Charles-Maurice de Talleyrand, duque de Périgord

Nació el 2 de febrero de 1754 en París, donde murió el 17 de mayo de 1838. Hijo de una familia antigua y noble, como fuera segundón y, además, cojo, a conse­cuencia de una caída que ¡sufrió durante su niñez, viose inclinado, sin vocación, al sacer­docio. Y así, frecuentó primeramente el co­legio de Harcourt, y luego, a partir de 1770, el seminario de Saint-Sulpice. Subdiácono en 1775, sacerdote en 1779, y en 1789 obispo de Autun, participó como tal en los Estados Generales. En 1791 abandonó la curia en favor de la administración del departamento del Sena; su Rapport sur l’instruction pu­blique, leído aquel mismo año en la Asam­blea Constituyente, reveló su gran capacidad política. En 1792 fue enviado con una mi­sión a Inglaterra, donde obtuvo la certeza de la neutralidad de este país; la documentación sobre las negociaciones correspon­dientes se encuentra en Mémoire sur les rapports actuels de la France avec les autres États de l’Europe (1792). El predominio de los jacobinos le mantuvo en Londres hasta 1794, año en que fue expulsado como pró­fugo sospechoso y se dirigió a los Estados Unidos, país donde estuvo ocupado en via­jes y negocios. En 1796 pudo regresar a París.

Gracias a la amistad con Barras y Mme. de Staël, llegó en 1797 a ministro de Negocios Extranjeros. Mediante su Essai sur les avantages à retirer des colonies nou­velles dans les circonstances présentes (1795) favoreció la expedición a Egipto y mereció la confianza de Bonaparte, de quien, a par­tir de entonces, se convirtió en sospechoso pero siempre apreciado consejero. Ministro de Negocios Extranjeros de Napoleón tras el golpe de estado, cooperó en la reconcilia­ción con la Iglesia, y logró para sí la secu­larización. En 1803 contrajo matrimonio con una dama divorciada, de la cual habría de separarse en 1815. Obtenido el cargo de gran chambelán en 1804 y el principado de Benevento dos años después, abandonó en 1807 el ministerio y fue nombrado vice-gran elector y archicanciller. Una acción personal cerca del zar Alejandro en el curso del convenio de Erfurt (1808) y las infortu­nadas vicisitudes de la guerra de España le pusieron en conflicto con el Emperador. Sin embargo, al cabo de cinco años éste le ofre­ció de nuevo el Ministerio de Negocios Ex­tranjeros, que Talleyrand no aceptó, por cuanto veía claramente la proximidad de la catástrofe.

Jefe del gobierno provisional en 1814, con­vocó el Senado para proclamar el fin del período napoleónico, y logró convencer a los aliados de la necesidad del retorno de los Borbones, por lo cual recibió de Luis XVIII los títulos de par y duque de Périgord, así como la misma cartera ministerial que le fuera confiada en el régimen anterior. El Congreso de Viena presenció el triunfo de su habilidad diplomática. La restauración de .la monarquía permitióle tratar, en nom­bre de Francia, en pie de igualdad con los vencedores, y obtener la reintegración de las antiguas fronteras del reino. Llegado al trono Luis Felipe (1830), Talleyrand aceptó el nom­bramiento de embajador en Inglaterra, don­de promovió la cuádruple alianza liberal de 1834. Luego retiróse de la política, y pro­siguió en Valengay la composición de las Memorias (v.), iniciadas en 1811 y publi­cadas póstumas, en 1891-92, por el duque de Broglie. Poco antes de morir, en su palacio parisiense de la Rué St. Florentin, firmó la ya preparada retractación de los actos de su vida que habían sido condenados por la Iglesia.

Talleyrand fue una de las principales figuras de la diplomacia europea durante el imperio napoleónico y la Restauración. Su falta de escrúpulos, que le aseguró la ri­queza y el poder y satisfizo algunas veces su intensa afición a la intriga, respondió, en verdad, a una conciencia penetrante de la realidad histórica, de innegable utilidad para Francia. En su testamento escribió: «Jamás he abandonado a nadie que no se hubiera ya perdido por sí mismo». Ésta es la justificación, y, al mismo tiempo, la limi­tación de la excepcional habilidad con que supo aprovechar los acontecimientos sin dejar impreso en ellos el sello de un ideal superior.

P. Onnis