Gabriele D’Annunzio

Nació en Pescara el 12 de marzo de 1863 y murió en Gardone el 1. ° del mismo mes de 1938. El apellido de su familia era Rapagnetta; sin embargo, el padre, adoptado por un tío llamado D’Annunzio, asumió el de éste.

En vista de las dotes vislumbradas en el muchacho, su pro­genitor procuró darle una buena formación literaria. D’Annunzio logró su primera notoriedad con el librito de poesías Primo vere (v.), influido por Carducci y publicado a ins­tancias de su padre (1879); el contenido sensualista de esta obra fijaba una de las características de nuestro autor, mantenida a través de toda su obra.

El Canto nuevo (1882, v.) elevó a D’Annunzio a la categoría de jefe de escuela. En 1881, terminada la ense­ñanza secundaria, el muchacho se traslada a Roma, donde se introduce en un propi­cio ambiente de editores y periodistas, así como también en el gran mundo. Aunque matizada de esnobismo, esta conquista de los círculos aristocráticos y hasta la huida y boda con la duquesita Maria Hardouin di Gállese (1883) reflejaban el desarrollo de su innata sensualidad y, en parte, la asi­milación del decadentismo europeo.

En este aspecto adquieren un relieve algo más que biográfico sus duelos, procesos, crónicas mundanas en los periódicos y clamorosas polémicas literarias, entre las que destaca (1883) la celebérrima sobre la honestidad en el arte (iniciada por Chiarini, quien de­nunciaba entonces por ofensa al pudor a Intermezzo de rimas, v.).

Con mayor sen­satez iba desarrollándose la historia interna del autor, que, si bien reconocía como pun­to de partida el Canto nuevo, tendía a un naturalismo lleno de preocupaciones éticas y sociales. Hasta cierto punto, se ha inten­tado buscar una confirmación a estas últi­mas en los aspectos privados del D’Annunzio hom­bre, que parece no olvidar nunca por com­pleto a su madre, su esposa y sus hijos, pero es alejado irremisiblemente de tales afectos por un rosario de amantes: Elvira Leoni, la condesa Maria Anguissola, Eleo­nora Duse, la marquesa Alessandra Carlotti di Rudini, la condesa Giuseppina Mancini, la condesa Natalia Golubéva y la pianista Luisa Báccara.

Empezando ya por su pro­pia mujer, todas ellas fueron personas de alta categoría; D’Annunzio las amó, sucesivamente, sin términos medios, y conservó para las amantes de ayer una especie de infiel fide­lidad. Con todo, esta fase de la vida del escritor fue desarrollándose en torno al equí­voco fundamental de una sensibilidad que trataba de aparecer en el arte tras la pan­talla del juicio moral que contra sí misma iba estableciendo, y todo ello bajo un ple­no abandono a la languidez sensual, ya en la figura de las mujeres amadas o en la de los bellos paisajes que, de mero fondo de las situaciones, pasaban a veces a verda­deros protagonistas.

Así ocurre con aspec­tos distintos tanto en las obras narrativas, El placer (1889, v.), El inocente (1892, v.), Triunfo de la Muerte (1894, v.), etc., como en las colecciones de versos, Isaotta Guttadauro (1886, v.), La Quimera (1890, v.), Las elegías romanas (1892, v.), Poema paradisíaco (1893, v.). Se trata siempre de tex­tos de capciosa introspección moral y psico­lógica. De esta suerte, puede comprenderse la importancia del encuentro en 1892 de D’Annunzio con Nietzsche, el poeta-filósofo autor de Así hablaba Zarathustra (v.).

La doctrina del Superhombre parece una teoría desti­nada precisamente a justificar la vida privada del personaje que nos ocupa; sin em­bargo, su verdadera trascendencia es la de éste en canto escritor: en tal aspecto pudo hallar la base para rechazar en sus futuras creaciones los impedimentos morales y psi­cológicos que hasta entonces había inten­tado no contrariar.

