Francois-Marie Arouet Voltaire

(Adoptó el seudónimo en 1718). Nació el 21 de noviembre de 1694 en París, donde murió el 30 de mayo de 1778. Hijo de un rico notario no carente de relaciones con la alta noble­za, fue brillante alumno de los jesuítas en el colegio «Louis le Grand» durante el pe­ríodo 1704-1710; por aquel entonces trabó amistades que mantendría siempre (D’Argental, Cideville, los hermanos D’Argenson) y le reportarían de varias maneras consi­derables ventajas. Destinado por su padre a la carrera jurídica, tomóse el estudio y la ocupación con escaso interés. Mucho más le atraían la sociedad libertina y la vida del gran mundo; a causa de ello, pronto em­pezó a componer versos y a buscar el éxito. Su padrino, el abate de Cháteauneuf, introdújole en los círculos sociales del Temple, junto al gran prior y al mariscal de Ven­dóme; allí completó, en realidad, su for­mación.

Con el embajador marqués de Cháteauneuf, estuvo algún tiempo (mayo- diciembre de 1713) en Holanda, país en el cual estableció un primer contacto con un ambiente político e intelectual más libre. Llamado a París tras una aventura amorosa, su ingenio multiforme, agudo y cáustico buscó en la literatura de moda el medio para afianzarse y destacar. Sus sátiras le proporcionaron los primeros disgustos, que, sin embargo, favorecieron la difusión de su nombre; entre tales desventuras figuran, por ejemplo, el prudente y forzado retiro a Saint-Ange, cerca de Fontainebleau, jun­to al marqués de Caumartin, y el confina­miento (1716) en el castillo de Sully que le impuso el regente. Más grave, y, sin em­bargo, no bastante aún para provocar la reac­ción de Voltaire contra la conducta que daba oca­sión a tales castigos, fue su primera estancia en la Bastilla, que duró casi un año (mayo 1717-abril 1718) y a cuyo término, empero, obtuvo nuevos favores.

En 1718 (18 de no­viembre) llegó a la escena su primera tra­gedia, Œdipe (v. Edipo), que mereció el aprecio del público y fue impresa luego con un prólogo en defensa de las unidades clá­sicas. En 1723 apareció el poema épico La Liga o Enrique el Grande, posteriormente reimpreso en una edición definitiva (1728) con el título de La enriada (v.) y precedido por una dedicatoria a la reina de Inglaterra. Consiguió varias pensiones en la corte, y en 1722 le llegó la herencia paterna; con todo, no hubiera podido alcanzar el nivel de vida al cual aspiraba sin su acusada aptitud para los negocios; luego de hábiles especulacio­nes, reunió en poco tiempo una considera­ble fortuna, que después siguió aumentando, le garantizó la independencia, y libróle, por lo tanto, del carácter precario de la exis­tencia de un literato. Creyóse objeto de un trato de igualdad por parte de los aristó­cratas que, al apreciar su talento, demos­traban su propio nivel de cultura, pero de ninguna manera, en realidad, pretendían contarle cual uno de ellos.

Parecía consi­derar suficiente para borrar su origen el abandono del apellido Arouet, excesivamen­te burgués; sin embargo, un brutal incidente le abrió los ojos. Juzgándose ofendido por Voltaire, el caballero de Rohan se limitó a ha­cerle apalear por sus lacayos; las protestas de aquél y su proclamada intención de desa­fiar al noble (aunque el nuevo noble desco­nociera la práctica de las armas) tuvieron como único resultado un nuevo cautiverio en la Bastilla (abril de 1726), de donde salió al cabo de un mes a condición de un voluntario e inmediato destierro a Ingla­terra. De tal suerte inicióse otro período en la existencia de Voltaire, cuya permanencia de tres años entre los ingleses maduró su pen- pensamiento y le indujo a la «filosofía» militante. Inglaterra mostróle un mundo po­lítico, social y cultural completamente dis­tinto, cuyos aspectos esenciales destacaban con precisión una vez enfrentados respec­tivamente a sus equivalentes franceses.

