales riesgos, estaba ya en curso de publicación cuando marchó. El París de Flaubert y de los Goncourt, donde al prin­cipio intentó establecerse, le pareció, sin duda, suficientemente denso, pero, también, incompatible con él por insensibilidad mo­ral; y así, no mucho después se trasladó a Inglaterra, país donde permanecería ya toda su vida. Los íntimos contrastes y conflictos entre la civilización europea y la americana le proporcionaron durante varios años el «tema internacional» de El ameri­cano (v.), Los europeos (v.), Daisy Miller (V.), etc. La figura simbólica de la prota­gonista de esta última obra se convirtió a su vez en punto de partida para el primero de sus más elaborados estudios sobre los jóvenes norteamericanos, nobles de espíritu e inocentes de corazón (de conciencias e imaginaciones casi tan exquisitas como la suya), expuestos en Europa al «shock» de un despertar moral; de Isabel Archer, he­roína de Retrato de una dama (v.), debía descender la dilatada teoría de personajes femeninos de J. que culminó en Maggie Verver y Milly Theale.

Entre 1886 y 1890 destacó singularmente el grupo integrado por otras tres novelas más o menos experimentales— Los bostonianos (v.), La prin­cesa Casamos sima [The Princess Casamossima] y La musa trágica [The Tragic Musse] —, muy distintas entre sí y respecto de las restantes obras del autor por el argumento y la estructura; pero, con todo, tan impecables que normalmente los aficionados al estudio de J. no han sabido hacer más que leerlas y maravillarse. La segunda de estas novelas, un tiempo erróneamente con­siderada un melodrama político escrito por un inocente en política, ha sido celebrada recientemente como la obra narrativa más penetrante de cuantas se hayan compuesto acerca de los aspectos psicológicos y morales de los movimientos revolucionarios del si­glo XX. En el año 1890 la pasión (implícita en cualquiera de sus textos, y explícita en The Tragic Muse) que J. alentó a lo largo de toda su vida hacia el drama como idea primordial y el teatro como hecho encanta­dor, le llevó a una larga y desastrosa serie de intentos destinados a los escenarios in­gleses.

Las profundas heridas abiertas en el autor por este fracaso no se cerraron jamás completamente; pero tal experiencia de comediógrafo mejoró de una manera extraordinaria su arte. Éste alcanzó un nivel de economía estructural, rigor y refina­miento juzgado hasta entonces, incluso en Francia, inconcebible en la prosa narrativa, y aun del todo ajeno a su esencia; el puro virtuosismo técnico manifestado en obras como Lo que sabía Maisie [What Maisie Knew, 1897], y La edad ingrata (v.), ocultó durante muchos años su admirable esencia poética. No la «técnica», sino cierta seme­janza engañosa con la «novela social» hizo invisible el contenido de El fin de Poynton (v.), estudio del hundimiento interno y de la metamorfosis de una ordenación de la sociedad: de la «destrucción por el fuego», que era sólo verdad poética en 1897, pero pasó a serlo histórica en 1914. El tránsito al nuevo siglo halló a J. entregado a la com­posición de tres novelas meditadas largo tiempo: Las alas de la paloma (v.), La copa dorada (v.) y Los embajadores (v.).

En ellas la imaginación y el arte del autor alcanzaron elevaciones tan vertiginosas que debieron de transcurrir unos cuarenta años antes de que ningún lector se atreviera a seguirle a lo largo de toda la ascensión; más difícil todavía resultó descender de tan altas cumbres sin exclamar, entre el pánico y el temor, como Kate Croy al final de Las alas de la paloma: «Jamás volveremos a donde estuvimos». Una visita a América realizada en 1904 dio lugar a La escena americana [The American Scene], «libro de viajes» que — en este caso también después de cuarenta años — ha sido finalmente re­conocido por todo el mundo como un resul­tado estilístico sin precedentes en la histo­ria de la prosa inglesa y una de las obras más extraordinarias acerca de la civilización norteamericana. Entre 1907 y 1909 J. trabajó en una serie de prólogos destinados a una colección de sus novelas; tales introduccio­nes acabaron siendo el primer (y aún hoy, sin duda, el mejor) análisis lógico del ci­tado género narrativo como forma de arte.

La Guerra Mundial conmovió las fibras más íntimas del autor, quien sabía demasiado bien (¿acaso no lo había ya descrito?) que cuanto estaba a punto de emerger no era sino el inmenso substrato de bestialidad de la «alta civilización» de cuyas potencia y gloria ideales constituía su obra una gran y unánime oda triunfal. Desalentado, aban­donó sus proyectos acerca de otras dos no­velas, La torre de marfil [The Ivory Tower] y El sentido del pasado [The Sense of the Past], en las que intentara explorar tene­brosas regiones del espíritu hasta entonces no escudriñadas por él ni por nadie más (aunque Hawthorne hubiese llevado a cabo en tal aspecto un primer intento en las obras de sus últimos años que dejó — ex­traña coincidencia — igualmente incomple­tas). Durante el conflicto, J. dedicóse a tareas benéficas, y -en 1915, en un gesto simbólico, se identificó ante la ley con su patria adoptiva y adquirió la ciudadanía inglesa. Un año después — anciano, cansado y ya no deseoso de seguir viviendo — veía llegar su última hora. El continente ameri­ano ha producido muy pocos espíritus tan selectos, y no ha dado a la humanidad ninguna otra imaginación comparable a la de J. en finura, vigor y belleza.

S. Geist