Friedrich Wilhelm Joseph Schelling

Nació en Leonberg (Württemberg) el 27 de enero de 1775 y murió el 20 de agosto de 1854 en Ragatz (Suiza). El padre, teólogo y orien­talista, le hizo estudiar durante su infancia en Bebenhausen, donde el joven frecuentó primeramente la escuela popular y luego el instituto; concluyó la segunda enseñanza en Nürtingen. Gracias a su extraordinaria pre­cocidad, su padre pudo obtenerle una dis­pensa especial que le permitiera iniciar los estudios universitarios, emprendidos por Schelling en Tubinga en 1790, cuando contaba apenas quince años. Distinguióse rápidamente por la agilidad de su talento y los brillantes éxitos conseguidos en los exámenes; el mis­mo duque Carlos quiso felicitarle en oca­sión de cierta ceremonia. Como toda la ju­ventud estudiosa de la época, Schelling sintióse profundamente conmovido por la Revolu­ción francesa; se le atribuye incluso una traducción alemana de La Marsellesa, cir­cunstancia que indujo al duque a adoptar severas medidas contra el joven. Ante todo sintióse inclinado hacia la Teología; estu­dió, inicialmente, las lenguas semíticas, dedi­cóse a la exégesis bíblica, y, con el texto Antiquissimi de prima malorum origine philosophematis tentamen criticum (1792), al­canzó el título de «magister» Asimismo en Tubinga, trabó amistad con Hölderlin y Hegel, ambos cinco años mayores.

Luego empezó a profundizar sus estudios filosóficos; leyó primeramente en francés a Léibniz, Clarke y Nqwton, y más tarde conoció la ideología de Spinoza, Kant y Fichte. La acusada influencia de este último determinó la orientación de su obras iniciales: El yo como principio de la filosofía o lo absoluto en el conocimiento humano [Vom Ich als Prinzip der Philosophie oder über das Un­bedingte im menschlichen Wissen, 1795], Cartas filosóficas sobre el dogmatismo y el criticismo [Philosophische Briefe über Dog­matismus und Kritizismus, 1796], etc. En 1795 doctoróse en Filosofía. Terminados los estudios, y deseoso de librarse del sofocante ambiente cultural de Tubinga, marchó a Leipzig como preceptor de los dos hijos del barón Riedesel; en esta ciudad pudo cono­cer personalmente a Schiller. Allí perma­neció hasta 1798; por aquel entonces apa­recieron sus obras Ideas para una filosofía de la naturaleza (1797, v.) y Del alma del mundo (1798, v.), en los que se advierte un intento de superación de la ideología de Fichte en la cual se formara Schelling. Tales textos fueron favorablemente considerados por el mismo Goethe, con quien empezó a relacionarse el autor en mayo de 1798.

Re­suelto el joven filósofo al ejercicio de la profesión docente, vio fracasar, empero, el proyecto de su padre, quien había inten­tado obtenerle una cátedra en Tubinga para tenerle cerca. Prosperaron, en cambio, las intervenciones de Fichte y Goethe, y, así, el 5 de julio de 1798 Schelling recibía el nombra­miento de profesor extraordinario de la Universidad de Jena. Mientras tanto, interesado en la elaboración de una filosofía, había marchado a Leipzig, donde estudió Medi­cina, Matemáticas y Física con Hindenburg. En Jena estableció contacto con el círculo romántico al que pertenecían Novalis, Tieck, Steffens y los hermanos Schlegel, y conoció de esta suerte a Caroline Schlegel, esposa de August, con la cual contraería matrimo­nio algunos años después. Durante esta épo­ca desarrolló una prodigiosa actividad; defi­nitivamente libre de la tutela de Fichte, sentíase inducido a la determinación de una naturaleza que no fuera solamente «ob­jeto» del espíritu, antes bien, encerrara ya en sí misma una posibilidad espiritual. En marzo de 1800 publicó Sistema del idealismo trascendental (v.), que es la obra más orgá­nica de Schelling y transforma la filosofía de la naturaleza en filosofía del arte; el año si­guiente apareció, incompleta, Exposición de mi sistema (v.), y en 1802 vieron la luz Bruno (v.) y Lecciones sobre el método de los estudios académicos (v.).

