Gustave Flaubert

Nació en Kuán el 21 de diciembre de 1821 y murió en París el 8 de mayo de 1881. Se le ha considerado puente entre dos épocas y también confluencia de las corrientes romántica y realista. Efecti­vamente, el lirismo de sus obras (por lo demás, muy personal) debe algo a los poe­tas de la «Muse Française» y del «Cénacle», a quienes tanto admirara el autor en su juventud; pero, más aún, prolongan, sin imitarla en modo alguno, la novela tal como la concibieron Stendhal, muerto en 1842, y Balzac, desaparecido en 1850, mucho an­tes de que Flaubert publicara su primer libro.

Natural de Champagne su padre y normanda la madre, el novelista reunió en su persona características de las dos razas: físi­camente fue un vikingo puro y tuvo de tal la elevada estatura, la mirada, la obstinación y el espíritu de independencia; al pa­dre, profesor de Química y médico jefe de un hospital, debió su escrupuloso método analítico y su precisión científica.

Con pa­sión de químico buscó tras las apariencias falaces lo verdadero, que describió con una objetividad por la cual se le ha juzgado insensible, cuando, en realidad, conservó a lo  largo de toda su vida un corazón inge­nuo. Crecido en el hospital, jugó durante su niñez en un pequeño jardín ante las ven­tanas de un anfiteatro anatómico y conoció desde sus primeros años el dolor y la muer­te; pero la melancolía del lugar quedaba templada por la dulzura de una familia muy unida, en la cual se reía a gusto.

Tales con­trastes debieron provocar, sin duda, la apa­rición tanto de su tendencia a la tristeza como del afán de alegría, la afición a las carcajadas y el gusto por la farsa. La salud obligóle a interrumpir los estudios de Dere­cho; no obstante, ello resultó para Flaubert más bien un alivio, por cuanto ya desde la se­gunda enseñanza no revelaba otra vocación que la de escritor.

En Trouville inició el joven estudiante su experiencia sentimen­tal: un idilio esbozado con una amiga de su hermana, hija del agregado naval inglés, el almirante Collier, constituyó el preludio de su gran novela amorosa y de su ardiente pasión hacia la señora Schlesinger, de la que nació una de las obras maestras de la narrativa francesa: La educación sentimen­tal (v.), fiel descripción del episodio.

Digna de relieve es la circunstancia de que ya desde su juventud, Flaubert se viera atraído por los temas desarrollados más tarde, en plena madurez; así, en los textos del niño y del adolescente (algunos de ellos publicados en el periódico Le colibrí, que el autor redac­taba por su cuenta en el liceo) cabe hallar el embrión de varias de sus novelas.

En las aulas de la Facultad de Derecho entabló amistad con otro estudiante, como él tam­bién hijo de un médico: Máxime Du Camp. A pesar de algunos períodos tormentosos, tales relaciones fueron persistentes, aun cuando entibiadas por la prisa del amigo en presentarse al mundo, que contrastaba con la indiferencia social de Flaubert Esta des­preocupación por el éxito acompañóle hasta la muerte, que habría de sorprenderle en plena labor, aún no terminado Bouvard y Pécuchet (v.).

Durante la primavera de 1847 recorrió a pie, en compañía de Du Camp, Turena, Bretaña y Normandía. En abril del año siguiente perdió a uno de sus amigos más íntimos: Alfred Le Poittevin, cuya her­mana fue la madre de Maupassant. Para consolarse de ello, entregóse a un tema largamente madurado con aquél; y así, em­pezó a redactar La tentación de San Anto­nio (v.), luego de haber puesto en limpio las notas del viaje a Bretaña, que habían de constituir un tomo cuyos capítulos impa­res se deben a Flaubert y los pares (todavía iné­ditos) a Du Camp.

Estuvo ocupado en La tentación hasta septiembre de 1849. Los mé­dicos le prescribían una estancia en países cálidos, y Gustave había resuelto marchar a Oriente con Du Camp; pero quiso dejar terminada antes su labor y leer el manus­crito de la obra a aquél y a su otro gran amigo, «alter ego», Louis Bouilhet. Acabada la lectura, ambos aconsejaron a Flaubert echar el texto al fuego y no pensar más en él; no obstante, en lugar de quemarlo, el autor lo guardó y, a instancias de sus amigos, em­pezó a escribir Madame Bovary (v.).

