Gerhart Hauptmann

Nació en Obersalzbrunn (Breslau) el 15 de noviembre de 1862, y m. en Agnetendorf (Silesia) el 6 de junio de 1946. Escritor mundialmente célebre, de­dicóse, empero, al principio, a la escultura, y como escultor llegó a Italia después de un largo viaje marítimo descrito posterior­mente en La aventura de mi juventud [Das Abenteuer meiner Jugend 1937], con la se­creta intención de marchar luego a Grecia, meta ideal de cualquier alemán fascinado por el clasicismo; en Nápoles, empero, creyó haber hallado una abundancia de arte griego susceptible de justificar una estancia que luego continuó en Roma. Una enfermedad infecciosa indújole a regresar a Alemania; tras algunas tentativas inciertas en el campo épico-poético, advirtió su vocación de dra­maturgo bajo la influencia directa de los inspiradores del naturalismo alemán Arno Holz y Johannes Schlaf. El estreno de Antes de la aurora (1889, v.), que provocó inci­dentes y violentas discusiones, señala, en efecto, el triunfo del movimiento natura­lista, a algunos elementos típicos de cuyo teatro — el estudio del ambiente, el empleo de formas dialectales y la presentación de casos más o menos patológicos — permane­ció luego fiel H. en toda su producción, hasta los últimos tiempos.

El joven drama­turgo iba progresando de año en año y sus éxitos se sucedían. En Almas solitarias (1891, v.) ofreció el drama del hombre aislado en un pequeño ambiente burgués provinciano, mientras en Los tejedores (1892 v.), audaz obra dramática de masas que mereció incluso la aprobación de Tolstoi, dio lugar a una producción todavía hoy representada con fortuna, sobre todo en Rusia y en los escenarios de los teatros de izquierda. Volvió al drama de multitudes con Florian Geyer (1895, v.); pero el gran número de los personajes y aun la misma amplitud del episodio, que no permite cen­trarlo en torno a un protagonista, impidió el franco éxito de la obra. En cambio, man­tiene aún su vitalidad la comedia de am­biente La piel de castor (1893, v.), cuya protagonista es una astuta y simpática mujer del pueblo que logra inducir a error a cuantos la conocen, singularmente a quie­nes se juzgan superiores a ella. Motivos en el fondo vinculados todavía al naturalismo persisten en dos de los dramas de H. más logrados: El cochero Henschel (1898, v.), tragedia del hombre traicionado, y Rosa Bernd (1903, v.), que lo es de una infan­ticida.

Al mismo tiempo que estos temas netamente naturalistas el escritor silesiano iba desarrollando también otros de neta filiación simbolista; así, en La ascensión de Hannele (1893, v.), y todavía más en la famosa obra La campana sumergida (1896, v.), que consagró en todo el mundo la cele­bridad de H. y fue objeto de diversas adap­taciones musicales, entre ellas la del italiano Respighi. Constituye una característica del dramaturgo que nos ocupa el traslado a la escena o a las novelas de algunos aconteci­mientos de su vida, como, por ejemplo, el litigio matrimonial con su primera esposa y su posterior vínculo conyugal. Junto a la gran mole de sus creaciones teatrales figuran numerosos textos en prosa y poesía, algunos de los cuales no habrán de caer fácilmente en el olvido: así, Manuel Quint, el loco en Cristo (1910, v.) y El hereje de Soana (1918, v.). Hacia los últimos años de su existencia dedicóse con renovado interés al teatro griego, y llegó incluso a concretar una tetralogía sobre los Atridas (1941-44), en la que el antiguo mito cobra nuevas significaciones.

Una de sus postreras crea­ciones, en cambio, no fue precisamente una obra teatral, sino El gran sueño [Der grosse Traum, 1942], especie de «itinerarium» me­dieval, más bien hermético, inspirado en la Divina Comedia y escrito asimismo en ter­cetos. Póstumo apareció el drama Herbert Engelmann (1950) en la elaboración . escé­nica de Cari Zuckmayer; por otra parte, la novela incompleta Winckelmann (1954) fue ordenada y acabada por Frank Thiess. El anciano, que había preparado en secreto una obra dramática antinazi, Tinieblas [Die Finstemisse, 1943], no parecía destinado a la triste suerte reservada a los silesianos; pero antes de partir para el destierro Dios le concedió morir en aquella tierra que can­tara en sus dramas. Los restos mortales de H., empero, junto con los manuscritos y parte de sus libros y obras, fueron enviados, tras muchas dificultades, a la zona occiden­tal; el cadáver descansa ahora en Hiddensee, con un saquito lleno de tierra silesiana sobre el pecho y vestido con un hábito franciscano que el literato había llevado de Italia.

R. Paoli