En Jena vio de nuevo a Hegel, quien había llegado allí para obtener la habilitación docente, y con él fundó el Kritisches Journal des Philosophie. En el curso de este período la fama de Schelling llegó a su punto culminante; Goethe ratificóle su admiración, los científicos y filosófos acogían por doquier, con entusias­mo, sus concepciones, y la Facultad de Me­dicina de la Universidad de Landshut nom­bróle doctor honorario. En junio de 1803 unióse a Caroline Schlegel, doce años ma­yor, la cual, mientras tanto, había obtenido el divorcio. Debido a un complejo de motivos polémicos en el que figuraban también las críticas y habladurías acerca de su unión con la esposa de un amigo, Schelling resolvió salir de Jena y aceptó una cátedra en la Universidad bávara de Würzburg; allí pu­blicó en 1804 el texto Filosofía y religión (v.), en el que señala el tránsito a la nueva concepción teosófica surgida de la compro­bación de que todo cuanto hay de irracional en la naturaleza y en la historia es testimo­nio de una «caída» que exige reparación. Sin embargo, el ambiente católico de la ciu­dad dificultó la labor de Schelling, quien muy pronto viose envuelto en sospechas y odios.

A causa de ello se trasladó en 1806 a Mu­nich, donde fue nombrado primeramente secretario y luego presidente de la Acade­mia de Ciencias. Por aquel entonces rompió definitivamente sus relaciones con Fichte y, después, con Hegel; esta última ruptura parece haber sido motivada por los celos respecto de su viejo amigo, cuya filosofía, de la cual Schelling considerábase creador, iba difundiéndose por Alemania. En el trans­curso de estos años profundizó su orienta­ción filosófica a través de nuevos textos, como Filosofía de la mitología (v.) y Filo­sofía de la Revelación (v.). Fallecida Ca­roline en septiembre de 1809, contrajo ma­trimonio tres años después con Paulina Gotter, de la cual tuvo seis hijos. Mientras tanto, había roto asimismo sus relaciones con Jacobi, quien hostilizara la filosofía de la unidad. En 1821 reanudó temporalmente la enseñanza e ingresó en la Universidad de Erlangen, donde contó entre sus oyentes a Schubert y Platen. Vuelto a Munich en 1823, conoció un prestigio todavía mayor tras el advenimiento de Luis I de Baviera, quien le confió la formación filosófica del príncipe Maximiliano.

La mejor inspiración de Schelling, empero, habíase ya agotado, y, así, el filósofo sólo de vez en cuando interrum­pía su silencio con algunos discursos aca­démicos. En el verano de 1829 tuvo lugar su último encuentro casual con Hegel, quien experimentó a causa de ello una sincera alegría. Sin embargo, la antigua amistad entre ambos no pudo ser restablecida: a Schelling le molestaba la fama del amigo rival, al que en el curso de todos aquellos años había procurado desacreditar de cualquier forma posible, a veces incluso mediante la más vulgar maledicencia; en su correspon­dencia con Cousin, admirador tanto de Schelling como de Hegel, intentó continuamente re­bajar al colega. Fallecido este último en 1831, trató de ocupar su cátedra de Berlín; con todo, no pudo satisfacer su aspiración hasta 1840, cuando subió al trono Federico Guillermo IV y la escuela hegeliana inicia­ba, con Strauss y Feuerbach, su propia disolución crítica. Schelling empezó su labor do­cente en Berlín en 1841; las aulas más am­plias no podían admitir por completo al numeroso auditorio, en el cual figuraban hombres como Savigny, Lichtenstein y Stef­fens.

Fatalmente, empero, la oposición del filósofo a Hegel acabaría por chocar con los hegelianos, cuyo núcleo más compacto se hallaba precisamente en la capital ber­linesa; en semejantes circunstancias, incluso personajes de escaso valor aprovecharon la ocasión para lanzarse contra Schelling, por lo me­nos a fin de obtener cierto brillo de las divergencias con tan famoso adversario. Tras una serie de ásperas diatribas que culminaron en el clamoroso litigio con Pau­lus, un antiguo colega de Würzburg, Schelling abandonó la enseñanza y siguió trabajando en la paz doméstica, animada por las visitas de amigos como Steffens, los dos Grimm, Ranke, etc. De vez en cuando interrumpía la monotonía de esta vida con algunos via­jes; y así, en 1853 pudo ver de nuevo a su real discípulo Maximiliano II de Baviera. Después de su muerte le fue erigido en Mu­nich un monumento, y se dio su nombre a una calle de Berlín.

R. Fabietti