Lord William Thomson Kelvin

Nació en Belfast (Irlanda) el 26 de jimio de 1824 y murió en Netherall, cerca de Largs (Escocia), el 17 de diciembre de 1907. Se le conoce comúnmente como lord Kelvin, y era el segundo hijo de James Thomson, profesor de matemáticas de la Universidad de Glas­gow. En 1841 marchó a Cambridge, donde en 1845 se graduó y obtuvo el primer premio Smith. Luego dirigióse a París, y durante un año trabajó en el laboratorio de Regnault, quien por aquel entonces llevaba a cabo sus clásicas investigaciones sobre el vapor. En 1846, a los veintidós años, fue nombrado catedrático de Filosofía natural de la Uni­versidad de Glasgow. En la Inglaterra de aquellos tiempos los estudios experimentales no conocían un gran éxito; pese a ello, la cátedra de Kelvin se convirtió en un púlpito que ‘inspiró, durante más de medio siglo, a los científicos: al sabio en cuestión corresponde principalmente el mérito del lugar preemi­nente que ocupó la Gran Bretaña en el desarrollo de la Física. Uno de sus primeros estudios se refería a la edad de la Tierra; sobre la base de la conducción del calor, creyó que unos cien millones de años atrás las condiciones físicas de nuestro planeta debían de ser muy distintas de las actuales, lo cual dio lugar a controversias con los geólogos. En 1847 conoció a Joule en el curso de una reunión científica celebrada en Oxford.

Por aquel entonces éste llevaba a cabo sus experiencias y presentaba el calor como una forma de energía, con lo que llegaba al primer principio de la termodiná­mica. Sin embargo, hubieron de pasar varios años antes de que los físicos más eminentes se mostraran de acuerdo con Joule. Kelvin fue uno de los primeros que lo hicieron, y, a causa de ello viose criticado por Stokes, quien le consideraba «inclinado a conver­tirse en joulista». Las ideas de Joule sobre la naturaleza del calor ejercieron, efectiva­mente, una considerable influencia en Kelvin, y llevaron a éste, en 1848, a la creación de una escala termodinámica para la tempera­tura, de carácter absoluto, y, por lo tanto, independiente de los aparatos y las sustan­cias empleados; tal instrumento lleva el nombre de su inventor, y es utilizado corrientemente en muchas medidas termo- métricas. Kelvin prosiguió el camino iniciado, y en 1851 presentó a la «Boyal Society» de Edimburgo una memoria sobre la teoría dinámica del calor, Dynamical theory of heat (v. Termodinámica); en este famoso texto figura el principio de la disipación de la energía, que, junto con el enunciado equivalente de Clausius, del año anterior, integra la base del segundo principio de la termodinámica. De tal suerte, Kelvin demostró que las conclusiones de Carnot no se opo­nían a la obra de Rumford, Robert Mayer y Joule; la teoría dinámica del calor, junta­mente con el principio de la conservación de la energía, fue aceptada por todo el mundo.

El científico, además, llevó a cabo diversas investigaciones en el campo de los sistemas de unidades de medida; en 1851 Weber había propuesto la aplicación del sistema absoluto de unidades de Gauss al electromagnetismo, y Kelvin renovó tales pro­posiciones, hasta que en 1861 logró consti­tuir, en el seno de la «British Association», el famoso comité destinado a la determina­ción de las unidades eléctricas. El sabio, empero, debe su notoriedad al perfeccionamiento aportado a las transmisiones de los cables submarinos. En 1855 discutió la teoría matemática de las señales de éstos y estudió los factores que dificultaban las transmisiones (v. Electrodinámica y aporta­ciones eléctricas a las sociedades de inge­niería); sus investigaciones culminaron en la invención del galvanómetro de su nombre y del «siphon recorder», registrador mediante sifón que fue patentado en 1861. En 1866, y sobre todo en reconocimiento a los servicios prestados a la telegrafía trans­atlántica por medio de cables, Kelvin recibió el título de caballero; en 1892 fue elevado a la dignidad de par en calidad de «Barón Kelvin of Largs». Inventó diversos instrumentos, y aportó valiosas contribuciones a la navega­ción.

Era muy modesto, y ello le hacía parecer a veces retraído; sin embargo, mos­tró siempre gran afabilidad con los alumnos, y nunca se sentía más dichoso que cuando podía ayudar y documentar incluso al más humilde investigador. Obtuvo muchos hono­res, y en 1904 fue nombrado rector de la Universidad de Glasgow. Retirado de la cá­tedra, empleó casi todo su tiempo en la or­denación de las conferencias celebradas en los Estados Unidos sobre la teoría ondu­latoria de la luz. No tuvo herederos, y su título extinguióse con él.

R. Frediani