El 29 de agosto de 1849 partió hacia Oriente, donde reunió buena cantidad de recuerdos que utilizó en Salammbô (v.), Herodías (v. Tres cuentos) y las ulteriores versiones de La tentación de San Antonio. Antes de su marcha, empero, la existencia de Flaubert había conocido dos importantes acontecimientos. Fue uno de ellos el encuentro en 1842, du­rante una estancia en París, con Elisa Schlesinger, esposa de un editor de música; la gran pasión del novelista por esta mujer debió de quedar, sin duda, insatisfecha, como aparece en el libro inmortal que nos ha transmitido su relato, pero no confiado el secreto.

El otro episodio biográfico presenta una importancia equivalente, aun cuando distinta : en 1846, Flaubert había conocido en el estudio del escultor Pradier a la poetisa Louise Colet, bellísima, «bas-bleu» por ex­celencia y siempre en pos de algún premio literario; durante diez años, ambos escrito­res fueron amantes. Retirado a Groisset, junto a su madre, Gustave llevó una vida solitaria, en cuyo transcurso destaca la in­tensa relación epistolar con amigos y ami­gas de su elección; la Correspondencia (v.) ha abarcado numerosos tomos y es, posible­mente, la obra maestra del autor.

La bio­grafía de éste correspondiente al período que siguió a su viaje a Oriente, se con­funde con la historia de sus libros. En 1856, Madame Bovary empezó a ser publicada en Revue de Paris, fundada por Du Camp al regreso de las tierras orientales y, por su liberalismo, no grata a los poderes públicos. Se tomó pretexto de algunas escenas de la novela para incoar un proceso contra el periódico y el novelista. La hábil defensa del abogado Senart consiguió una senten­cia absolutoria y, al aparecer la novela en abril de 1857, el proceso contribuyó al éxito.

Con todo, la prensa de derechas denunció la inmoralidad de la obra y lamentó la ab­solución de su autor. Malhumorado por el proceso, Flaubert buscó refugio en un tema re­moto en el tiempo y el espacio. Pacien­temente, el novelista se entregó a largas lecturas destinadas a proporcionar un fun­damento aceptable a Salammbó y quiso co­nocer el marco geográfico y los paisajes his­tóricos relacionados con la obra.

Luego trazó el plan de La educación sentimental, en la que pretendía hacer revivir la época de su juventud, las esperanzas y las desilusiones de la generación que llevó a cabo la revo­lución de 1848; sin embargo, el texto re­sultó asimismo la autobiografía de Flaubert y el relato de su pasión por la señora Schlesinger. Publicado en noviembre de 1869, cono­ció un mediocre éxito; no obstante, algún tiempo después Banville dijo que «toda la novela contemporánea tenía allí su origen»: el libro en cuestión fue, efectivamente, la biblia de los naturalistas.

La guerra inte­rrumpió la composición de La tentación de San Antonio, que no pudo salir hasta 1874 y resultó, para la literatura francesa, una obra sin par, de una importancia semejante a la de Fausta (v.). En 1875, Commanville, casado con su sobrina, se hallaba arruinado y al borde de la quiebra. Con extremada abnegación, Flaubert le ofreció cuanto tenía para auxiliarle; sin embargo, no consiguió su objeto y, por otra parte, viose correspon­dido con la ingratitud.

Sus amigos le ofre­cieron ayuda: G. Sand le propuso adquirir la propiedad de Croisset y dejarle vivir en ella durante el resto de su existencia en calidad de huésped. Sin embargo, el escri­tor no juzgó necesarias tales medidas, por cuanto trabajaba en otra gran novela, Bouvard y Pécuchet (v.), que, no obstante, habría de quedar interrumpida.

Para dar satisfacción a Sand, la cual reprochábale su persistencia en «actuar en la desolación» y no escribir nada consolador, empezó a componer Un corazón simple (v. Tres cuen­tos), que unió a La légende de Saint-Julien l’Hospitalier y Hérodiade: tres narraciones de colores tan variados, de opuestos paisa­jes y matices psicológicos, que sintetizan el arte de Flaubert Las últimas cartas de la Correspondance nos muestran al autor «las jusqu’aux moélles», abatido por el dolor y el trabajo.

Antes de morir pudo presenciar el triunfo de su discípulo Guy de Maupassant, cuya Bola de Sebo, publicada en Las vela­das de Médan (v.), fue saludada como una obra maestra. Considerado por los «jóvenes» amigos de Zola y Daudet como maestro de todos ellos y objeto de respetuoso afecto, Flaubert debió vislumbrar ya en tales muestras de espontánea admiración el lugar reser­vado para más adelante a su obra en la his­toria de la literatura francesa.

R. Dumesnil