En tal país llevó asimismo una vida fácil y bri­llante, viose acogido por aristócratas como Bolingbroke (ya conocido en Francia du­rante su destierro), Peterborough y Walpole, y acaudalado comerciantes como Falkener, poderosos y no menos considerados que los primeros; gustó de permanecer en una tie­rra donde «las artes son honradas y recom­pensadas, y no hay distinciones entre las posiciones sociales, antes bien los hombres se diferencian entre sí únicamente por el talento». Pudo conocer personalmente a lite­ratos como Swift, Pope, Gay y Young, y mantuvo contactos con filósofos como Ber­keley y Clarke, coetáneos suyos; advirtió y comprendió la grandeza de Newton, apenas desaparecido, y la de Locke, cuyas ideas dominaban aún las mentes; frecuentó asi­duamente el teatro, en parte para perfec­cionar el conocimiento del lenguaje hablado, como hiciera antes respecto del escrito, y ello le reveló a Shakespeare, que, sabo­reado en las representaciones, abrió nue­vos horizontes al literato.

En el curso de estos años tan variados y abundantes en experiencias fue preparando también las obras que tras su regreso a Francia (febre­ro de 1729) publicó a un ritmo acelerado: las tragedias de tema republicano Bruto (v.), estrenada en septiembre de 1730 y pre­cedida por un Discours sur la tragédie, que divulgó entre los franceses el conocimiento de Shakespeare, y La muerte de César (v. Julio César), impresa en 1736 y no repre­sentada hasta 1743; Ériphyle, llevada al tea­tro en 1732; Zaira (v.), la tragedia más bella de la época, que alcanzó un gran éxito a su estreno (3 de agosto de 1732), fue publi­cada luego con una dedicatoria dirigida al inglés Falkener, y provocó el escándalo por la exaltación del aprecio concedido en In­glaterra al comercio y al mérito y no a la cuna y al espíritu mundano. En 1731, y clandestinamente, por cuanto le había sido negado el correspondiente permiso, apare­ció la Historia de Carlos XII (v.).

El año siguiente, Épitre á Uranie, verdadera requi­sitoria contra los dogmas cristianos com­puesta un decenio antes, suscitó un verda­dero escándalo; no menos ruido causó, por otras razones, Le temple du goüt (1733), obra crítica demoledora de famas consagra­das, cual las de J.-B. Rousseau y La Motte Houdart. En agosto de 1733 veía finalmente la luz en Londres, y en inglés, las Cartas filosóficas o Cartas sobre los ingleses (v.), especie de manifiesto de la Ilustración fran­cesa; la edición en francés apareció en 1734, y desencadenó la tormenta: el librero fue detenido, la obra condenada a la hoguera por el Parlamento, y el autor, informado a tiempo de la expedición de una «lettre de cachet» contra él (10 de mayo de 1734), huyó a Lorena. Empezó así una nueva fase en la vida de Voltaire, durante la cual el filósofo superó en él al poeta y al hombre de mun­do; en el curso de este período vivió reti­rado en Cirey (Champagne), a pocos kiló­metros de la frontera, en el castillo del marqués Du Chátelet, de cuya esposa era amante desde 1733.

En el conjunto de los amores del literato, tanto en el gran mundo como en el ambiente de las actrices, éste fue el único que duró largo tiempo y estuvo acompañado, o, más bien, se vio su­perado, por una firme y serena amistad. Émilie du Chátelet sentía una gran pasión por el estudio de las ciencias, e incorpo­ró a su labor científica el inquieto talento de Voltaire, quien con ella realizó experiencias, estudió Matemáticas y escribió memorias científicas que fueron presentadas a la Aca­demia de Ciencias pero no recibieron ga­lardón alguno. A esta época pertenecen los Elementos de la filosofía de Newton lleva­dos al conocimiento de todos (1737, v.), obra de mera divulgación. A su vez, el filósofo inició a su amiga en la Historia, que antes consideraba aquélla con desprecio cartesia­no.

Al mismo tiempo dedicóse a la compo­sición de sus principales textos históricos, donde la historiografía de la Ilustración muestra sus características de examen y crítica racional de las costumbres, las ins­tituciones y los progresos de la humani­dad; y, así, empezó a escribir El siglo de Luis XIV (v.), y concibió un «compendio de la historia universal» que habría de con­vertirse luego en el Ensayo sobre las cos­tumbres y el espíritu de las naciones (v.). Para el teatro, que seguía siendo una de las grandes aficiones de Voltaire, compuso las tragedias Alcira (1736, v.), El fanatismo o El profeta Mahoma (1741, v.) y Mérope (1743, v.), y la comedia L’enfant prodigue (1738); la variedad de los temas y las tesis filosóficas se añaden en tales obras al mé­rito literario de las mismas. Luego de un breve y agudo Traité de métaphysique (1734) el poeta filósofo escribió la sátira Le mon­dain (1736) y los siete Discours en vers sur l’homme, y se distrajo trabajando en el irre­verente poema sobre La Doncella de Or­léans (v.), que mantuvo guardado la pruden­te Émilie pero fue leído a veces a algunos huéspedes, quienes, no siempre capaces de callar, provocaron el escándalo con sus indiscreciones.

