Gédéon Tallemant des Réaux

Nació en La Rochelle el 2 de octubre de 1619 y murió en París el 10 de noviembre de 1692. Su padre, Pierre Tallemant, había contraído se­gundas nupcias con Marie de Rambouillet, perteneciente a la familia de los banqueros homónimos. Gédéon fue el primero de cin­co hijos. Protestantes acomodados, los Ta­llemant se trasladaron a Burdeos por moti­vos de negocios en 1623, y luego a París en 1634. El muchacho fue enviado al cole­gio, para que recibiera las enseñanzas con­sideradas entonces fundamentales en cual­quier «honnête homme»: el griego, el latín, el italiano y el español. Sin embargo, pronto se hizo notar por su inclinación al placer y a la galantería; él mismo narra con evi­dente complacencia sus hazañas amorosas, en las que inspiró mediocres versos, de acuerdo con el gusto de la época. El auto- retrato que nos ha dejado le revela ani­mado, inquieto y dado a la fantasía. Ter­minados los estudios, marchó a Italia en 1638, junto con dos hermanos suyos y el abate De Retz, el futuro cardenal, autor de las célebres Memorias (v.).

Compuso un diario de este viaje donde, además de las aventuras galantes, gustó de narrar una se­rie de hechos, reales o anecdóticos, muy propios de su manera de ser; algunas pági­nas referentes a Roma le muestran ya en pos de lo picante y original. Vuelto a París, estudió Leyes y empezó a relacionarse con los ambientes mundanos y preciosistas. Ne­góse resueltamente a acatar los deseos de su padre, quien le hubiera querido magis­trado, y, para alcanzar la independencia, se casó con su prima Elisabeth de Ramboui­llet en enero de 1646. El matrimonio, del cual nacieron tres hijas, parece haber sido feliz. En posesión de cierto bienestar eco­nómico, entregóse a una vida de epicúreo, que, sin embargo, no le llevó a descuidar la buena administración de sus bienes ni sus lecturas preferidas. Debió desinteresarse par­ticularmente por la literatura, y dio, en sus opiniones, prueba de gusto y de juicio se­guro. Una tragedia suya que permaneció manuscrita Œdipe, atestigua su vocación. La experiencia mundada ofrecióle un amplio campo de observación.

Fue uno de los frecuentadores más asiduos del Hôtel de Rambouillet, y acabó siendo el confidente de la célebre marquesa: la «chambre bleue» no tuvo ya secretos para él. Sus Historietas (v.) son una de las fuentes más seguras para la historia de la mencionada tertulia, en la cual Tallemant trabó amistad con los más ilustres personajes de cuantos figuraban entre los «habitués», y sobre todo con Voiture, Mé­nage, Conrart, Boisrobert, Scudéry y La Fontaine. Además de los «salons», le atra­jeron singularmente los medios teatrales; muy valiosos resultan sus noticias acerca de esta materia. Hacia 1657 inició la compo­sición de las Historiettes, con las cuales pre­tendía llevar a cabo una obra útil; en ellas anotó cuanto juzgó digno de mención, y procuró siempre decir la verdad. Trabajó en tal obra en el curso de varias épocas de su vida, por lo que el resultado fue un con­junto de textos dispares y fragmentarios, en el que figuran retratos, descripciones de ambientes, anécdotas y reflexiones, todo ello correspondiente a un largo período; el estilo es rápido y animado.

Al mismo tiempo, Tallemant iba documentándose para la composición de otra obra que pensaba escribir, las Mémoires sur la régence d’Anne d’Austriclne, que no han llegado hasta nosotros. Además, de­dicóse a preparar una edición de los tex­tos de Voiture, que no pudo publicar y le valió un proceso por parte de los editores precedentes. Hacia 1680 mantuvo una gran familiaridad con Ninon de Léñelos. Los últi­mos años de su vida, empero, no fueron se­renos, La persecución contra los protestan­tes, que culminó en la revocación del Edicto de Nantes, separóle de su hija Carlota, que prefirió la emigración a la abjuración; en cuanto a él, cedió, luego de una profunda crisis, a la insistencia del jesuita Rapin, amigo suyo, y se convirtió al catolicismo en julio de 1685, en tanto otros miembros de la familia se refugiaban en Inglaterra o bien eran perseguidos. Respecto de su siglo, la obra de Tallemant es lo que fuera en ciertos aspectos la de Brantôme con relación a la centuria anterior; en la de nuestro autor, empero, se advierte ya, por encima de la anécdota, el testimonio basado en la obser­vación de las costumbres y tendente, aunque de manera indirecta, a la historia.

G. Natoli