Nació en Wesselburen (Holstein danés) el 18 de marzo de 1813, y m. en Viena el 13 de diciembre de 1863. Hijo de una familia humilde y muy pobre, conoció una infancia desgraciada no sólo a causa de la miseria, sino también por la severidad de su padre. Huérfano a los catorce años, hubo de emplearse como escribiente parroquial, ocupación que ejerció hasta los veintidós. Entonces, enviados a una revista de Hamburgo sus primeros textos, logró interesar a una mediocre escritora, Amalia Schoppe, quien reunió dinero para que el joven poeta autodidacto pudiera estudiar en la ciudad; y así, en 1835 abandonó Wesselburen y marchó a Hamburgo, entregóse tenazmente al estudio para conseguir su admisión en la Universidad y empezó sus Diarios (v.), que luego habría de continuar a lo largo de toda su vida.
Conoció a una pobre bordadora ocho años mayor que él, Elise Lensing, que le amó con pasión y ayudó materialmente; H., empero, reacio a cualquier vínculo, afanoso de libertad y lucha y presa de un tormento que le enfrentaba a todo el mundo, no correspondió por completo a este afecto. En él iba apareciendo ya la intuición trágica de la vida a la cual se halla vinculada la inspiración de sus dramas. En 1836 marchó a Heidelberg con la intención de frecuentar la Facultad de Leyes local; sin embargo, los ahorros que Elise le enviaba no bastaban para su manutención. Buscó una ocupación literaria en Munich; pero también aquí hubo de enfrentarse con la miseria, consolado apenas por el amor de una joven del pueblo, hija del carpintero dueño de la casa donde habitaba; de esta muchacha y del ambiente circundante habría de reproducir más tarde algunas características en María Magdalena (v.).
Sin embargo, tampoco le aplacó tal sentimiento, puesto que en la mujer no llegaba a ver todavía sino un medio para el conocimiento de sí mismo; sólo posteriormente, en los dramas, empezó a creerla susceptible de vengarse de estas ofensas, y creó de tal suerte sus extraordinarias figuras femeninas, que son, en el fondo, proyecciones autobiográficas invertidas. Vuelto en 1839 a Hamburgo, escribió Judit (v.), obra que, representada en Berlín, diole cierta fama, pero no la riqueza. Subsistían mientras tanto sus relaciones con Elise, de las cuales nació un hijo; H., empero, amaba a otra mujer. Después de su segundo drama, Genoveva (v.), en 1842 recibió del rey de Dinamarca una subvención de viaje de 600 táleros, y el año siguiente marchó a París, donde conoció a Heine; sin embargo, nada recibió ni aprendió de Francia. Aquí escribió María Magdalena, que fue representada en Leipzig y le valió la celebridad. Muerdo, entretanto, el primer hijo de Elise, no tardó en llegar otro.
Desde París se dirigió H. a Italia, donde pasó, sin fruto alguno, todo un año en Roma (1844-45). Moloch (v.), empezado aquí, permaneció incompleto. De Italia marchó a Viena, y en esta ciudad, finalmente, la peregrinación del dramaturgo conoció un descanso, en parte gracias a su matrimonio con la gran actriz Christine Enghaus, óptima intérprete de sus dramas. Los primeros tiempos de esta unión se vieron perturbados por ciertas dificultades: la muerte de un hijo de pocos meses y, sobre todo, las recriminaciones de Elise, que mientras tanto había perdido el segundo fruto de su amor. El tacto de Christine logró resolver esta última cuestión: invitada Elise a Viena, entabló amistad con ella, y durante algún tiempo los tres vivieron juntos y en armonía; luego, Elise regresó a Hamburgo, donde murió en 1854. Tras el nacimiento de una niña, H. encontró, finalmente, la serenidad.
Sus últimos años fueron los menos agitados de su existencia, y durante ellos disfrutó de los afectos familiares, la celebridad y la tranquilidad económica, poseyó una casita de campo, tuvo trabajo abundante y grato, y escribió Agnes Bernauer (v.), Giges y su anillo (v.) y la trilogía Los Nibelungos (v.). Sin embargo, las privaciones de la juventud habían dejado huella en su organismo; y así, una enfermedad medular llevóle precozmente a la tumba. Los datos biográficos de este poeta revelan su carácter inquieto, altivo y encerrado en un egoísmo sin límites que le enfrentó con el ambiente circundante; el drama, pues, era la única forma del arte mediante la cual podía descargar la extremada tensión de su espíritu. Entre el escritor y las figuras de su mundo artístico existe una suprema trabazón lógica; él mismo fue la primera víctima de la concepción trágica de la vida, y su destino humano resultó casi el de uno de sus propios personajes. Aun cuando no adscrito a ninguna escuela, y a pesar de la aparente relación de su tragedia burguesa María Magdalena con la poética realista, en H. se da todavía, en definitiva, todo el romanticismo alemán, con sus ideas y pasiones.
V. M. Villa