La laboriosa tranquilidad del retiro de Cirey conoció también la agitación de algunas polémicas violentas (con J.-B. Rousseau, el abate Desfontaines), en las cuales Voltaire puso a prueba su vigor como autor de admirables «pamphlets». Durante el decenio de Cirey llevó a cabo diversos viajes, a París, Bruselas, Holanda y Alema­nia, donde se relacionó con su real discípulo Federico de Prusia, con quien mantuvo co­rrespondencia desde 1736; juzgó (o sea elo­gió) sus versos, discutió con él acerca de temas filosóficos, y alentó respecto de tal personaje grandes esperanzas. En 1740 editó en Holanda la obra de aquél El Antimaquiavelo (v.), al que llamó «catecismo de los reyes» y para el cual compuso un pró­logo. A pesar de la brutal invasión de Silesio no disminuyó su fe en el monarca filó­sofo.

Tampoco le impresionó la paz por separado con Austria en perjuicio de Fran­cia; más bien sintióse ilusionado por la posibilidad de actuar como intermediario oficioso de una eventual renovación de la alianza franco-prusiana al reanudarse la guerra. Sin embargo, el rey de Prusia pres­cindió de él, concluyó directamente el acuer­do poco después de haberle despedido, y, además, enteró al ministro francés de Nego­cios Extranjeros de dos cartas de Voltaire con apreciaciones libres sobre la corte de Versalles (1743). En 1744 el literato volvió a Francia y establecióse en París con Mme. du Chátelet. Esta vez la fortuna pareció asegu­rarle el favor real, gracias a los buenos oficios de algunos viejos amigos, singular­mente del marqués de Argenson, llegado a ministro de Negocios Extranjeros, y a la protección de la nueva favorita, Mme. de Pompadour: fue nombrado gentilhombre de cámara e historiador de la corte (Poème de Fontenoy e Histoire de la guerre de 1741, que posteriormente se convirtió en Précis du siècle de Louis XV), ingresó en la Acade­mia (8 de mayo de 1746) y preparó la comedia-ballet La princesse de Navarre, destinada a las fiestas celebradas con motivo de la boda del Delfín.

Por aquel entonces compuso las tragedias Sémiramis, Oreste y Rome sauvée, y una comedia del género «larmoyant», Nanine (1749). A estos mis­mos años se remontan los principios de una forma literaria que presenta gran impor­tancia en la producción de Voltaire y será poste­riormente la de su obra maestra: las narra­ciones filosóficas Babouc (1746), Memnon (1747) y Zadig (1748, v.) Mientras tanto había ido perdiendo el favor de la corte; por otro lado, Mme. du Chátelet fallecía a consecuencia de un parto (1749), trágico fin de una relación que mantuvo con el joven poeta Saint-Lambert. Una vez solo, Voltaire mar­chó a Prusia, y aceptó finalmente de Fede­rico el título de chambelán y una conside­rable pensión (1750). En la corte de su protector publicó El siglo de Luis XIV (1751), escribió Micromegas (1752, v.), y pre­paró los primeros artículos del Diccionario filosófico (v.); allí, sobre todo, conoció la satisfacción del ambiente propio de una corte donde la filosofía sentábase en el trono y se rodeaba de sabios y literatos libres y despreocupados.

