Nació el 22 de octubre de 1811 en Raiding (Hungría) y murió el 31 de julio de 1886 en Bayreuth. Es una de las figuras más complejas y problemáticas de la historia de la música. Indiscutible maestro del teclado, descubridor de nuevas sonoridades pianísticas y de otros horizontes formales en todos los campos de la composición musical; generoso protector de músicos jóvenes y prometedores, ha sido, en cambio, menospreciado o incluso rechazado por muchos en cuanto compositor. Su obra, en efecto, resulta desconcertante a causa de sus incoherencias y desigualdades; con todo, objetivamente no se le pueden negar un sello genial y una poderosa fantasía Su vida artística suele dividirse en tres periodos: el primero de ellos, con una actividad preferentemente pianística, llega hasta 1847 poco más o menos, y tiene su centro en París, el segundo, que es también el de las principales experiencias sinfónicas, abarca desde aquel año hasta 1861 aproximadamente, y gira en torno a Weimar; el último aparece caracterizado por el influjo religioso y señalado por frecuentes estancias en Roma.
Hijo de Adam, contable del príncipe Esterházy y buen amante de la música, y de la austríaca Ana Lager, recibió de su padre las primeras enseñanzas musicales. Sus progresos fueron sorprendentes: a los nueve años dio su primer concierto de piano en Oldenburg; luego tocó en Presburgo, donde recibió de algunos magnates húngaros una beca para seis años de estudios. En 1821 marchó con su padre a Viena, y allí estudió piano con Czerny y composición con Salieri; en esta misma ciudad presentóse públicamente como virtuoso, y tuvo la gran fortuna de conocer a Beethoven, quien asistió a un concierto suyo y, según una dudosa afirmación de Schindler, subió al escenario para abrazarle. En 1823 padre e hijo salieron de Viena y fueron a París, donde, impedido al joven músico su ingreso en el Conservatorio (dirigido por Cherubini) por su condición de extranjero, Liszt estudió composición privadamente con Paër y luego con Reicha. Mientras tanto, el muchacho prosiguió su actividad de concertista en varias ciudades de Francia e Inglaterra. Apenas cumplidos los catorce años, ofreció su primera y única Ópera con Don Sanche ou le Château d’Amour, representada en 1825 en el Teatro de la ópera.
En 1826 publicó los Estudios para piano en doce ejercicios, primer esbozo de los Estudios de ejecución trascendentes (v. Estudios para piano), que aparecerían posteriormente. Entre él y su alumna Caroline de Saint-Crig nació un idilio puro, que, sin embargo, el padre de la joven truncó por completo; ello afectó profundamente a los dos: Liszt cayó enfermo y conoció una crisis de melancólico misticismo, de la que salió lentamente gracias a la lectura de poetas y pensadores. Luego el músico viosé conmovido por la revolución de julio de 1830 (esbozó entonces una Sinfonía revolucionaria, el principio de la cual desarrolló años después en el poema sinfónico Héroïde funèbre), y cada vez más próximo a las pasiones del Romanticismo, abrió su ánimo a nuevas curiosidades y entusiasmos. Importantes resultaron para él las influencias de Berlioz y Paganini en el ámbito musical (del primero transcribió la Sinfonía fantástica, y del segundo los Caprichos), así como las del sansimoniano padre Enfantin y Lamennais en el del pensamiento. En 1833, junto a la condesa Adèle Laprunarède, conoció a otra condesa. Marie d’Agoult, y a George Sand. Con la primera sostuvo una larga y célebre relación intelectual y sentimental.
Ambos vivieron de manera fija en París, pero viajaron por Saboya, Suiza e Italia; de su unión nacieron tres hijos: Daniel, Blandine y Cósima, los dos primeros fallecidos todavía muy jóvenes, y la tercera, llegada al mundo en 1838 en Bellagio, futura esposa de Bülow y, luego, de Wagner. Su trato con George Sand dependió sobre todo de las relaciones de ésta con Chopin, que fue amigo de Liszt. Por aquel entonces compuso entre otras obras la primera serie del repertorio pianístico Años de peregrinación (v.), parte de la segunda (Italia; por ej., la Fantasía sobre una lectura de Dante) y los Estudios de ejecución trascendentes. Durante los años siguientes dio conciertos en varios lugares; en Leipzig encontró a Mendelsshon y a los esposos Schumann. En 1839 tuvo efecto su primera estancia en Roma, que empezó a ser fuente de inspiraciones diversas para su temperamento contemplativo y místico. En 1844 separóse de la condesa D’Agoult; causa ocasional de ello fue la novela de ésta, Nélida, en la cual aparece la autora bajo el nombre de la protagonista, y Liszt es encarnado por el pintor Guermann Regnier. El año siguiente llevó a cabo un viaje por España y Portugal, y luego estuvo en Bonn, donde participó como compositor e intérprete en la inauguración del monumento a Beethoven, al que había contribuido también económicamente.