Empieza así una nueva serie de escritos, especie de segunda juven­tud: novelas como Las vírgenes de las ro­cas (1895, v.) y El fuego (1900, v.); dramas y tragedias cual La ciudad muerta (1898, v.), La Gioconda (1899, v.), Francesca da Rimini (1901, v.) y La hija de lorio (1904, v.); y, singularmente, poesías, entre las que figura la mayor obra poética del autor, o sea los tres libros iniciales de las Laudas del cielo, del mar, de la tierra y de los héroes (1903-04, v.), en el primero de los cuales aparece más explícito que en parte alguna el mensaje-poema del Superhombre, la Laus vitae (v.). Sin embargo, en todas estas pro­ducciones, la poesía más íntima se halla en los momentos en que la celebración dionisíaca cede el paso a un tono más cortés y moderado; así, por ejemplo, las Laudas culminan poéticamente en el libro III, Al­ción (v.), tregua de la doctrina citada.

Por aquel entonces, no obstante, la sensualidad dannunziana no era ya la de los veinte años, de carácter fisiológico; antes bien, solía con­vertirse en una melodía melancólicamente suave, tendencia que en el decenio siguien­te, y entre las fatigadas repeticiones de los viejos temas energéticos y orgiásticamente sensuales (La nave, 1908, v.; Fedra, 1909, v.; etc.), desembocará progresivamente en la tercera juventud — según expresión del propio autor — de su arte. Se trata ahora de un grupo de obras en las que la sensua­lidad se convierte en instrumento para el conocimiento del mundo y del mismo indi­viduo: la novela Quizás sí, quizás no (1910. v.) y las páginas de divagación y recuerdo reunidas en Contemplación de la muerte (1912, v.), La Leda sin cisne (1913, v.), Las chispas del mallo (1911 – 14, v.), Licencia (1916, v.), Nocturno (1921, v.), etc.

El éxito del autor se halla vinculado no sólo al va­lor intrínseco de su producción, sino tam­bién al escándalo provocado por la novedad de ésta y por la vida privada de D’Annunzio, cuyos ecos es fácil reconocer en tales obras. La celebridad del poeta cruzó las fronteras de su patria; en París fueron representa­das con gran aparato de música, escenarios e intérpretes las composiciones que escribió en francés (El martirio de San Sebastián, 1911, v.; La Pisanella, 1913, v.).

La Gue­rra Europea llevó al primer plano de los intereses dannunzianos una vocación «polí­tica», ya latente desde largo tiempo, como revelan algunos de los textos juveniles del autor (La armada de Italia, 1888). La expe­riencia del Superhombre había logrado arro­llar el moralismo de entre los temas de su arte, pero sus energías tendían a reforzar el aspecto civil de D’Annunzio; de ahí su aquies­cencia al nombramiento de diputado (1897 y las poesías patrióticas de Electra (1904, v.) y Mérope (1912, v.).

Durante el primer conflicto bélico mundial actuó en favor de la intervención de Italia en la guerra, fue sol­dado a los cincuenta años, intervino en ac­ciones militares y compuso algunos discur­sos y poesías vinculados a las vicisitudes de la conflagración (Por la Italia más grande, 1915, v.; El desquite, 1918, v.; Cantos de la guerra latina, 1914-18, v.; etc.). Ter­minado el conflicto, y ante el pasmo de Versalles, ocupó Fiume con un grupo de sol­dados italianos.

Al irrumpir el fascismo, se había retirado ya a su villa «II Vittoriale», cerca de Gardone, donde encontró den­tro de sí la profunda calma y silencio que siempre, y a pesar de tanta agitación, cons­tituyera su verdadera vida. En las Cien y cien y cien y cien páginas del libro de G. D’Annunzio… (1935, v.) deben buscarse los últimos acentos poéticos del viejo autor.

E. De Michelis