No por ello, empero, dejaban de abundar en palacio las cábalas e intrigas, ni el rey filósofo abandonaba su despotismo y su mal carácter, que chocaba con el no mejor de Voltaire. De tal suerte, pues, empeoraron las relaciones entre ambos; una violenta polémica sostenida por el literato con Maupertuis, presidente de la Academia Prusiana, dio mayor aspereza a la situación, y Voltaire salió de Prusia (1753) tras una franca ruptura con el soberano, debida a lo cual durante el viaje de regreso conoció incluso, junto con su sobrina Mme. Denis, la afrenta de una arbitraria detención en Francfort. A pesar de todo, una vez lejos uno de otro, la amistad entre ambos personajes, muy adecuados para entenderse mutuamente, viose reanudada, y los dos mantuvieron viva la relación epistolar, que duró hasta los pos­treros días del filósofo (la última carta de Voltaire a Federico es del 1.° de abril de 1778). Desengañado de las cortes, y más que nunca deseoso de independencia, el literato, pró­ximo ya a los sesenta años, vacilaba acerca del lugar donde establecerse.

Tras muchos meses de peregrinación se dirigió a Suiza a fines de 1754, alquiló una casa en Lausana para el invierno, y adquirió la propiedad «Les Délices», cercana a Ginebra, para fijar en ella su residencia durante la mayor parte del año; posteriormente compró el condado de Tournay, y, al fin (1759) la casa de Ferney, en territorio francés y a dos kiló­metros de la frontera. Al principio, Ginebra le pareció ser la patria de la tolerancia y de la religión racional. Ilustres ginebrinos, el famoso médico Tronchin, el editor Cra­mer, el consejero Du Pan, y los pastores Vernes y Vernet, así como Polier, frecuen­taban «Les Délices», donde Voltaire instaló incluso un teatro y participaba como actor en sus propias tragedias; allí acudió D’Alembert, codirector de la Encyclopédie, a la cual el filósofo no negó su colaboración, que le llevó a la aceptación de voces aun de escasa importancia y a la búsqueda de colaborado­res suizos; llegaron entonces también junto a Voltaire insignes viajeros, con frecuencia ex­tranjeros, como Gibbon y Bettinelli, quienes mantuvieron vivo el contacto del sabio con el mundo, vínculo al que no sabía renunciar, a pesar de sus múltiples ocupaciones y de la actividad a que le obligaba la adminis­tración de sus casas y propiedades.

En 1755 escribió Tancredo (v-), en 1756 el Poème sur le désastre de Lisbonne, principio de su crítica cerrada contra el optimismo raciona­lista de Leibniz, y los Voyages de Scarmentado, y en 1759 su novela más brillante y famosa, Cándido (v.). Pero también en Suiza empezaron pronto las dificultades. El Gran Consejo de Ginebra prohibió el teatro del autor, y la publicación de La Doncella y del Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones provocó el escándalo. Peores consecuencias tuvo la aparición del artículo Genève (escrito por D’Alembert pero inspi­rado por Voltaire) de la Encyclopédie: los pasto­res no vieron con buenos ojos las alabanzas que les eran dedicadas como puros deístas y racionalistas. Entabláronse ásperas polé­micas, entre las cuales figuraron la soste­nida con Rousseau, particularmente pon­zoñosa y causa de la ruptura definitiva, y la suscitada por la lucha contra la Encyclo­pédie (prohibida por segunda vez en 1759) y por la comedia de Palissot Los filósofos (v.).

Empezó entonces verdaderamente la época más gloriosa de Voltaire en cuanto pole­mista, cuya labor infatigable fue desarro­llándose desde el territorio suizo con in­tensidad progresiva. Al final, creyó más prudente retirarse a Ferney (1760), el «monasterio filosófico del siglo», que fue casi el reino del filósofo, la segura fortaleza desde la cual, en dieciocho años de activi­dad febril, su pluma incansable combatió en defensa de los derechos de la razón, a través de una dura polémica dirigida contra «el infame», o sea la Iglesia católica, fuente, según V-, de los peores abusos y supersticio­nes. Mientras tanto, llevaba una existencia fastuosa y munífica, recibía a visitantes de toda Europa, mantenía una enorme corres­pondencia, trataba como iguales incluso a reyes y príncipes (Federico II, Catalina II, Estanislao Poniatowski, Gustavo II de Sue­cia, Cristián de Dinamarca, etc.), y propa­gaba sus textos bajo los más variados seu­dónimos y singulares disimulos, pronto a rechazar la atribución desvergonzadamente y con una sonrisa maliciosa.

