Giuseppe Rensi

Nació en Villafranea Ve­ronese el 31 de mayo de 1871 y murió en Génova el 14 de febrero de 1941. Tras un período de intensa actividad como abogado y político socialista, en 1898, buscado por la policía, hubo de refugiarse en el cantón del Tesino. Fue elegido allí diputado del Consejo Mayor y se casó con Lauretta Perucchi, de la que tuvo dos hijas. Hospedó y escondió en su casa a Mussolini, cuando éste fue sometido a una orden de expul­sión del gobierno suizo. Vuelto a Italia, tras una breve actividad político-administrativa como consejero municipal y provincial de Verona, ganó unas oposiciones y en 1917 fue nombrado profesor de Filosofía en la Universidad de Mesina, de donde pasó, en 1918, a la Universidad de Genova. Simpati­zante con el fascismo en sus comienzos, colaboró en el Popolo d’Italia con muchos artículos reunidos después en el volumen Teoría e pratica della reazione política (1922), pero en 1926 era suspendido en la enseñanza por el manifiesto espíritu anti­fascista de sus escritos, y sólo después de elevar un recurso fue readmitido en la cá­tedra el mismo año.

En 1930 fue detenido, junto con su mujer, por «conspiración an­tinacional»; absuelto en el proceso, fue confinado a Levanto y luego, en 1931, read­mitido en la enseñanza. Pero como sus pu­blicaciones filosóficas continuaban siendo directa o indirectamente hostiles, no sólo a la ideología fascista, sino también a la cultura mediatizada por el régimen, después de censuras y reprensiones, fue jubilado anticipadamente en 1934, y a continuación, para completar su pensión, destinado a la Biblioteca universitaria donde permaneció hasta su muerte. Conocido como el más ri­guroso teórico del escepticismo moderno, se nos aparece muy diferente de ello si estu­diamos el espíritu de su doctrina y el sen­tido de su vida. Quien lo conoció en las amigables reuniones de su casa, donde todos los domingos, hasta tres antes de su muerte, se encontraban antifascistas de Génova y en tránsito (como Ruffini y L. Einaudi), sabe que no seguía el fundamental princi­pio pirroniano de la supresión absoluta de todo juicio, sino que más bien negaba valor a la realidad porque se le aparecía, como incapaz de realizar el «deber ser» que, en su mente, había permanecido como idea directiva desde sus primeras reflexiones idealistas.

Por ello su famosa frase «lo que es real es irracional y lo que es irracional es real» no tiene el significado teorético de principio objetivo, sino más bien el moral de desconsolada reprobación. De hecho, él cerró su Testamento expresando su confian­za en que, supuesto un futuro juicio divino, el Juez tendrá en cuenta su «adhesión desinteresada al Bien del mundo contra el Mal que domina en él». La guerra fue el «he­cho» que le reveló lo absurdo de la realidad y la inutilidad de las «leyes» decididas siempre por un voto de mayoría que, a su vez, es un «hecho» casual e irracional. La justicia, como regla de vida para seres ra­cionales, habría debido imponerse por sí misma, en tanto que, de hecho, deformada por los intereses, se convierte en objeto de discusión, se escinde en muchas y diversas justicias y aparece como irrealizable. Para él, la filosofía era milicia, y por ello se sirvió de ella para educar a la juventud en la libertad.

No negaba la Verdad, pero se lamentaba de que los hombres, desviados por sus «idola», la hicieran inaprehensible, fragmentándola en diversas y cambiantes verdades; tampoco negaba la Belleza, pero se dolía de que nosotros, distraídos por nuestros gustos particulares, la dispersára­mos en múltiples amenidades subjetivas; no negaba el Bien, pero se indignaba de que nosotros, esclavos de nuestros egoísmos, buscásemos solamente nuestro bien indivi­dual. La vida era por ello «absurda» porque no estaba dirigida por la razón, sino por nuestras razones individuales; no había para él posibilidad de refugiarse en la religión, porque Dios o es indiferente o es el Ma­ligno. Sin embargo, cierra su Autobiografía diciendo que ha vivido «en dolor» por exal­tar la nobleza de los valores supremos, por cuya afirmación vale la pena de soportar y superar las miserias cotidianas, atendién­donos, como locos, a lo innegable «divino que hay en nosotros». Sus libros, escritos casi todos como «contragolpe al mundo circundante» obtuvieron amplia difusión por la frescura y vivacidad de su estilo.

Citemos II fondamento filosofico del diritto (1912); La trascendenza, studio del proble­ma morale (1914); Formalismo e amoralis­mo giuridico (1914), Elementos de filosofia escéptica (1919, v.); Subjetivismo estético (1920, v.); Filosofia de la autoridad (1920, v.); Lo irracional, el trabajo, el amor (1923, v.); Apologia dell’ateismo (1925); Realismo (1925); Lo scetticismo (1926); Le aporie della religione (1932); Motivi spi­rituali platonici (1933); Materialismo cri­tico (1934); Critica della morale (1935); La filosofia dell’assurdo (1939); Autobiogra­fia (1939); La morale come pazzia (póstuma, 1942).

A. Poggi