En 1847 conoció en Kiew a la princesa Carolina de Sayn-Wittgenstein; empezó entonces una nueva unión sentimental e intelectual, singularmente fecunda para la evolución íntima del músico. La dama separóse de su marido y marchó con Liszt a Weimar, donde éste fue, durante el decenio 1848-1858 «Kapellmeister» (director del teatro) y director musical de la corte. Tal período resultó uno de los más espléndidos y hasta cierto punto el más complejo de su actividad artística; en su transcurso desarrolló en grado sumo la labor que bien cabría denominar de apostolado musical, o sea la valoración de las energías de la música en cuya vitalidad creía. Para ello empezó, como se sabe, por estudiar la obra de Wagner, a quien encontró por vez primera en París en 1841, y a la obra del cual dedicóse hasta el fin de sus días: en 1850 dirigió en Weimar la representación inicial de Lohengrin, y luego otras de Tannhauser y El barco fantasma. Entre los restantes autores cuyas óperas y piezas de concierto interpretó cabe mencionar a Berlioz, Schumann, Mendelssohn, Verdi, Donizetti y Cornelius; la dirección de El barbero de Bagdad, el 15 de diciembre de 1858, fue la causa de su retiro: el ambiente musical le disgustó. Como compositor, además, desarrolló por aquel entonces su concepción formal y sinfónica de la cual surgieron la mayoría de los Poemas sinfónicos (v.), la Sinfonía Dante (v.) y la Sinfonía Fausto (v.), así como la Sonatz para piano en «si menor» (v.), los Conciertos para piano y orquesta, la Misa de Gran, etcétera.
Tampoco disminuyó durante aquellos años su actividad como profesor de piano, que dio lugar a la formación de pianistas como Bülow, Tausing y Klindworth. El final de la fase de Weimar coincidió con el principio de la etapa decisiva en las relaciones de Liszt con la princesa de Wittgenstein, que determinaría la postrera orientación de su vida. Las gestiones llevadas a cabo por aquélla en Roma en 1860-61 para la anulación de su matrimonio con el príncipe tropezaron, en efecto, con dificultades. Liszt, que había marchado a la Ciudad Eterna en octubre de 1861 al acercarse la fecha fijada para la boda, establecióse allí de manera fija; y así, envuelto en el ambiente de la capital del catolicismo, viose decisivamente impulsado hacia las tendencias místicas manifestadas en él ya desde su juventud. De esta suerte, y aun cuando en marzo de 1864 la muerte del príncipe de Sayn-Wittgenstein suprimiera todos los obstáculos que impedían el matrimonio de Liszt con la princesa, la unión no llegó a realizarse; más aún, en abril de 1865 el músico recibió las órdenes sagradas. Durante los años siguientes Roma fue el centro principal de la vida espiritual del compositor y de sus inspiraciones musicales, en gran parte de carácter religioso o por lo menos contemplativo; basta recordar los dos oratorios Die Legende der heiligen Elisabeth (v. Historia de Santa Isabel de Hungría) y Cristo (v.), los Salmos, el Requiem y composiciones para piano como La leyenda de San Francisco de, Asís predicando a los pájaros (v.), La leyenda de San Francisco de Paula caminando sobre las olas (v.) y la tercera serie de Años de peregrinación.
Volvió todavía con frecuencia a Weimar, y, a partir de 1873, marchó cada año a Budapest a dirigir en el curso de un trimestre el Conservatorio, al que acabó dando una orientación más alemana que húngara, lo cual le atrajo las críticas de algunos nacionalistas. Con todo, no puede olvidarse cuán intensamente infundiera el espíritu magiar en su música, no sólo en las famosas Rapsodias húngaras (v.), de las cuales quince fueron compuestas entre 1840 y 1853 y cuatro en 1880, sino asimismo en La leyenda de Santa Isabel, la Misa húngara de la coronación, el poema sinfónico Hungaria y otras composiciones. En la producción de Liszt cabe mencionar también las publicaciones literarias, entre ellas Acerca de los zíngaros y su música en Hungría (v.), y los ensayos sobre Chopin, Robert Franz y las obras de Wagner Lohengrin y Tannhàuser. A este último autor consagró, en realidad, los últimos años de su existencia. En 1886, tras un largo viaje durante el cual asistió a conmemoraciones de su propio septuagésimoquinto aniversario, quiso, aun cuando ya enfermo y fatigado, presenciar en Bayreuth las representaciones de Parsifal y Tristan, y allí murió y fue sepultado.
F. Fano

