Takizawa Bakin

Conocido también por el seudónimo de Kyokutei Bakin, nació en Yedo (hoy Tokio), en el barrio Fukagawajen 1767, y murió en 1848. A los siete años de edad ingresó en la escuela de Koshiba Nagao, discípulo del calígrafo Mitsui Shinna (1700- 1782). Dos años después perdió a su padre, Okizō, intendente (karō) de una familia de barones. A los doce, dejada la escuela, em­pezó la carrera de las armas, que abandonó pronto al advertir su vocación por la lite­ratura. A la edad de quince años compuso un «haibun» (texto cómico), e ingresó en la escuela de Kikuan Gozen (m. 1787), uno de los maestros más célebres de aquel gé­nero; al mismo tiempo, entregábase por completo al estudio de los clásicos chinos y japoneses. En 1790, finalmente, se presentó a Kyōden, el novelista más famoso de la época, y pasó a ser discípulo suyo. El año siguiente publicaba ya su primer cuento: La farsa del que en más de veinte días derro­chó cuarenta «ryō» y quedóse con dos «bu» [Hatsuka amari ni shi-jū-ryō tsukai-hatas- hite nibu kyōgen], en la que firmaba «Taiei sanjin, alumno de Kyōden».

La narración refundía una farsa que precisamente enton­ces había sido representada, con gran éxito, en el Eidaiji, templo budista de Yedo, con motivo de la exposición de’ la estatua de Benzaiten; sin embargo, la fortuna se mos­tró menos favorable al cuento en cuestión, cuyo autor, temeroso de no poder alcanzar jamás la celebridad con la pluma, separóse de Kyōden e intentó encontrar una ocupa­ción en Kyōto. El viaje, empero, quedó inte­rrumpido en Kanegawa, donde permaneció durante cinco meses y ganóse la vida como adivino y maestro de caligrafía para los niños. Luego regresó a Yedo, en el preciso momento en que Kyōden acababa de cum­plir los cincuenta días de arresto a que ha­bía sido condenado por sus libros licencio­sos. Luego de haber publicado, esta vez con éxito, varios textos con el nombre del maes­tro, y después con el suyo, halló una colo­cación fija y satisfactoria en la librería Tsutaya, la misma que editaba las obras de Kyóden. En 1793 asumió el seudónimo bajo el cual suele conocérsele y contrajo matri­monio con Hyaku, mujer de treinta años viuda de un fabricante de calzados de ma­dera, de cuya familia pasó a formar parte.

Entonces, resuelto ya el problema de la exis­tencia material, pudo entregarse por com­pleto al estudio y a la actividad literaria. Como es natural, sus aficiones eran difíciles de conciliar con la vida de comerciante, y, así, tan pronto como pudo casó a una hija y puso el negocio en manos del yerno. En 1824 fue a vivir junto a su único hijo, Sōhaku, médico del «daimyō» (señor feudal) de Matsumae. Luego, al morir aquél en 1835, el literato se encontró a las puertas de la vejez con la nuera y el nieto a su cargo y sin más recursos que los procedentes de su trabajo de escritor. En 1837, y en oca­sión de su septuagésimo aniversario, pro­movió, aconsejado por su editor, reuniones públicas de literatos y pintores (shogwak- wai) en las que unos y otros, a petición de los visitantes, ofrecían demostraciones de su arte y recibían regalos de éstos. Con los ingresos procedentes de tales sesiones y de la venta de sus libros pudo juntar los aho­rros suficientes para adquirir la patente de «gokenin» (samurai al servicio del shógun); luego siguió escribiendo y se dedicó a la formación del nieto en su nueva casa del barrio de Yotsuya.

En 1841 perdió a la es­posa; ya el año anterior, él destino se había cebado en él duramente con la ceguera. El indómito anciano, sin embargo, no se dejó abatir, antes bien, cual nuevo Milton, prosiguió su labor dictando a la nuera, O. Miki. Respecto de ello él mismo cuenta, en su biografía añadida como apéndice al Nansō Satomi Hakkenden (v.), la aflición y los apuros por que hubieron de pasar él y la nuera, que no conocía los caracteres chi­nos y lloraba a menudo su incapacidad; la compasión a que ello le movía era tan grande que más de una vez estuvo a punto de abandonarlo todo para no ocasionarle pena. Al final, empero, con paciencia infi­nita, y corrigiéndola y dándole ánimos, pudo llevar a cabo el Hakkenden, la producción que consideraba su obra maestra y en la cual trabajara por espacio de veintiocho años. Nuestro autor compuso, además, unos doscientos veinte textos, casi todos ellos novelas, algunas muy voluminosas (v. Chinsetsu Yumi-Hari Zuki). Murió a los ochenta y un años, y está enterrado en el cemen­terio de Shinkōji, templo budista de Tokio.

M. Muccioli