Giovan Battista Gelli

Nació en Florencia el 12 de agosto de 1498; murió allí mismo el 24 de julio de 1563. Hijo de un vinatero, trabajó de zapatero; pero desde joven de­mostró vivo interés por las lecturas y se dio a frecuentar aquellos «Orti Rucellai» que eran lugar de cita de hombres excelentes y donde oyó hablar por primera vez de Dante. Se dedicó a los estudios y muy tarde, en 1545, comenzó a escribir.

Las primeras experiencias, poco afortunadas, fueron al­gunas comedias de imitación clásica; pero poco después escribía Los caprichos del bo­tero (v.), en forma dialogada. Describe G. en esta obra (no sin marcada entonación autobiográfica) el tipo de hombre ideal, antirretórico, prudente, experimentado, que contrapone al humanista docto y espléndi­damente aislado: en efecto, Giusto Botero, el protagonista de la mencionada obra, era «hombre muy natural y que, aunque iletra­do, tenía tanta experiencia por ser viejo que su juicio era muy razonable». En 1549 fue publicado otro opúsculo, La Circe (v.), en diez diálogos, en los que, «según el ejem­plo del doctísimo Plutarco» (como dice en la carta dedicatoria a Cosme de Médicis) imagina que Ulises, habiendo obtenido de la maga Circe volver a dar forma humana a aquellos griegos que ella había convertido en animales, recibe una negativa de todos excepto de un elefante, el cual había sido filósofo y siempre había tenido los ojos dirigidos al cielo.

Gelli fue acusado de luteranismo, y, en verdad, en el libro VI de los Capricci afirma que los luteranos, «no prestando fe sino a las Sagradas Es­crituras, han hecho que los hombres se hayan visto obligados a volverlas a leer y a dejar pasar muchas disputas»; pero su pesimismo no excedió de los límites del Cristianismo. Tuvo un concepto democrá­tico de la cultura, y vulgarizó los tratados filosóficos de Simón Porcio, la Vita de Al­fonso de Este escrita por Giovio y la Hécuba de Eurípides según la traducción latina de Erasmo. Vivió siempre en Florencia, ro­deado de numerosa familia, y mantuvo siempre culto a la ciudad y a Dante. Imitando a Vasari, escribió veinte vidas de artistas florentinos y, por encargo del duque Cosme de Médicis, comentó públicamente la Divina Comedia.

De acuerdo con sus teorías, propugnó G. el uso de una lengua viva, independiente de la tradición literaria, y a estos principios adaptó sus obras (v. tam­bién El error, La cesta), las cuales reflejan su carácter sereno y contemplativo. Restau­rador de la Academia florentina, rechazó los cargos y títulos que se le ofrecieron, con­siderándolos poco convenientes a la modestia de su estado; pero G. fue de verdad hom­bre de grandes méritos, amado y reveren­ciado por sus conciudadanos.

G. Musumarra