Francis Thompson

Nació en Preston (Lancashire) el 16 de diciembre de 1859 y murió en Londres el 13 de noviembre de 1907. Fue hijo de un médico homeópata. De acuerdo con sus inclinaciones, bien vistas por la fa­milia, que era católica, se le orientó hacia el sacerdocio, y, a causa de ello, formóse en el Ushaw College (Durham) en los estu­dios clásicos. Tras un cambio de criterio, aconsejado por los superiores estudió luego Medicina, aun cuando sin obtener jamás título alguno, en el Owens College de Manchester y en Glasgow.

Fervoroso católico, enamorado de la literatura y de carácter independiente, abandonó a la familia y los estudios cuando advirtió no ser compren­dido en sus aspiraciones, todavía poco cla­ras, y marchó en 1885 a Londres, donde los fracasos de las diversas y humildes ocupa­ciones mediante las cuales procuró ganarse la vida por espacio de cuatro años (vendedor de fósforos, guardián de caballos, depen­diente de librería) le arrojaron, a causa de la creciente y amarga tristeza de la sole­dad, al vicio del opio, contraído luego de una enfermedad. En un pedazo de papel azul destinado a envolver azúcar escribió su primera poesía, Encuentro de sueño [Tryst, 1888], publicada por los cón­yuges Meynell, de los cuales el marido, Wilfrid, era editor-periodista y director del pe­riódico Merry England, y la esposa, Alice, poetisa y madre de siete hijos.

El matrimo­nio en cuestión acogió y cuidó a Thompson, quien había llegado a ver impedido su ingreso en las bibliotecas públicas (circunstancia verdaderamente trágica para la víctima, que leía a Esquilo, Blake y De Quincey todas las horas del día). La familia Meynell le mantuvo, no sin dificultades, alejado del opio; «durante los restantes diecinueve años de su vida — afirma el biógrafo Francis Mey­nell, hijo del célebre matrimonio — ahorró­se por lo menos las tres cuartas partes de las penalidades propias de su juventud ham­brienta y sin hogar». Con la publicación de tres pequeños volúmenes de versos, Poems (1893), dedicado a Alice Meynell; Sister Songs (1895), inspirado por dos niñas del matrimonio, y New Poems (1897), publica­do nuevamente con algunas adiciones a la muerte del poeta, el éxito de éste fue afian­zándose cada vez más.

El lebrel del Cielo (v.), obra definida por Patmore como «una de las odas más ilustres de la lengua in­glesa», es, indudablemente, la mejor de Thompson; se trata de la poesía religiosa en la que más evidente aparece el catolicismo místico no sólo de nuestro autor sino incluso de todo el grupo poético de los místicos del siglo. La poesía de Thompson, intensamente influido por Crashaw y el conceptismo metafísico del siglo XVII, queda caracterizada por una ins­piración cósmica, cuyo tema central es la concepción del mundo, y posee una poli­cromía de vocablos, una abundancia de imá­genes, unos tonos musicales y una maestría de versificación ya arcaica o moderna que compensan con creces su aparente oscuri­dad, sus ideas abstrusas o confusas y la per­sistencia en el empleo de analogías y sím­bolos.

El «poeta del retorno a Dios», dado a los neologismos excéntricos, escribió tam­bién poesías de una inspiración purísima, bellas en su íntima y reverente simplicidad, como Daisy, To a Snow-Flake, In no Strange Land (muchas de ellas aparecidas póstumas) y To a fallen Yew, cuya magnificencia formal — juzgada barroca por algunos — no se limita al concepto poético, sino que aun atiende a los menores detalles expresi­vos. Ofrecen asimismo una belleza notable los dos ensayos sobre De Quincey y Shelley (póstumo, 1908) publicados en el curso de su tardía colaboración en revistas críticas. Su juicio sintético acerca de Shelley — «has­ta el fin fue el muchacho encantado» — pa­rece perfectamente aplicable al mismo Thompson, ingenuo y maduro a la vez.

Las obras de prosa periodística como Salud y santidad [Health and Holiness, 1905], sobre la vida ascética, y las biografías de figuras cató­licas como Ignacio de Loyola (1909) y J. B. de la Salle, (1911, aparecida ya en Merry England), ambas póstumas, revelan cómo el abstracto autor, infantil, tímido y afligido por su incapacidad práctica, encontró refu­gio en la fe, y no sólo como poeta, sino también en cuanto hombre. Poco más o me­nos desde 1898 vivió una existencia casi eremítica en el convento de capuchinos de Pantasaph, en Gales; posteriormente pasó a Storrington. Víctima de la excitada tensión y de la desorganización de toda su vida, falleció a causa de la tuberculosis.

 E. Lépore Epifanía