La ancianidad desató su temperamento: la audacia, el ci­nismo y la afición a la burla y al escándalo traspasaron en Voltaire todo límite. Al mismo tiempo, no obstante, empeñábase en una noble y desinteresada lucha en favor de la salvación o la rehabilitación de algunos ino­centes (son célebres los casos Calas, 1762, y Sirven, 1764) a quienes el fanatismo reli­gioso había hecho condenar; en otras oca­siones se encargó directamente de la defensa del derecho y la justicia. Estas lides darían lugar no sólo a diversos textos menores sino también al Tratado de la tolerancia (v.) y al Commentaire sur le livre «Des délits et des peines» (de Beccaria). En 1766 la pena de la hoguera a la que condenó al in­fortunado caballero de la Barre, junto al cual fue quemado también un ejemplar del Dictionnaire philosophique (la condena por sacrilegio se había dictado sin pruebas posi­tivas, únicamente sobre la base de la vida libertina del reo y de su posesión de libros prohibidos), provocó en Voltaire un escalofrío de temor, nada injustificado.

Su actividad se basaba en un equilibrio inestable, mante­nido entre fuerzas opuestas, en una red de relaciones y complicidades activas y pasivas incluso de los mismos órganos del gobierno, y en una parálisis de las leyes a las cuales no dejaba de corresponder la conciencia; sin embargo, aquel equilibrio podía quedar roto, en un momento, por una inesperada tormenta. Pensó entonces en trasladarse a Cléves, en territorio prusiano, y atraer allí a Diderot para la terminación de la Encyclopédie, así como a unos cuantos amigos y colaboradores seguros. Federico dio su consentimiento, pero Diderot no se avino al proyecto. A causa de ello, Voltaire permaneció en Ferney, que se convirtió en una especie de estado bajo el dominio de un déspota verdaderamente ilustrado, quien incrementó la agricultura y la industria y llegó a cuadruplicar la población. Al mismo tiempo, el fabuloso anciano escribía innumerables «pamphlets» y artículos, tragedias (Les Scythes, Olympie, Les Guébres, Les lois de Minos), novelas (El ingenuo, v., La princesa de Babilonia, v., El hombre de los cuarenta escudos, v.), diálogos filosóficos (Diner du comte de Boulainvilliers, A. B. C., Dialogues d’Évhémére), obras de historia (Histoire de Russie), y las Questions sur l’Encyclopédie (1776).

Su fuerza y su popularidad aumen­taban. En 1770 Mme. Necker propuso abrir una suscripción en París destinada a la erección de una estatua en honor del filó­sofo, y en 1776, en Ginebra, éste estuvo a punto de morir asfixiado por la muchedum­bre que le aclamaba. En Francia, los pode­res constituidos nada osaban contra él, y preferían ignorarle, por cuanto veían el gran aprecio en que le tenía el pueblo. Ex­hortado por sus amigos de París a trasla­darse a la capital, no resistió la tentación que ello representaba en cuanto posibilidad de disfrutar personalmente de su triunfo, y accedió; emprendió el viaje el 5 de febrero de 1778, llegó a París el 10, y vivió todavía tres meses intensos. Aplaudido como no po­día serlo el rey, asistió el 30 de marzo al estreno de su tragedia Irène, terminada en la capital; el espectáculo concluyó con una especie de apoteosis del autor, cuyo busto fue coronado de laurel en el escenario y besado por las actrices.

Las sesiones en la Academia, las visitas de los personajes más ilustres (famosa es la de Benjamin Fran­klin, a cuyo nieto bendijo con las palabras «Dios y libertad») y de las delegaciones oficiales de la «Académie» y de la «Comédie Française» (la corte, indecisa, permanecía alejada), y las delirantes aclamaciones del pueblo agotaron las energías del anciano, quien, tras veinte días de enfermedad, falle­ció el 30 de mayo. A pesar de las negocia­ciones efectuadas con el clero (Voltaire temía intensamente que sus despojos pudieran correr la suerte de los de Adrienne Lecouvreur, la célebre actriz a la cual amara en su juventud), su retractación había sido con­siderada insuficiente, y el moribundo no recibió los sacramentos. El arzobispo de Pa­rís y el párroco de Saint-Sulpice le negaron la sepultura; su sobrino, el abate Mignot, llevó el cadáver en su carroza con una macabra ficción, cual si acompañara a un viviente, hasta la abadía de Scellières (Champagne), donde le hizo enterrar. En 1791, durante la Revolución, los restos de Voltaire fueron trasladados solemnemente al Panteón, en París.

V. E. Alfieri