Giuseppe Parinni

Nació en Boisio (Lombardía) el 22 de mayo de 1729, murió el 15 de agosto de 1799 en Milán. Último de los diez hijos, y tercero de un segundo matrimonio, Nació de Francesco Maria Parino, corredor de seda, y de Angela Maria Carpani (o Carpana). Su madre lo envió a Milán, a casa de una tía abuela, Angela Maria Parino, de más de noventa años, y sin hijos, para que estudiara y se hiciera sacerdote. Enviado a la escuela de los barnabitas de San Alejandro, dio escaso rendimiento en los primeros años: su origen campesino, la apresurada educación primaria, las desfavorables condiciones familiares y su maltrecha salud retrasaron su desarrollo. Pero poco a poco fue distinguiendo y empezó a manifestar en aquel medio de compañeros ricos y nobles un temperamento tan sobresaliente y un amor por la belleza tan ardiente que le impulsaron a emprender « desde los más tiernos años y el áspero camino que conduce al Parnaso» y a formarse un carácter autónomo y una vocación de pota y educador, los dos amores que le acompañaron toda su vida.

A los veintitrés años publicó una colección de versos, Alcune poesie di Ripiano Euipilino Eran noventa y cuatro composiciones de tema vario, escogidas entre las muchas que hasta entonces había compuesto y publicadas para conocer el juicio de sus lectores. Habiendo conseguido, en efecto, gran renombre, fue solicitado de muchas partes como poeta de ocasión y cayó en el peor gusto arcádico; pero, al mismo tiempo, habiendo ingresado (1753) en la Academia del Trasformati, tomó parte en los movimientos de renovación que empezaban a sacudir el ambiente. Sacerdote en 1754, entró como pedagogo en casa de los duques Serbelloni, donde estuvo durante ocho años. En este periodo pudo observar de un modo directo la vida inútil y trivial de los nobles y confrontarla con sus propios ideales.

La difusión en Italia, en el decenio 1750-60, de la Ilustración procedente de Francia, enriqueció el contenido de su vena poética, lo cual se observa en las polémicas literarias que sostuvo contra el servita Alessandro Bandiera (1756) y contra el padre Paolo Onofrio Branda (1760), su antiguo maestro de Retórica; se ve en las tres Odas arcádicas (La vita rustica, 1758?); La salubrità dell’aria, 1759, y L’impostura, 1761). Se denuncia en la inspiración igualitaria del Diálogo sobre la nobleza (v.), y se manifiesta plenamente en el Mattino (1763), que no es más que la primar parte de su obra maestra, El día (v.), escrito en versos libres en la que el autor, con un arte totalmente nuevo, que ya de por sí representa un contramodelo de la Arcadia, describe y sati­riza el mundo de la nobleza. En 1765 pu­blicó el Mezzogiorno, que debía ser seguido por la Sera, subdividida en Vespro y Notte. pero estas dos últimas partes no fueron ter­minadas. Se le había agotado la vena satí­rica y su espíritu se inclinaba a otra for­ma artística, las odas, en las que el poeta exalta sus ideales morales.

Las Odas (v.) son en total diecinueve, incluidas las ya citadas, y fueron compuestas con grandes intervalos de tiempo entre ellas. Son espe­cialmente célebres L’educazione (1764), II bisogno (1765), La recita dei versi (1783), La caduta (1785), A Silvia (1795), Alla Musa (1795) y las tres de tema amoroso, Il peri­colo (1787), Il dono (1790) e II mesaggio (1793). Las siete restantes no tienen la sus­tancia poética ni los méritos artísticos de las citadas, aunque constituyen un testi­monio de la progresión de su equilibrio in­terior y de la tenacidad con que persiguió un noble ideal de vida. Habiendo salido, en efecto, de casa de los Serbelloni, en 1762, a consecuencia de su enojo porque la du­quesa había abofeteado a la hija de un criado, vivió siempre en medio de una rela­tiva pobreza, soportada con orgullo, pero rodeado de la admiración general y hon­rado en ocasiones con algunos cargos pú­blicos, como el desempeño de la cátedra de Elocuencia en las Escuelas Palatinas de los jesuitas en la Canobbiana.

Fruto de aquel magisterio son los Principi fondamen­tali e generali di Belle Lettere applicati alle Belle Arti (v. Principios de las Bellas Le­tras), resumen de su teoría sobre el arte y de sus juicios acerca de varios escritores italianos y latinos. Cuando los franceses entraron en Italia (1796) desempeñó algu­nos cargos en la municipalidad, pero se mos­tró contrario a todo exceso, por lo que fue exonerado de los mismos. Murió rodeado de amigos y discípulos y dos horas des­pués de haber dictado un soneto de amonestación a los austríacos que habían vuel­to a entrar en Milán con la promesa de res­tauración. Por ello, fue sepultado humil­demente en el cementerio común de Porta Comasina, hoy Porta Garibaldi. Dejó pro­funda huella en la historia de la poesía ita­liana, por lo menos hasta Carducci, tanto por la fuerza de sus ideales morales como por su arte.

R. Spongano