William James

Nació en Nueva York el 11 de enero de 1842 y murió en Chocorua (New Hampshire) el 26 de agosto de 1910. Her­mano mayor del novelista Henry James (v.) e hijo de otro Henry, notable filósofo se­guidor de Swedenborg, es el pensador nor­teamericano moderno más apreciado y ad­mirado. Sus antepasados fueron inmigrantes irlandeses, enriquecidos en su nueva patria. Durante la infancia, J., como su hermano, acompañó a la familia en sus largas peregri­naciones por Europa, frecuentó numerosas escuelas en seis países distintos y participó en las conversaciones que su fogoso y pa­triarcal progenitor dirigía en las tertulias de importantes personalidades. La irregula­ridad de los estudios y la profusión de sus facultades innatas le hicieron difícil la elec­ción de una carrera, que recayó finalmente sobre la ciencia.

A los cursos de la Harvard Medical School, interrumpidos por una ex­pedición a la cuenca del Amazonas en com­pañía del naturalista Louis Agassiz y luego reanudados, siguió una estancia de diecio­cho meses en Alemania, período de lecturas, observaciones y reflexiones al cual cabe remontar la aparición de su ideología; pero, asimismo, etapa de inquietas decisiones y de un desaliento que rayó casi en la desesperación suicida. De su padre había here­dado J. no solamente la tendencia a las especulaciones no ortodoxas, sino también un profundo interés por los valores morales y espirituales, la necesidad de una fe reli­giosa y una acusada propensión al misticis­mo, que su obra científica, y más particular­mente la lectura de Darwin, pusieron en grave aprieto. A lo largo de toda su vida sintióse preocupado por el problema de la conciliación de la tendencia interior a la fe con el pensamiento científico que parecía minarla; ello constituyó uno de los princi­pales móviles de su obra.

El resultado inmediato de este clásico dilema del si­glo XIX, unido en tal caso a un drama psicológico personal, fue, a su regreso a América en 1868, un período de torturadas vacilaciones, aguda melancolía y grave cri­sis nerviosa que le llevó al borde de la locura y dio lugar más tarde a un casi místico «juicio» cuya formulación filosófica, expresada con crudeza, es la siguiente: aun cuando la mente, según afirma Darwin, sea en verdad un producto de la evolución bio­lógica, un instrumento elaborado para que el organismo humano pueda afrontar el medio ambiente, la voluntad del hombre permanece, a pesar de ello, «libre» bajo cualquier aspecto; la fe, siquiera privada de su contenido teológico, mantiene, sea como fuere, sus propios derechos de intima fun­ción al mismo tiempo inextirpable e indis­pensable para el mantenimiento de la existencia; la vida merece, por sí misma, ser vivida.

El «optimismo» intencional con que la mentalidad sensitivamente equilibrada de J. logró superar de esta suerte su propio desequilibrio fundamental, dio lugar a un complicado sistema de pensamiento especulativo. En 1872 el filósofo inició en Har­vard la profesión docente, que desempeñó a lo largo de toda su existencia; sus cur­sos de Fisiología fueron ampliándose gra­dualmente, y llegaron a incluir la Biolo­gía, la Filosofía, la Psicología y sus rela­ciones mutuas. Al matrimonio (1878), del cual tuvo cinco hijos, siguieron los años de ardua investigación intelectual, que die­ron lugar, en 1890, a los monumentales Principios de psicología (v.), obra que por primera vez en América hizo de esta mate­ria una disciplina científica independiente y, quizá por última vez, la reveló suscep­tible de ser también una forma de litera­tura humanística. Echados los fundamentos psicológicos de su pensamiento, J. apres­tóse a elaborar sus derivaciones filosóficas. En 1897 La voluntad de creer (v.) ofreció una justificación «interior» (o sea psicoló­gica) del fenómeno de la «fe».

Largas in­vestigaciones en el campo de la Psicología y de la Filosofía de las religiones le lleva­ron en 1902 al texto Las varias formas de la experiencia religiosa (v.), en el que cul­minaba una tradición ideológica norteame­ricana iniciada un siglo y medio antes por Jonathan Edwards (v.) con su Treatise Con­cerning Religious Affections. En la citada obra, J. examinó la fe a la luz no de la «exactitud científica» de las religiones par­ticulares, sino de la validez psicológica —y. por consiguiente, « pragmática» — de la mis­ma experiencia religiosa, y se preguntó si era o no favorable a la supervivencia hu­mana, a la perpetuación de la vida y al bienestar espiritual y social. En realidad, este experto de la dolencia y la locura se había transformado en el gran rapsoda nor­teamericano de la salud física, el vigor, la alegría, la energía, la iniciativa, la anima­ción, la exaltación y la aventura; al emer­ger de las sombras de la muerte, el perito de la desesperación se convertía en un poeta filósofo que entonaba alabanzas a las infi­nitas variedad, y abundancia de la vida, y en un apóstol de la sólida «confianza en sí mismo» de Emerson, de la «disponibilité» intelectual de Gide, del espíritu libre y de la mente y el mundo abiertos.

El criterio pragmático, ampliado al campo de las ideas, apareció plenamente descrito como una confirmación de «verdad» filosófica en Prag­matismo (1907, v.); tal doctrina quedó ulte­riormente elaborada, como respuesta a las críticas, en El sentido de la verdad (1909, v.). El que amaba la ilógica abundancia y la infinita y centelleante variedad de la vida y odiaba cuanto redujera la existen­cia a una engañosa unidad sistemática cual­quiera, viose alentado por las páginas de su amigo Bergson referentes a la «continuidad de la experiencia viva» a llevar a cabo en Un universo pluralista (1909, v.) una exposición de las implicaciones del prag­matismo y del temperamento «jamesiano». A lo largo de toda su vida mantuvo estre­chas relaciones con filósofos y psicólogos de Europa, donde estuvo con frecuencia. En los últimos años se vio abrumado por una serie de honores oficiales, recibidos tanto en su patria como en el extranjero. Después de su muerte aparecieron diversos tomos con sus textos dispersos: artículos, comu­nicaciones, etc. Entre estas obras cabe ci­tar Memories and Studies (1911), Ensayos sobre el empirismo radical (1912, v.), y la más humana de todas, las Letters, publi­cadas en 1920 por su hijo Henry.

S. Geist